LE TUVE QUE ENSEÑAR HASTA EL CARNÉ
—¿Qué tal te va, “Fermintxo”, con Rosaura?
—Mal, “Fede”, rematadamente mal.
—Te lo he preguntado porque, cuando he pasado por la cafetería de “la Chanchullos”, a través del ventanal que da a la Plaza Mayor, la he visto hablando, de manera acaramelada, con Fernando.
—Ayer corté con ella. Durante el último mes, me ha sacado más de diez días de quicio. El affaire empezó estupendamente; todo iba como la seda, pero ya te digo, desde el 15 del mes pasado, la cosa ha ido de mal en peor, y mejor dejarlo ahora, que aún nos aguantamos, que cuando ya no nos soportemos y sea demasiado tarde y perjudicial para ambos, y acabe el caso como no merece la pena que termine, como el rosario de la aurora, a gritos y a palos.
—Me has dejado de piedra, porque, cuando os vi, inesperadamente, en Viena, hace, ¿cuánto?, ¿tres meses?, estabais como niños con zapatos nuevos, parecíais una pareja de recién casados.
—Pues ya ves, el apaño se ha ido deteriorando y no paulatinamente, sino a pasos agigantados, hasta que yo, el más sensato de los dos, me he visto en la obligación de decidir por ambos y decir hasta aquí ha llegado nuestra mancomunada relación infiel. Gracias a Dios, ni Roberto sabe lo mío con su esposa, ni Miriam conoce lo de su hermana conmigo.
—Que ella fuera tu cuñada, te lo dije, era el único hándicap o pega que veía a lo vuestro.
—Además, a los directivos de la empresa a la que llamábamos y nos preparaba las coartadas para los dos se les ha ido la olla o la pinza, pues se han subido a la parra. Ahora nos pedían, exactamente, el doble de lo que empezamos pagando, 300 euros del ala por barba; bueno, en sentido estricto, por barbián, arriscado, y por barbie. Yo puedo sisar de aquí y de allí, pero Miriam se ha vuelto una sabuesa y cada día mira más y más mis débitos; lo hace hasta con lupa, y yo ya me he tenido que agenciar o preparar un listado de gastos fantasmas, creíbles, verosímiles, para salir airoso del aprieto o brete, el tercer grado al que suele someterme.
—No me tomes el pelo, Fermín, que aquí cobramos las horas extras a onza de oro y en negro.
—Ya, pero es que se han juntado varias circunstancias; últimamente, ignoro la razón, de veras, porque le he preguntado al respecto y siempre se ha salido por peteneras, Rosaura se tomaba lo nuestro a broma, a cachondeo, a coña. En un restaurante de Barcelona, la semana pasada, sin ir más lejos, por ejemplo, cuando el camarero que nos servía la mesa le preguntó si la señora deseaba algo más, ella le soltó que sí, que no quería mentir y, por ende, que no era la esposa del señor que tenía enfrente, yo, sino su amante y, para más inri, su cuñada; y ese comentario fuera de lugar, sin pies ni cabeza, me dio el empujón definitivo para decidirme a hacer lo que coroné ayer, poner el broche de oro o punto final al concubinato.
—Lo siento de veras, Fermín.
—Y yo, “Fede”, y yo.
(…)
—“Fede”, ya sé que son las ocho de la tarde; perdona que te estropee el finde, pero ¿puedo quedarme unos días en tu apartamento?
—¿Y eso? He llegado a casa, he subido los tres escalones, y he encontrado en el porche una maleta, en cuyo interior había ropa y algunas de mis cosas, y una carta. Miriam me decía en ella que no quería saber nada de mí, salvo que no pusiera objeciones al divorcio. Rosaura se ha sincerado con Roberto y con ella y les ha contado a ambos lo nuestro (no lo tuyo y lo mío, nuestras golfadas, sino lo mío con ella, Rosaura).
—Dentro de hora y media, como te he dicho a mediodía, vuelo a Venecia con Estela, pero le dejo una llave a José Alfredo, el dueño del bar “La Esquina”. Dile que te llamas Fermín, pero no eres el santo, la contraseña, para que te la dé.
El tal José Alfredo ha resultado ser un cachondo mental, un zumbón de marca mayor. Le he dado la contraseña y me ha pedido que le enseñara el capotillo, una gracia, y luego el carné. Se lo he enseñado y me ha dicho que la llave del apaño la llevaba en el bolsillo derecho de su chaleco y que podía meterle mano; luego ha especificado, que podía meter en dicho bolsillo algunos dedos de mi mano. Se ha pensado que Federico me había cedido el apartamento para follar con una titi, pero era al revés, o sea, todo lo contrario, por haber fornicado.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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