CUANDO ES LA SEDUCCIÓN ACCIÓN RECÍPROCA,
NUESTROS EMBRUJOS LOGRAN INTEGRARSE
El verbo “seducir” (sin haber llegado a sentir este menda la imperiosa necesidad perentoria de tener que consultar dicho vocablo en el Diccionario de la lengua española de la RAE y, asimismo, habiendo orillado, de momento, servidor su vertiente sexual, que no conviene echar jamás en saco roto ni/u olvidar) significa atraer y persuadir a alguien para que haga algo que, en principio, quizá, no había pensado llevar a cabo (aunque es posible que lo hubiera soñado previamente, estando despierto o dormido), pero que, una vez formulada la propuesta, la que fuera/sea, de manera más o menos explícita, por parte de quien pretende engatusar, y escuchada por el congénere destinatario de la misma, a quien, amén de sentirse dichoso por ser hechizado, le brota también el propósito de embelecar, la persona seducida se aviene a aceptar sin chistar.
Aunque tendemos a usar el verbo seducir para dar cuenta de cuanto acarrea en el ámbito sexual (haya luego contacto genital que concluya en coito o no), la seducción es acción que acontece en cada una de las relaciones interpersonales que se entablan o establecen.
Verbigracia, en una conferencia a la que asistimos como público oyente, formulemos una cuestión a la persona (ella, él, o no binario) que la ha improvisado, quiero decir, repentizado, sin echar mano de ningún papel, o leído, en el turno de preguntas o no, una vez ha acabado su discurso, el orador o la ponente pretende seducirnos con la tesis original que ha sostenido a lo largo de su intervención y los argumentos que la han apoyado.
Mientras leemos un libro, tres cuartos de lo propio hace el autor (ella, él o no binario) mediante las páginas que nos llevamos a los ojos los lectores. Intenta convencernos de las verdades que ha ido diseminando a lo largo del texto, una mentira (salvo que se trate de un libro científico, de historia o ensayo, por ejemplo), para que sigamos leyendo hasta el final y las hallemos todas.
Ignoro si a usted, atento y desocupado lector, un periodista o un estudiante, aspirante a serlo, que estuviera realizando las preceptivas prácticas, le ha hecho alguna vez una interviú. Bueno, pues, mutatis mutandis, si fue así, otro tanto ocurrió durante el rato que duró la misma, en el que uno preguntó y otro respondió. La seducción también afloró en esa situación, y pudo ser mutua, bidireccional. El interrogado procuró fascinar con sus contestaciones al interrogador, mientras que este intentó embelesarlo con sus cuestiones, pues tuvo en cuenta las respuestas por él dadas. Cuando ambos dan lo mejor de sí mismos, ejerciendo sus respectivos roles, se suele producir una experiencia lúdica en la que no acostumbran a faltar las sutilezas, y los dos pueden quedar, tras acabarse el cuestionario, maravillados; el uno del otro, y viceversa, tanto que… puede ocurrir luego cualquier cosa, inesperada o no, entre ellos, que se tomen una o varias cervezas juntos y, más tarde, se coman mutuamente, quiero decir, chupen, laman, todo, hasta lo no imaginado, los genitales, haya coito posterior o no incluya el menú la penetración.
Como, por ejemplo, no habiendo mediado espóiler o apunte destripador, la inolvidable seducción que vivió Benjamin Braddock (Dustin Hoffman), el recién graduado, que llega a casa de vacaciones, de la película dirigida por Mike Nichols, estrenada en 1967, basada en la novela homónima de Charles Webb, editada cuatro años antes, por parte de la señora Robinson (Anne Bancroft) y la pertinente pregunta que el pipiolo (en arte amatorias) egresado le hace: “¿Usted está intentando seducirme, no es verdad?”. Imperecedera, igualmente, me resulta (por ahora, ya veremos qué depara el destino) la banda sonora compuesta por Paul Simon, canciones interpretadas a dúo con Art Garfunkel. La canción “The sounds of Silence” (“Los sonidos del silencio”) la compuso Paul Simon el 19 de febrero de 1964 (fecha en la que cumplió dos añitos, dos, mi amigo del alma Luis de Pablo Jiménez) para conmemorar el asesinato de John Fitzgerald Kennedy unos meses antes, el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. De ella cabe decir que es un oxímoron, por el silencio atronador (debido a los numerosos aplausos que compusieron, componen y compondrán la ovación que le tributaron, tributan y tributarán sus oyentes, merecida).
Olvidábaseme de decir que me sumo al grupo que forman quienes tampoco pueden olvidar la frase que pronuncia Tess McGill (Melanie Griffith) en “Armas de mujer” (1988), otra película dirigida por Mike Nichols: “Tengo una mente para las finanzas y un cuerpo para el pecado. ¿Hay algo de malo en eso?”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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