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El arte de impartir lecciones varias

Ángel Sáez García 08 Abr 2025 - 14:00 CET
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EL ARTE DE IMPARTIR LECCIONES VARIAS

Me noto la boca seca y los músculos de la cara como si se me hubieran agarrotado, anquilosado, en apenas un pispás y, amén de atorados, atrofiados. Puede que la clave y la culpa descansen o se hallen en el mismo motivo o razón, la falta de hábito. Abro y cierro la boca, bajo y subo el maxilar inferior, como si estuviera comiendo como un bruto, para cerciorarme de que cuanto me temía que podía ocurrir ya había pasado, que mi miedo a hablar en público, que había estado gravitando, dando vueltas sobre mi persona, como si fuera un ovni, por fin, había decaído, al perder ganas, ímpetu, y no había logrado cuanto pretendía o era su inicial o prístino propósito, paralizarme, ni se había hecho con los mandos de mi ser, ni yo había perdido mi voluntad. Bebo un trago del botellín de agua mineral que he sacado, nada más llegar, de la máquina expendedora que he hallado en el vestíbulo del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria (IESO) “Juan de Mairena”, de Algaso. Me la hubiera bebido entera, pero pretendo mandar sobre la situación, no que acaezca lo opuesto, que ella mande sobre mí. Que no se me olvide ir al baño, no sea que me den ganas de usarlo en medio de la exposición.

Llevo casi cinco lustros sin dar clases, sin ser el decente docente que me esforcé antaño en ser, cuando fungí o ejercí de tal, y reconozco que me ha vuelto a pasar ahora lo mismo que me acaeció otrora, cuando tuve que enfrentarme, por primera vez, a mi primer grupo de alumnos, que me ha dado un vuelco el corazón, cuando, diez minutos antes de la conferencia y posterior charla con los discentes, el profesor que iba a hacer mi presentación me ha anunciado que en cinco minutos dejaríamos la sala de profesores para dirigirnos  al salón de actos, subir por las escaleras laterales que quedaban a la izquierda al escenario y, una vez en el estrado, dejar sobre la mesa los papeles que me iban a servir de guía durante la disertación, que había preparado a conciencia y hasta ensayado, habiendo constatado lo obvio, mi falta de tablas, en casa, imaginando que el armario del fondo del salón era el auditorio.

Cuando el profesor que me acompañaba en la mesa ha terminado la no tan breve alocución (he de reconocer que él se había empeñado en que yo fuera quien diera dicha conferencia, titulada “El arte de impartir lecciones varias”, me echó más flores que las que merecía, pero le agradecí el hecho, la hipérbole, y me comprometí a esforzarme durante la misma para hacerme digno de una parte del grueso de los encomios que había vertido sobre mí), aunque no lo había escrito ni ensayado previamente, he considerado oportuno, pertinente, antes de dar inicio a la exposición propiamente dicha, antes de entrar en materia, pedir a los asistentes perdón, disculpas, porque hacía dos décadas y media que no hablaba en público y, seguramente, se darían cuenta de cuanto había advertido con antelación yo, que servidor estaba desentrenado en esas lides. Y para semejante menester, que no es moco de pavo, como pasa con el resto de las acciones humanas, es crucial e imprescindible ejercitarse, a fin de adquirir tablas. Si, para escribir bien, no hay otra forma de hacerlo que seguir leyendo a los mejores autores y ponerse a trenzar, un día sí y otro también, para hablar bien en público, no hay otro modo que escuchar a los mejores oradores y perorar, o sea, coronar lo propio tú, y cuantas más veces mejor, a pesar de esa enseñanza indeleble, verdad apodíctica, que nos legó Diógenes Laercio, que dice así: “Callando, se aprende a escuchar; escuchando, se aprende a hablar; y hablando, se aprende a callar”. Una pescadilla que, por arte de lo que sea, ha perdido su cuarta letra, la ce, y ha devenido o quedado en pesadilla, que se muerde la cola.

Ya se me empezaban a agolpar o apelotonar en la punta de la lengua varias tesis (que pugnaban por salir cuando antes): que hoy eran ellos mi colectivo conejillo de Indias; que no sé si es una buena idea esa de imaginar al público desnudo (al amigo que me aconsejó dicha estrategia o propuso dicha extravagancia, le solté, recuerdo, esta boutade, “y, si me excito, ¿qué hago?”); que el profesor es un actor y el escritor una compañía entera, elenco o montón de ellos; que es fundamental inventarse pasiones y personajes para probarse,…., cuando, de repente, sonó el despertador y me desperté.

Fui al baño e hice un pis y, antes de darme mi ducha matutina, fui a la cocina a tomarme un vaso de agua mineral, porque tenía la boca seca.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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