FORMAN EL ARCOÍRIS CORA E IRIS
Hoy, un lector espontáneo, que ha llegado a la bitácora de servidor, el blog de Otramotro, según me ha comentado, por recomendación de otro lector, que fue aconsejado, a su vez, por otro, me ha escrito y enviado a la dirección de correo que más uso uno, breve, en el que me solicita, “si no es mucho pedir”, que escriba un microrrelato. Evidentemente, no tenía ninguna intención de complacerlo, pero, como mi musa actual, que va por libre, como otro tanto le sucede a mi inconsciente, cuando me hallo descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo a pierna suelta, me ha soplado cuanto se parece bastante a lo que Eulalio, que así me ha trenzado que se llama el osado lector, me ha inspirado o sugerido, este menda, como el solícito y bien mandado amanuense que es, ha vuelto a fungir de copista diligente, y ha decidido remitirle en el párrafo que sigue las palabras que Paula, mi amada y presente musa, me acaba de susurrar al oído:
Esta tarde, durante los doce (quince, como mucho) minutos de siesta, he soñado que estaba de vacaciones en el Puerto de la Cruz (Tenerife), donde suelo disfrutar los últimos días de cada estío (por la sencilla razón de que la estancia en un hotel allí es más barata; y es que servidor, crematísticamente hablando, es pobre). Quienes somos solteros, heterosexuales y no estamos comprometidos (aunque alguno diga y escriba que está casado con Literatura, lo que no es del todo mentira), lo sé, de buena tinta, porque he notado a la legua que otros, que cumplen los tres requisitos aducidos, tienen el mismo problema en la vista que el abajo firmante, pues todos, sin excepción, cuando nos encontramos en la terraza del hotel, donde se halla la piscina, tenemos un ojo puesto en una fémina extranjera y el otro en una nacional, y, por ende, bizqueamos; así que no hay modo de corregir ese estrabismo ocasionado entre los de nuestra cordada, ya que lo ordinario es que un lado de la balanza pese más que el otro. Pocas veces sucede el equilibrio. Pero hoy, precisamente, ¡milagro!, eso ha pasado con Cora e Iris, que, tras averiguar algunos datos sobre ellas, sé que son hermanas, pero una, la mayor, es danesa, y la menor, española. Se llevan seis años, pero parecen gemelas. Ahora, que las veo juntas, una al lado de la otra, delante de la ducha, semejan una diosa, o un pibón, y su reflejo o imagen especular, espectacular; por lo menos, eso es lo que me parecen a mí; no sé qué opinan los demás bisojos al respecto, porque no he considerado pertinente pulsar o sondear su criterio. Si alguien me preguntara qué símil les cuadra, con qué las comparo, contestaría, sin vacilar, que con el arcoíris. Y ahora sé el fundamento o quid, que viene a reforzar mi impresión primigenia, prístina, porque Cora es el anagrama de arco; y arco más iris, ¿qué dan? ¡Arcoíris!
Nota bene
Cada cierto tiempo, alguien osa formularme la pregunta del millón: ¿Dónde se halla la bandada o el majal del que obtengo tantas ideas? Y yo insisto en iterar la misma respuesta: en la vida ordinaria. La idea para este texto, por ejemplo, me la brindó sin querer, gratis et amore, Fernando Vallespín (de corazón, ¡muchas gracias!), quien, en la página 19 de EL PAÍS del domingo 2 de febrero de 2025, firmó la columna titulada “La gran desconexión”. Me bastó leer las cinco primeras líneas de su colaboración para hacerme acreedor de premio: “Quienes tenemos un ojo puesto en la política internacional y otro en la nacional no paramos de bizquear; no hay manera de evitar el estrabismo derivado de su falta de acople”. Esos renglones fueron mano de santo, ya que me vi impelido a erigirle a la pieza cobrada (¡eureka!) un edificio de palabras donde ella pudiera hallar cobijo y resguardarse de la intemperie.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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