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¿Socializar con dos nefrostomías?

Ángel Sáez García 02 Nov 2024 - 06:00 CET
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¿SOCIALIZAR CON DOS NEFROSTOMÍAS?

En el grueso o la inmensa mayoría de los casos, la fecha de la escritura de mis textos no coincide con la de su publicación en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro. Por tanto, aviso al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, que con la presente urdidura también acaecerá tres cuartos de lo propio, aunque esta vea la luz cuando corresponde. ¿Cómo puede ser eso así? ¿Por qué? Sencillamente, porque, con la inestimable ayuda de mi inseparable BIC azul, la escribo a mano ahora, durante la tarde del miércoles 30 de octubre de 2024 en casa, y, Deo volente, la pasaré a ordenador mañana, a primera hora, en una computadora de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, siempre que a la caprichosa parca no le dé por hacerme antes su guiño fatal, letal. Confiemos en que eso no ocurra. Y que mañana pueda subir las líneas que contenga este texto a mi blog.

Hoy, sábado 2 de noviembre de 2024, día de Fieles Difuntos, según el santoral católico, apostólico y romano, se cumple el no(ve)no aniversario de la muerte de mi señera y señora madre, Iluminada. Así que, en el presente escrito tendré un recuerdo cariñoso para ella. La verdad es que lo tengo todos los días 25 de mes, porque acudo a la iglesia de la parroquia de Lourdes por las tardes (salvo que caiga ese día en sábado y el día de Navidad, que lo hago a la eucaristía de las doce y media), antes de las 19 horas y 30 minutos, hora a la que suele comenzar la misa, en el barrio tudelano del mismo nombre, para rememorar, como se merecen, a mi difunto hermano José Javier, mi mecenas y primer muso, que perdió la vida como consecuencia de un trágico y luctuoso accidente de tráfico, el día 25 de diciembre de 1978 (qué contradicción, ¿verdad?, pues fue a morir el día de la Natividad del Señor); a mi piadoso padre Eusebio, que murió el 29 de septiembre de 2003; y a ella, que nos dejó hace nueve cabales años, como queda dicho arriba.

A mi madre tuvieron que practicarle en el Hospital “Reina Sofía” (HRS), de Tudela, dos nefrostomías, como resultado imprevisto de una intervención quirúrgica fallida, originada por un cáncer de uretra. Ella estaba habituada a ir a diario por las tardes con su grupo de amigas (Carmen, Eulalia, etc.) a la Asociación de Jubilados “La Ribera”, que había y hay, pues sigue funcionando y teniendo su sede en la Plaza del Padre jesuita Jesús Lasa, ahora remozada.

Ella reparó en lo obvio, que, portando las dos bolsas de las nefrostomías, no podría acudir al habitual centro recreativo de jubilados o pensionistas, donde se divertía, entre otros menesteres, jugando a las cartas. Constatar esa cruda y dura realidad le entristeció sobremanera. Así que, para evitarle una incipiente depresión, como yo era el único hijo que vivía con ella, me vi impelido a encontrar una manera de que ella pudiera seguir haciendo su vida social normal, al menos, durante las tardes, en el sitio de costumbre, la sede de la asociación susodicha.

Y, como yo me he cansado de repetir hasta el hartazgo, allí donde me hallara, fuera dentro de un aula o en una esquina de la calle, que puede ser otra clase, que la inteligencia es la capacidad o facultad humana que nos permite a mis congéneres y a mí resolver problemas (no solo de física, matemáticas o química, sino cualesquiera que tengan solución plausible y posible, en cualesquiera ámbitos o terrenos de la vida normal), solucionar dificultades, fui coherente, consecuente, y me dije a mí mismo: hala, ahí tienes un desafío o reto a la altura de la tuya, en toda la regla; usa tu cacumen y a ver qué ideas, cómo te las compones o ingenias, para que tu madre pueda volver a ir a diario a los jubilados.

El cordón de las bolsas era muy largo; por lo que pensé en seccionarlo para acortarlo, pero me di cuenta, tuve esa revelación o epifanía, comunicada o infundida por quien fuera (ignoro quién la propició, si es que la favoreció alguien, humano o divino), que no conviene echar nunca en saco roto, por lo que pueda acaecer, de que el sistema colector o miccional era un circuito cerrado, y, por ende, pergeñé la manera de no tener que usar las tijeras más que para cortar cuatro trozos de esparadrapo. ¿Qué hice? Conseguí hacer dos circunferencias similares para abreviar el cordón y, para que no se deformaran, las uní con dos trozos de esparadrapo colocados en lugares opuestos de las mismas. Mi madre debería llevar pantalones (bueno, pues logré que lo hiciera igualmente con faldas largas) para que pudiera ocultar las bolsas, que coloque en las pantorrillas, por debajo de las rodillas, sujetas con un elástico que las rodeaba, que hallé y compré en una mercería. Ella misma aprendió a accionar el tapón para eliminar en el baño la orina acumulada en sendas bolsas; ergo, ¡eureka!, ella pudo acudir todas las tardes a la sede de los jubilados con sus amigas.

Nota bene

En esta vida no hace falta ser doctor en una materia, la que sea, para dejar estela, huella o rastro del bueno en la sociedad. Mi madre no fue doctora, pero ejerció de estupenda maestra en generosidad y laboriosidad. No hace falta ser graduado o licenciado, pero acaso sí llamarse Eusebio, para tener ingenio, sin ser un genio. Para el premio Nobel de Literatura de 1998 José Saramago la persona de la que más cosas aprendió, la más sabia para él, fue un analfabeto, alguien que no sabía leer ni escribir.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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