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El miedo que sintió le hizo fugarse

Ángel Sáez García 07 Oct 2024 - 20:00 CET
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EL MIEDO QUE SINTIÓ LE HIZO FUGARSE

Y, POR ENDE, DEJAR SU ASIENTO VACUO

A cualquier narrador de historias (ora sea o se sienta ella, él o no binario) le basta con estar alerta, atento a cuanto ocurre a su alrededor, para que la realidad, inagotable fuente de inspiración, le suministre, gratis et amore, un surtido muestrario de asuntos o temas sobre los que poder escribir luego. Tengo para mí que la precedente es una de las pocas verdades incontrovertibles, apodícticas, que todavía permanecen en pie sobre su pedestal, sin que nadie la haya podido derribar o mandar a la lona, pues no ha habido quien haya ideado el argumento que, una vez aducido, la haya conseguido objetar, refutar.

Y, como en el convento de Algaso sigue sin haber un religioso que supere en saber teórico y práctico a fray Ejemplo, procedo a poner uno, que sea clarificador, para que este quede cristalino, diáfano, notorio y patente.

Como al atento, desocupado y habitual lector de las urdiduras y “urdiblandas” de Otramotro le consta, el pasado lunes 23 de septiembre de 2024 este menda regresó del Puerto de la Cruz (Tenerife), tras disfrutar allí los últimos días del verano. Después de que su vuelo tomara tierra a la hora prevista en el aeropuerto Adolfo Suárez, de Barajas (Iberia sigue siendo fiel a su proverbial puntualidad), coger dos trenes cercanías y llegar a la estación Almudena Grandes-Atocha (lo hice a las 17 horas y 45 minutos, o sea, veinte minutos antes de que saliera el Alvia de las 18 05, a Logroño (cuando servidor contrató los viajes en dicho medio de transporte en la estación de RENFE, de Tudela, temiendo que no le diera tiempo, que no pudiera conseguirlo, optó por adquirir el billete de vuelta para el siguiente Alvia, el de las 19 35, a Pamplona, que salió con 10 minutos de retraso y sumó en el trayecto otros diez más; así que llegó a su destino, la capital de la Ribera Navarra, con veinte minutos de demora sobre la hora que recogía su billete, a las diez menos cinco de la noche), subí al tren y ocupé el asiento correspondiente en el coche 3, el 16 C. Al poco rato, apareció mi compañero de asiento, que, para que su intimidad quede guardada bajo llave, dentro de la caja fuerte del anonimato, no diré si era fémina o varón.

Comenzamos a darle a la mui o sinhueso y me enteré de dónde venía, de cuántos días había disfrutado de asueto en el continente americano (callaré, por tanto, cuanto me contó y sé por ella/él: en qué isla y de qué país estuvo con su pareja —por cierto, cuando alguien usa dicho término, “pareja”, en lugar de novia o novio, para referirse a su acompañante, por lo general, sí, reconozco que hay excepciones a la regla, pero la norma sigue en pie, si es una fémina la que lo refiere, esta suele ser lesbiana y, si es un varón, gay; pero no tengo que decir nada en contra de la una y el otro, sean lo que sean, por supuesto; que conste en acta—, de dónde era, de qué localidad navarra, y dónde trabajaba). Supe, asimismo, su edad y los años que le pasaba o separaban de su hermano menor, 14.

