CUANDO SE FROTA CON TESÓN LA VULVA,
LA SICALIPSIS SUELE SER DE CINE
Anoche se quedó a dormir en casa mi predilecto amigo, alias “Fulgencio” (lo llamo aquí de esa secreta guisa, porque es el escogido e impar guionista —a quien permanecer en un discreto lugar no le disgusta, satisface— de un director y productor de cine español de renombre universal, para que pase el tal inadvertido, o sea, no haya quien lo identifique, al no lograr reconocerlo nadie, ya que él distingue su vida, reservada, de su trabajo, notorio, y no es partidario de que su condición sexual, no tan rara hoy en día, bisexual, pueda trascender a la opinión, pública y/o publicada, y acarrearle, de resultas de todo ello, algún problema, lo que hoy suele llamarse efecto colateral o coletazo inesperado; siempre que le he ido con la cantinela o propuesta de que en ese punto podía ser un pionero y abrir, con su ejemplar actitud, el camino a otras numerosas salidas del armario, para que nuestra sociedad avanzara y fuera más tolerante y permisiva de lo que es en la actualidad —como sucede, de ordinario, lo que para unas/os es mucho, para otras/os se queda corto—, me ha respondido lo mismo, mediante esta inalterable pregunta: ¿Cuántos deportistas de élite, ellas y ellos, en concreto, futbolistas, han recorrido la senda que me pides que transite y han reconocido que son bisexuales o gais, cuántos?).
Esta mañana, mientras este menda se hallaba en la cocina, exprimiendo las naranjas para el zumo y haciendo café, me ha preguntado, desde el fondo del largo pasillo, si podía ducharse; bueno, bueno, él ha formulado dicha cuestión de este modo, ¿te va a molestar que me duche?; le he contestado lo obvio: pareces nuevo aquí; por supuesto que no me va a molestar que te asees y, por eso, te he dejado una toalla blanca y limpia, encima de la tapa del bidé, para que la uses, cuando hayas coronado dicho menester. En diez minutos, o menos, estoy contigo devorando las tostadas, que hasta aquí llega su bendito olor, del desayuno que, colijo, estás preparando, me ha retrucado.
Mientras ambos dábamos buena cuenta de sendas parejas de tostadas, untadas con mantequilla y mermelada de albaricoque, mi preferida, me ha hecho la siguiente confidencia: Oye, Otramotro, ¿sabes que tienes una vecina, ignoro su edad, que emite unos sonidos superlativos, derrochadores en lascivia de altísimo voltaje, cuando, ora se hace un dedo, ora usa un consolador vibrátil, ora folla con quien sea? ¡Vete tú a saber qué hacía ella ayer, por la noche, cuando yo intentaba conciliar el sueño! Sus tiernos ayes placenteros fueron tan sugerentes, tan provocativos, que, debido a la estrecha pared, que separaba nuestras respectivas habitaciones, facilitaron que me pusiera cachondo y propiciaron que me hiciera un cinco contra uno. Y, para confirmarlo o ratificarlo, reprodujo sus suspiros y quejidos, que había grabado con el móvil. Ciertamente, aquellos gemidos, aun a deshora, resultaban libidinosos, lujuriosos. Le he contestado que no, porque mi dormitorio está junto al baño, o sea, en el lado opuesto del piso, donde él había dormido, en la habitación de invitados.
“Fulgencio” ha seguido perorando así: Estoy plenamente convencido de que, cuando quien tú y yo sabemos escuche esos suspiros, quejidos y gemidos, no obstante él es gay, va a querer que aparezcan en una de sus próximas películas, aunque estos se parezcan como un huevo a una castaña a los que emita la actriz protagonista de su filme, a la que habrá que doblar en esa concreta escena amatoria. Así que no me extrañaría nada (de nada) que un día te solicitara poder dormir en la habitación de marras, a fin de comprobar el hecho por sí mismo. Ya sabes cómo procede; él ha de constatar, de manera fehaciente, todo, para actuar luego con fiel y exhaustivo conocimiento de causa. Cuando se frota con tesón la vulva, ¿la sicalipsis suele ser de cine?
Si tras ese preceptivo trámite, le he argüido a “Fulgencio”, determina hacer tal cosa, no hace falta que me pida permiso; si no estoy en casa, ya sabes dónde dejo las llaves de la puerta de entrada. Puedes ponerle sobre aviso. Ahora bien, que sepa a qué se expone, porque la treta puede salirle rana. Por ejemplo, la supuesta vecina susodicha puede ser una amiga, novia, sobrina o un luengo listado o montón de opciones del vecino, además de menor de edad, una barrera o valla insalvable. Debes advertirle del amplio y abierto abanico de posibilidades que se puede encontrar. La deleitosa y lubricante vecina de ayer cabe que fuera un habitual o un esporádico rollo del vecino. Y puede que la noche o noches que pase en dicho dormitorio no ocurra nada y no pueda firmar el ansiado contrato con ella.
Claro, claro, ha abundado conmigo “Fulgencio”, y, cerrando provisionalmente el asunto, lo ha concluido así: ¡Las circunstancias pueden ser tan diferentes de las que me tocó en suerte gozar a mí!
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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