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Las espadas están desnudas y altas

Ángel Sáez García 23 Dic 2024 - 20:00 CET
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LAS ESPADAS ESTÁN DESNUDAS Y ALTAS

LAS ESGRINEN MERCEDES Y LA PARCA

MIENTRAS DURA EL SIGUIENTE TRATAMIENTO

Conocí a Mercedes Lozano en un taller de Creación Literaria que impartí, hace la tira de años, en uno de los cuatro centros cívicos (el quinto se sigue construyendo a buen ritmo) de Algaso. Entonces ella aún no se había diplomado en Educación Infantil, estudios que cursó en Zaragoza o Soria (puede que los iniciara en una ciudad y los terminara en otra, o viceversa). Sé que aprobó las oposiciones de Magisterio a la primera. Era una chica inteligente y humilde, porque, cuando, al poco de enterarme de la buena nueva mentada, me di de bruces con ella y hablamos al respecto, se quitó importancia o mérito, argumentando que había tenido suerte, que es, sin ninguna duda, un factor determinante, decisivo, en cualquier proceso de selección. Y se marchó a Rascamiel, ciudad de Navarrioja, donde había decidido tomar posesión del puesto.

Durante una larga década no volví a saber nada de ella, salvo por lo que otro alumno de antaño, compañero suyo, me comentó, que se había cortado el pelo, que le llegaba entonces hasta la cintura; pero hace dos años, cuando acompañé al hospital a mi esposa, le había vuelto a crecer. Me la encontré en la misma sala de tratamiento a la que accedió Paula, mi cónyuge, también enferma de cáncer de mama; y nos saludamos y charlamos durante cinco minutos, como mucho.

La segunda vez que coincidimos en el recinto hospitalario, la vi radiante y, a pesar de lo que le esperaba, le dije:

—Te tienes que cambiar la última letra de tu apellido, Lozano, porque te veo Lozana.

Este breve apunte le hizo sonreír y se vio en la obligación de darme las gracias por el cándido cumplido, piropo o requiebro que le había dicho o echado. Venía contenta, porque la cosa iba más que bien, viento en popa.

La tercera vez, volví a echar mano de mi irónico sentido del humor, y le pité en contra, por haber cometido una infracción, haberse pasado de la raya:

—Tres segundos en la zona, Lozano.

Esta vez no le dio por reír mi retruécano, pero me adujo:

—No estoy para coñas, Toño.

Le retruqué lo obvio, que yo no era su marido, que debía gastar o tener un sentido del humor parecido al mío, y le añadí que era Ángel, su profe.

—Perdóname, por fa, profe, pero hoy no estoy para guasas. Así que no me tientes, que se está rifando un berrinche de los míos y tú llevas muchas papeletas, majo —me dijo—, y te va a tocar aguantarlo, como otro Jabato.

Le enseñé el dedo índice de mi zurda, señalando al cielo, y en un santiamén coloqué encima de él la palma abierta de mi diestra, a modo de tejado, pidiendo tiempo muerto, para hablar, pero ella no estaba más que para llorar, y lloró y lloró.

A mí solo me brotó preguntarle:

—¿Prefieres que me quede o que me vaya?

Se limitó a mirarme a los ojos y yo interpreté que me tenía que quedar a su lado, escuchando y presenciando cómo lloraba.

La cuarta vez que la vi, le compré el llavero que me ofreció. Estaba recaudando fondos para fomentar la investigación médica del cáncer mamario.

La quinta me habló de su nueva campaña, “Coge aire”, y contribuí a que se sintiera útil.

Nota bene

Si la aportación de un solo dato falaz a un relato veraz ejerce de gota de tinta china, que goza de la facultad o tiene la propiedad de entintar todo el conjunto, huelga decir qué ocurre cuando son varios los datos falsos que se agregan a una narración auténtica o verosímil.

Lo dejo escrito, negro sobre blanco, porque Mercedes, a quien decidí llamar así por la sencilla razón de que no paró ni parará de hacer mercedes mientras viva, no es el nombre real de la protagonista fetén de este texto, sino Mónica, pero leí su historia en la revista Tudeocio, y me nació, de manera impetuosa, la idea de trenzar unas líneas sobre su gesto generoso, altruista, casi casi una gesta. He aquí, arriba, el resultado.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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