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Mis amigos del alma son «los Luises»

Ángel Sáez García 08 Ene 2025 - 14:00 CET
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MIS AMIGOS DEL ALMA SON “LOS LUISES”

A lo ancho y a lo largo de los más de sesenta años que he vivido (dos terceras partes de mi existencia, en el supuesto de que un día llegue a ser nonagenario), he gozado de la inmensa suerte y he tenido el raro privilegio de conocer a diversas personas buenas, cuyas vidas han venido a hacer la mía más fácil, feliz y fértil. No son mis hermanos, pero a algunos (no exagero; no he rebuscado ni sacado de mi caja de herramientas la figura literaria de la hipérbole) los quiero y trato como si lo fueran. Demetrio de Falero dio de lleno con su dardo o venablo en el blanco o centro de la diana, cuando él, el primer director que tuvo la biblioteca de Alejandría, allá, in illo tempore, afirmó que “un hermano puede que no sea un amigo, pero un amigo siempre será un hermano” (no puede descartarse que lo repitiera el polímata estadounidense Benjamin Franklin, pero el que primero adujo la idea fue el susodicho Demetrio). Al mencionado autor no le faltaba razón ni salero en esta ni en otra frase que también refirió, y ahora, de modo pintiparado, viene recordarla muy a propósito: el verdadero amigo es el que, en los momentos de dicha y prosperidad a raudales, acude a tu casa, al ser llamado; y, en los momentos de tristeza y adversidad, sin serlo.

Es innegable que he conocido a muchos varones que se llamaban Luis (fuera su nombre de pila simple o compuesto), y que eran y son la inmensa mayoría de ellos buena gente (y es que aquí ocurre como con algunas reglas de ortografía, que no las hay sin excepción). Pero, cuando empecé a estudiar la carrera de Filosofía y Letras, conocí y conviví en el séptimo piso de un edificio sito en la Avenida de Valencia de la capital maña con dos Luises, “los Luises”, mis amigos del alma, que me han enriquecido emocional e intelectualmente sobremanera (puede que ellos ignoren cuánto lo han hecho y hacen); y, entre los tres, unos más durante unas temporadas, otros en otras, hemos contribuido, de manera decisiva, a que se mantuviera en pie la relación de amistad, que se inauguró en el año 1983, hasta hoy, tras más de cuatro décadas colmadas de innumerables episodios, eventos o lances. Los tres podemos abundar con Ralph Waldo Emerson, cuando aseveró que el amigo fetén, auténtico, “puede compararse con la obra maestra de la naturaleza”.

Cada vez que nos juntamos para comer (y beber con moderación, y vivir con pasión, y recordar o revivir momentos divertidos, sobre todo, y jugar en parejas unas partidas de mus, a cuatro reyes, con la inestimable ayuda de la cuarta pata de la mesa, José María, Mari; los años, que no pasan en balde, burla burlando acarrean nuevas dosis de prudencia y/o sensatez), disfrutamos (del nuevo encuentro o momento con empeño) como cuando éramos unos críos (que, como captó el poeta y luego fijó, negro sobre blanco, “qué sucios íbamos, pero qué limpios éramos”), y aún no nos conocíamos, cuando el goce era ilimitado, interminable, pero ahora siendo adultos.

Sé que un día “el trío calavera” que conformamos, al que llamo así, no porque nuestro proceder sea desmesurado y/o desordenado, sino porque seguiremos siendo amigos cuando los tres hayamos finado nuestros días en el planeta azul, la Tierra, y estemos criando malvas, y nuestras cabezas sean eso, calaveras, si es que no han optado nuestros deudos por incinerarnos (una vez haya muerto, siempre que no haya sido occiso, que hagan con mi cadáver lo que convengan), ejerceremos de meras piezas sobre los escaques de un tablero de ajedrez o damas e iremos cayendo, una detrás de la otra, sin necesidad del encadenado efecto dominó.

Confío, deseo y espero que eso suceda dentro de muchos años (aunque la Tercera Guerra Mundial, si hacemos caso a algunos apocalípticos analistas internacionales, puede declararse en cualquier momento, a partir de mañana), pero, por si les sobrevivo y me toca escribir sus lógicas necrológicas, que sepan que, aunque llore, aunque derrame lágrimas mientras las escriba, haré el esfuerzo de esbozar una sonrisa, dándole al finado Luis las gracias por haber obtenido la prebenda de ser su amigo y haberle podido dar abrazos auténticos y besos verdaderos.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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