Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Según es el tamiz, se ve el matiz

Ángel Sáez García 08 Oct 2024 - 14:00 CET
Archivado en:

SEGÚN ES EL TAMIZ, SE VE EL MATIZ

Todas las personas, todos los seres humanos con, al menos, dos dedos de frente, esto es, un mínimo de sentido común, sin exclusión u omisión, tendemos a generalizar sobre las cosas que nos ocurren o los casos de los que, antes o después, por el canal que sea, tenemos cumplido y detallado conocimiento. Bueno, pues, como alguna regla debe haber sin la correspondiente excepción que venga a confirmarla, como la que acaba de escribir, negro sobre blanco (antes lo hizo azul sobre gualdo), aquí este menda, propone que la que queda formulada y plasmada en las líneas precedentes sirva de ejemplo oportuno, clarificador, es decir, de imperativo categórico, salvando todas las distancias, claro, que servidor no es (no le llega a la suela del zapato a) Immanuel Kant (que divulgó el ilustrado latinajo “sapere aude”, atrévete a saber, aunque la locución original se la debamos a Horacio).

Como todas las personas habidas (otro tanto cabe prever que acontecerá con las por haber), a lo largo de nuestra existencia, hemos sido corregidas de dicha cojera por alguno de los guías, maestros o mentores que hemos tenido, seguramente, todas hemos escuchado salir de sus bocas el argumento irrefutable de que lo que nos hace distintos de los demás a cuantos generalizamos son los matices.

Cabe, por ende, aseverar, sin ningún temor a errar, que cada uno de los diferentes grados o tonos de un color, cada pormenor o rasgo que da a una persona o cosa su carácter determinado, específico, peculiar, propio, es el que lo hace único, distinto del resto. Ahora bien, también se puede añadir, pues no le estorba una pizca o ápice, que cada matiz depende del arel, cedazo o tamiz por el que pasa, es decir, como son anagramas entre sí, según es el tamiz, se ve el matiz.

Como por todos los lugares por los que he peregrinado o transitado se suele hablar de calcos, dobles, gemelos (que no son hermanos, por supuesto) o sosias, lo cierto y verdad es que cada uno de nosotros y de nuestros semejantes es hijo de su madre y de su padre, aunque uno o los dos progenitores (acaso algún día se llegue a saber por qué lo son; se haya ocultado el motivo o no) no lo sean. Y eso es lo que nos hace únicos e irrepetibles (lo de una réplica total, entera, completa, a pesar del antecedente de la oveja Dolly, clonada, es una entelequia) entre los demás congéneres de la especie humana.

Ignoro si usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, ha leído “Amor y pedagogía” (1902), de Miguel de Unamuno y Jugo. El abajo firmante reconoce haber hecho ese gesto no menos de tres veces, pero la primera vez que se llevó a los ojos la citada novela del proverbial rector de la Universidad de Salamanca notó que se marcaban a fuego en alguna circunvolución de su cerebro estas líneas de dicho texto unamuniano:

“—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándolo y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: “suena a Apolodoro”, como se dice: “suena a flauta” o a camarillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

Cada uno de nosotros debemos aspirar a ser únicos en nuestra especie, que es casi casi lo mismo que dice don Miguel en su novela, “especie única”. Servidor, al menos, se esfuerza a diario por serlo. Que lo consiga o no, eso ya es harina de otro costal.

 Nota bene

Me consta, de manera fehaciente, que no todos los seres humanos aspiramos a ser lo mismo ni todos somos dichosos, si es que llegamos alguna vez a serlo, de manera plena, con lo mismo. A mí, por ejemplo, que hace más de 23 años que no hago el amor con una fémina real, de carne y hueso (tampoco con una muñeca de látex), no me acostumbra a faltar la dosis diaria de placer, el sucedáneo del orgasmo, que me reporta firmar cada día el o los textos que compongo y rubrico.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by