Tras confesarle servidor que había empezado a estudiar Medicina por romanticismo y que había acabado la carrera de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), le hablé de mi trabajo y de que, tras jubilarme, por enfermedad, me dedicaba a escribir todos los días (puede que, salvo 10, 15, o tal vez 20 jornadas, como mucho, al año, que esa actividad no la corone, escribo a diario, siguiendo la recomendación de Plinio el Viejo, “nulla dies sine línea”, o sea, ningún día sin trazo o línea). Dada mi inconcusa pasión por las letras, me preguntó qué autor español era mi preferido. Y le contesté, sin dudar un segundo, lo obvio, la verdad, que don Miguel de Unamuno y Jugo. Y le di, en menos que canta un gallo, tres razones de peso. Le recité, de corrido, el poema titulado con el primero de sus versos, un endecasílabo, “Leer, leer, leer, vivir la vida” (del que siempre me llamó la atención su segundo verso, descabalado, pentasílabo, que hubiera podido convertir en heptasílabo añadiéndole, por ejemplo, el vocablo “muchos”: “que otros muchos soñaron”). Luego le recordé, de memoria, unas palabras del discurso que había escrito y que alguien leyó en su nombre el 24 de abril de 1902 en el ateneo de Valencia, porque el proverbial rector salmantino, por la razón que no he logrado averiguar (a pesar de haberlo intentado varias veces, el resultado ha sido en todas ellas infructuoso), no pudo acudir a la cita, a dicha sede el mencionado día, para dar o impartir esa conferencia, pero envió el texto de la misma para que otra persona lo leyera: “La libertad no es un estado sino un proceso; sólo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe. Sólo la cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino dad pensamientos. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura. Sólo la imposición de la cultura lo hará dueño de sí mismo, que es en lo que la democracia estriba”. Como se ve, respeto que Unamuno colocara la tilde al adverbio “sólo”, aunque, en la actualidad, yo opte por no ponérsela. De las palabras entrecomilladas solo me chirría una, imposición, que yo mudaría al momento por otra, recomendación.

Hablamos de que muchas personas (no solo las jóvenes) están entontecidas, idiotizadas, por los smartphones, por los teléfonos inteligentes, por esos aparatos (verdaderos artefactos adictivos, más que la cocaína y las máquinas tragaperras), que parecen inofensivos, pero son diabólicos. A cuantos los usan sin orden ni concierto les restan atención y creatividad. El dichoso aparato es una extensión del yo del sujeto. Lo primero que hacen, nada más despertarse, es consultarlo, y lo último, antes de conciliar el sueño, ídem.

Le nombré al gurú que me abrió los ojos sobre el tema, Jaron Lanier, cuando leí un texto suyo en el que decía que los guías y mandamases de las empresas radicadas en Silicon Valley, el valle del Silicio, no dejaban que la gente que trabajaba en sus casas entrara en las mismas el aparatito. Habían construido una pequeña caseta para que lo dejaran allí, antes de comenzar su jornada laboral, y lo pudieran recoger a la salida.

Todo iba bien, sobre ruedas, hasta que le confesé que para mí la realidad es una fuente inagotable de temas, un pozo repleto de razones sobre las que poder discurrir o disertar. Utilicé el símil del cerdo que, siendo yo un niño, cebaban en los pueblos muchas familias durante el año, hasta que llegaba san Martín y lo sacrificaban. La matanza era una fiesta para la familia y allegados. Del cerdo se aprovechaba todo, incluso sus andares, como asevera un consabido refrán patrio.

Bueno, pues no sé qué se le pasó por la cabeza a mi compañero de asiento, qué imaginó o qué vaticinó, qué revelación o epifanía tuvo, pero dijo que se iba al baño y, cuando yo me apeé en Tudela, aún no había regresado a su asiento. Me consta que no se lo había tragado el inodoro (manda narices la guasa que tuvo o la ironía que gastó quien ideó o se sacó de la manga dicha palabra para denominar ese invento, pues significa que no huele), porque lo vi, fuera del servicio, consultando el aparato diseñado por el demonio. Barrunto, intuyo o sospecho que se vio retratado en uno de mis textos y le entró pánico. Así que no me extraña que huyera de mi lado como alma que lleva el diablo, tras haberse apoderado de él un miedo cerval, supongo.

Como de todo hay en la viña del señor, ha habido otros confidentes o informantes que se dieron con un canto en los dientes cuando supieron que me dedicaba a escribir. Seguramente, fantasearon con leer en mi bitácora su prosopografía y/o etopeya antes de que yo las culminara o estas aparecieran en mi blog.

Nota bene

Como le gustaba escribir a Cervantes, olvidábaseme de decir que a mi compañero de asiento, ella, él o no binario, le leí el borrador, que había escrito en una servilleta, mientras esperaba la larga hora y media que tardaría en salir el Alvia a Pamplona, de una de mis urdiduras (o “urdiblandas”), en concreto, la que titulé “EN ESTA VIDA HAY GENTE PARA TODO”, y el pasado viernes vio la luz aquí, en mi bitácora, el blog de Otramotro.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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