Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

No deje de leer «No huyan», risible

Ángel Sáez García 23 Nov 2024 - 06:00 CET
Archivado en:

NO DEJE DE LEER “NO HUYAN”, RISIBLE

Es en la novela ejemplar “El coloquio de los perros” (1613) donde Cervantes sostiene la tesis de que los cuentos suelen agradar a quienes los escuchan narrar o leen por dos motivos: por lo que cuentan y por cómo lo cuentan, o sea, por la anécdota o peripecias que en ellos suceden, su sustancia, y por el estilo, la forma de relatarlos. Y el autor alcalaíno lo hace, poniendo en boca del can Cipión estas concretas palabras, que le dice a su colega Berganza: Otra cosa te quiero advertir: que los cuentos unos tienen gracia en sí mismos; otros, en el modo de contarlos. Unos dan gusto aunque se cuenten sin ornamentos, otros es menester vestirlos con gestos del rostro y de las manos y con cambios en la voz para que se vuelvan sabrosos”.

En esta vida hay días que cabe calificar de completos, esto es, para felicitar a los seres más allegados o alejados, sean amigos o deudos, y para felicitarte tú a ti mismo, por ser un avezado lector, al ser asiduo al acto de leer (como nos enseña Horacio en los versos 343 y 344 de su “Epístola a los Pisones”, también conocida por “Arte poética”: Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci / lectorem delectando pariterque monendo”, o sea, se llevó todo el galardón quien mezcló lo útil con lo dulce, deleitando al lector y, al mismo tiempo, advirtiéndole; es decir, pasar nuestra vista por cuentos puede depararnos una lección importante, utile, y el premio, acaso inesperado, de un divertimento del bueno, mejor, del óptimo, dulci, al venir acompañado con carcajadas sin cuento). Uno de esos días fue el pasado domingo 17 de noviembre de 2024, en el que cumplí con uno de los cometidos de la jornada de marras, ya que, antes de comer, mientras paseaba, coroné el trámite esperado de felicitar a mi querida prima “Fina”, que cumplía años. Lo inesperado sucedió por la tarde, cuando me llevé a los ojos la columna de Íñigo Domínguez, titulada “No huyan”, desopilante, risible, que vio la luz en la página 8 del suplemento IDEAS de EL PAÍS de dicho día.

En la película “El nombre de la rosa” (1986), dirigida por Jean-Jacques Annaud, basada en la novela homónima publicada por Umberto Eco seis años antes, en los planos filmados en el scriptorium del monasterio, el venerable (más bien, reprensible) Jorge de Burgos defiende el argumento de que en los evangelios canónicos no se lee que Jesucristo riera. Guillermo de Baskerville, le refuta oportunamente que tampoco se lee lo contrario, que no lo hiciera. Bueno, pues, estoy completamente seguro, segurísimo, de que, si Dios Hijo hubiera leído la columna mencionada por servidor arriba, como hizo, por ejemplo, este menda, se hubiera descojonado tanto o más que servidor, que se rio, ora a carcajada tendida, ora a mandíbula batiente, porque la susodicha es, sencillamente, hilarante, aunque su colaboración terminara, como me pasó a mí, con algunas lágrimas recorriendo fugitivas mis pómulos, al mezclarse la risa, que puede acabar en lágrimas, con las que mostraban empatía con las que vertió Luciano D’Adamo, ante la putada que le acaeció, tras ser atropellado en Roma en 2019, una pena.

Ignoro cómo narró la anécdota del tren de alta velocidad (el sintagma adjetivo que conforman las tres últimas palabras, “de alta velocidad”, he de reconocerlo sin ambages, acarrea recochineo del bueno) el periodista de La Stampa, (maldita sea otra estampa, no esta, bendita) que narró lo acontecido en “una crónica memorable”, según Domínguez, publicada en dicho diario italiano, pero la forma que escogió Íñigo para contarla es difícilmente superable. Yo me reí, me reí y me sigo riendo, mientras escribo estas líneas con la inestimable ayuda de un bolígrafo BIC azul, que serán pasadas a ordenador.

Recomiendo encarecidamente al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos que nadie se pierda, nadie deje de leer “No huyan”. Y, por si no puede acceder a EL PAÍS, le pido el permiso preceptivo a Domínguez y al periódico global que le paga que ejerza de tal, y ambos me concedan el favor para poder citar las líneas imprescindibles, y así el lector pueda creerme a pies juntillas y constatar que no lo he engañado:

“Por suerte o por desgracia, vivo en un país donde la propia realidad ya es a veces muy evasiva, escapa ella misma a la comprensión. Por ejemplo, puede ocurrir, como ocurrió el otro día con un tren de alta velocidad Roma-Génova, que uno llegue a la estación a coger un tren y que, por una vez, no tenga retraso. Pero siendo esto ya casi mágico, no es lo más portentoso. Porque el toque italiano, inigualable, es que el tren había salido con antelación. Se había ido 50 minutos antes. ¿Por qué? Aquí es donde se produce el salto mental solo al alcance de los genios: para no llegar con retraso. Como lo oyen, es lo que argumentó la compañía, porque sabían que había obras y llegaría tarde”.

Añado, por mi cuenta, dos o tres líneas más. Llamé a la compañía, corporación mercantil de personas unidas con un mismo fin, y una voz de ultratumba me dijo: “Lo lamento, pero aquí no hay nadie”. Ahora lo entiendo todo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by