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¿Dónde se halla «la casa de los ruidos»?

Ángel Sáez García 09 Abr 2025 - 14:00 CET
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¿DÓNDE SE HALLA “LA CASA DE LOS RUIDOS”?

EL CIELO YO LO ENCUENTRO DEAMBULANDO

Y ES DOBLE CUANDO LO HAGO CON AMIGOS

Cuenta el autor anónimo de “El Lazarillo de Tormes” (está cantado y contado hasta la saciedad que su anonimia es solidaria con la biografía ficticia que narra) en el Tratado primero que:

“Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.

“—No diréis, tío, que os lo bebo yo —decía—, pues no le quitáis de la mano.

“Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.

“Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.

“Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.

“Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y, sonriéndose, decía:

“—¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud —y otros donaires que a mi gusto no lo eran”.

Bueno, pues, si el hacedor anónimo de “El Lazarillo” acordó o decidió que su protagonista infante se aficionara al vino, este menda, quizá, in illo tempore, porque el juego propuesto le obligaba a pensar, se aficionó a la resolución de las charadas del religioso camilo Pedro María Piérola García, que, velis nolis, ideaba o pergeñaba una nueva para cada nuevo número de la revistilla “Navarrete”, que llegó a tener una periodicidad mensual, cuando se podía (que, cuando servidor estuvo en el seminario menor de la citada localidad riojana, difícilmente se conseguía o lograba), y se confeccionaba allí.

Al tener en cuenta o tomar en consideración la recomendación que hizo un autor ateo, el alemán Friedrich Nietzsche, en la introducción de su obra “Ecce homo”, en concreto, esa que dice así: “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”, descarté o no me apeteció continuar la vocación charadera o charadista (escoja el lector el adjetivo que le corresponda o más le plazca) de Pedro María, pero seguí su quintaesencia, el “utile dulci” horaciano que acarreaba o contenía, pasado por el tamiz de Piérola, sí, del sabio educador azquetano, optando por abrir otro derrotero en la jungla, desbrozando otro sendero, por ejemplo, planeando adivinanzas y/o planteando enigmas sui géneris.

En el Tratado tercero de “El Lazarillo” leemos:

“Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual él vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo:

“—Toma, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano. Ve a la plaza y merca pan y vino y carne: ¡quebremos el ojo al diablo! Y más te hago saber, porque te huelgues: que he alquilado otra casa y en ésta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas ¡tal vista tiene y tal oscuridad y tristeza! Ve y ven presto y comamos hoy como condes.

“Tomo mi real y jarro y, a los pies dándoles prisa, comienzo a subir mi calle encaminando mis pasos para la plaza, muy contento y alegre. Mas, ¿qué me aprovecha, si está constituido en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y así fue éste, porque, yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente que en unas andas traían. Arriméme a la pared por darles lugar, y, desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres; la cual iba llorando a grandes voces y diciendo:

“—Marido y señor mío, ¿adónde os me llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni beben!

“Yo, que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije:

“‘¡Oh desdichado de mí, para mi casa llevan este muerto!’

“Dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa. Y entrando en ella, cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome de él, que me venga a ayudar y a defender la entrada. El cual, algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo:

“—¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué has? ¿Por qué cierras la puerta con tal furia?

“—¡Oh señor —dije yo—, acuda aquí, que nos traen acá un muerto!

“—¿Cómo así? —respondió él.

“—Aquí arriba lo encontré y venía diciendo su mujer: ‘Marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben!’. Acá, señor, nos le traen.

“Y ciertamente, cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía ya yo echada el aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa. Y, desque fue ya más harto de reír que de comer, el bueno de mi amo, díjome:

“—Verdad es, Lázaro, según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor y pasan adelante, abre, abre y ve por de comer.

“—Dejálos, señor, acaben de pasar la calle —dije yo.

“Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester, según el miedo y alteración, y me torno a encaminar. Mas, aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello. Ni en aquellos tres días torné en mi color. Y mi amo, muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración”.

Así pues, está claro, cristalino, que al lector de “El Lazarillo” le consta dónde creía, a pies juntillas, o pensaba el protagonista infante que se hallaba la casa triste y desdichada, la casa lóbrega y oscura. Así que hoy a mi caletre le brota o nace preguntar al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, ¿dónde se halla, en la finca o el edificio donde vivo, “la casa de los ruidos”?

Es público y notorio que el lector habitual de las urdiduras (o “urdiblandas”) de Otramotro tiene una ventaja manifiesta sobre el lector esporádico de los textos que portan mi firma, pero no puedo hacer nada para restar esa ostensible ventaja. Ahora bien, acaso sea el azar el que se encargue y venga, inopinadamente, a sustraerla.

Como servidor necesita concentración (estado de quien logra centrar intensamente la atención en algo, que propician, de manera mancomunada, la soledad y el silencio) para cazar al vuelo o pescar sin anzuelo ideas y discurrir o disertar luego sobre ellas, ahora, a las cinco y media de la tarde del lunes 7 del mes en curso, cuando en la segunda planta del edificio (por ende, el lector deberá descubrir la letra exacta del piso ruidoso) están dando dos personas martillazos a diestro y siniestro (no los veo, pero, insisto, son dos los artífices armados con dicha herramienta, que no miento, por los ruidos que generan los golpes que descargan sobre los tabiques; eso es, al menos, lo que barrunto, intuyo o sospecho), se lo pondré más difícil al lector (tanto al asiduo como ocasional), porque no ocurre en el piso de arriba, como venía siendo lo ordinario, sino en uno inferior. Si el erebo acostumbraba a estar encima, arriba, hoy (la vida te da sorpresas, gratas e ingratas) está, claramente, abajo. El cielo yo lo encuentro deambulando (pronto ese menester llevaré a cabo), y es doble cuando lo hago con amigos.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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