A VECES, LA VERDAD CON LECCIÓN VIENE
Desde que comencé a impartir clases de latín en el Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato “Juan de Mairena”, de Algaso, no he estado un solo día de baja médica, por la sencilla razón de peso de que no la he necesitado. “Esa suerte has tenido”, suele sentenciar, siempre que me brota o renace de sus cenizas, cual ave fénix, en mi cacumen dicho pensamiento, el angelote atento que lee, en el mismo momento que lo trenzo o tecleo, cuanto escribo, que permanece colocado, de manera invariable, a mi espalda, en la parte derecha de mi cogote, fungiendo de centinela irredento. Sin embargo, un colega, cada dos por tres, de modo habitual, falta a su puesto de trabajo. A mí, que no soy el director del susodicho recinto educativo, no me compete saber si las regulares ausencias del compañero docente están plenamente justificadas o no; solo sé que ese hecho se itere con la frecuencia que ocurre me molesta.
Por mi cuñado Santiago Ausejo (yo le tomo el pelo, echando mano de un verso octosílabo: “de Ausejo sigue el consejo”), me consta que “es lógico que el absentismo esté en boga, creciendo. Normalmente, disminuye en períodos de crisis económica y aumenta en ciclos de bonanza, como la actual. La cuestión latente (que conviene que mute en patente) es cuánto lo hace y dónde, porque no es lo mismo que lo haga en una fábrica de doscientos empleados que en una pyme de seis, en un juzgado o en un centro de salud que en un instituto” (y cuando menciona la última palabra, para que no se le suba la ufanía a la cabeza, para que no ascienda el ochomil en helicóptero, no le digo “ahí, cuñado; ahí está la madre del cordero”, pero reconozco que lo pienso, por supuesto); y, asimismo, que faltar al trabajo, de forma asidua, sin justificarlo oportunamente, lleva aparejado, en el grueso de los casos, la apertura de un expediente disciplinario, que acostumbra a acabar en catástrofe para quien incurre, de manera machacona, en dichas prácticas, el despido. Si la ausencia es por haber acudido a una cita médica, o a un examen, o por estar de vacaciones, esas causas, las tres, están exentas de culpa, del colofón descrito arriba.
Ayer, sábado, qué casualidad, en Zaragoza, en la estación ferroviaria de Delicias, nada más apearme del tren, me encontré con quien no veía desde hace treinta años, que había viajado en el mismo cercanías, quien fue mi profesora de historia del arte en COU, Antonia, ya jubilada, a quien todos, alumnos y profesores, llamábamos o nos referíamos a ella con el hipocorístico “Toñi”. Iba a hacer compras a unos grandes almacenes en la capital maña. Me confesó que quería comprarle algo, todavía no sabía qué, pero, cuando se lo llevara a los ojos sabría, a ciencia cierta, de qué se trataba, a su único hijo, que vivía con ella y se había portado estupendamente durante su (de ella) penosa enfermedad. Toñi había padecido un cáncer de colon y, si no hubiera sido por su retoño, “Tito”, no hubiera logrado vencer al bicho, al que otros llaman con el femenino, bicha.
Me narró, a grandes rasgos, su proceso de curación, que fue largo y duro. Y que, como su hijo se había portado como un jabato, ella se vio en la tesitura de remedarlo; y, menos mal que era funcionario, porque, si no, no hubiera podido hacer frente a las sucesivas ausencias de su puesto de trabajo, por haber tenido que acompañar y cuidar de ella.
Conforme avanzaba la conversación que mantenía con Toñi, notaba que iba cambiando, matizando, mi punto de vista, prisma o perspectiva sobre el compañero faltón, Evaristo Gómez. Ahora bien, aún lo hizo más, cuando le pregunté dónde trabajaba su hijo, y cuanto me dijo me dejó de piedra, pues, ciertamente, cuántas sorpresas nos la vida, su respuesta incluía que, extremo que desconocíamos ambos, en el instituto “Juan de Mairena”, y que su Tito, evidentemente, era Evaristo. Entonces caí en la cuenta de cuanto ya sabía, que Toñi se apellidaba Gómez y ese era el apellido de su hijo, porque se había quedado embarazada por inseminación artificial, fecundación in vitro.
Nota bene
Mi progenitor solía tener siempre en la punta de la mui, a punto de proferir, esta recomendación, que, para que no tuviera que disculparme nunca con nadie de nada, evitara hacer comentarios ultrajantes sobre alguien cuando me hallaba acompañado de más gente, en grupo; y, además, me aconsejó esto otro: “Si tienes que hacer alguna censura a alguien, házsela a la cara y en privado al interesado o, en su defecto, resérvala para contársela a tu diario, si lo tienes; evita hacerla en sociedad, porque, a la postre, todo termina saliendo a relucir, sabiéndose, y alguien puede utilizar esa información privilegiada para perjudicarte”.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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