CAMBIANDO LO QUE DEBE SER CAMBIADO,
DE LA ODISEA HAY MIL EVOCACIONES
Ayer, domingo 4 de mayo de 2025, en la página 15 del diario EL PAÍS, leí la tribuna titulada “El cero y el infinito”, de Irene Vallejo (que, por cierto, no tiene nada que ver con la novela homónima de Arthur Koestler, sobre la vida del ex comisario del Pueblo Nicolái Rubashov.
Desde hace varios años, vengo comprobando lo obvio, que la lectura de los textos que llevan la firma de la citada autora zaragozana tienen, velis nolis, la rara habilidad o virtud de inspirarme a mí otros. Bueno, pues, mientras pasaba mi vista por la tribuna mencionada, una vez más, esa habitual circunstancia acabó constatándose. Y la presente urdidura o “urdiblanda” es prueba fehaciente e inobjetable de todo ello.
Fue leer estas pocas líneas (“El anfitrión y el invitado intercambiaban un symbolon, un objeto dividido en dos partes que se ensamblaban, para reconocerse en el futuro, incluso sus hijos y nietos”) en la citada colaboración dominical de la filóloga aragonesa, y, a renglón seguido, me brotó una idea o se encendió una bombilla en mi cacumen o, mejor, usaré las propias palabras que Cervantes escribió en su novela ejemplar “La ilustre fregona”: vi “salir una moza, al parecer de quince años, poco más o menos, vestida de labradora, con una vela encendida en un candelabro”, Costanza.
Al comienzo del párrafo siguiente al de las líneas extractadas, Irene escribe: “La Odisea es una narración sobre la hospitalidad”; y, unos renglones más abajo, nos cuenta las peripecias del fiel porquero de Ulises, Eumeo, en cuyo espejo existencial se ve reflejado el héroe homérico, vestido de harapos.
Está claro, cristalino, que, mutatis mutandis, o sea, cambiando lo que debe ser cambiado, de la Odisea cabe hallar en otras obras, clásicas o no, mil reminiscencias. Y, como servidor no puede dejar de ser quien fue, alumno agradecido de fray Ejemplo, a fin de demostrar que cuanto sostiene en su tribuna dominical Vallejo es cierto, me he visto impelido a extractar varias páginas de “La ilustre fregona” cervantina, para que todo lo que aduce Irene quede clarificado y conste en acta hasta el mínimo detalle:
“(…) Esta es, señor, la verdadera historia de la ilustre fregona, que no friega, en la cual no he salido de la verdad un punto (que tanto recuerda, por cierto, la frase con la que concluye el primer párrafo de la Primera parte del Quijote: “Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad”).
“Calló el huésped y tardó un gran rato el Corregidor en hablarle: tan suspenso le tenía el suceso que el huésped le había contado. En fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino, que quería verlo. Fue el huésped por ello, y, trayéndoselo, vio que era así como le había dicho; la cadena era de trozos, curiosamente labrada; en el pergamino estaban escritas, una debajo de otra, en el espacio que había de hinchir el vacío de la otra mitad, estas letras: E T E L S N V D D R; por las cuales letras vio ser forzoso que se juntasen con las de la mitad del otro pergamino para poder ser entendidas. Tuvo por discreta la señal del conocimiento, y juzgó por muy rica a la señora peregrina que tal cadena había dejado al huésped; y, teniendo en pensamiento de sacar de aquella posada la hermosa muchacha cuando hubiese concertado un monasterio donde llevarla, por entonces se contentó de llevar sólo el pergamino, encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase y diese noticia de quién era el que por ella venía, antes que le mostrase la cadena, que dejaba en su poder. Con esto se fue tan admirado del cuento y suceso de la ilustre fregona como de su incomparable hermosura.
“Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el Corregidor, y el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomás fuera de sí, combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamás con ninguno de su gusto; pero cuando vio que el Corregidor se iba y que Costanza se quedaba, respiró su espíritu y volviéronle los pulsos, que ya casi desamparado le tenían. No osó preguntar al huésped lo que el Corregidor quería, ni el huésped lo dijo a nadie sino a su mujer, con que ella también volvió en sí, dando gracias a Dios que de tan grande sobresalto la había librado.
“El día siguiente, cerca de la una, entraron en la posada, con cuatro hombres de a caballo, dos caballeros ancianos de venerables presencias, habiendo primero preguntado uno de dos mozos que a pie con ellos venían si era aquélla la posada del Sevillano; y, habiéndole respondido que sí, se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron a apear a los dos ancianos: señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de los seis. Salió Costanza con su acostumbrada gentileza a ver los nuevos huéspedes, y, apenas la hubo visto uno de los dos ancianos, cuando dijo al otro:
“—Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo aquello que venimos a buscar.
“Tomás, que acudió a dar recado a las cabalgaduras, conoció luego a dos criados de su padre, y luego conoció a su padre y al padre de Carriazo, que eran los dos ancianos a quien los demás respectaban; y, aunque se admiró de su venida, consideró que debían de ir a buscar a él y a Carriazo a las almadrabas: que no habría faltado quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían. Pero no se atrevió a dejarse conocer en aquel traje; antes, aventurándolo todo, puesta la mano en el rostro, pasó por delante dellos, y fue a buscar a Costanza, y quiso la buena suerte que la hallase sola; y, apriesa y con lengua turbada, temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, le dijo:
“—Costanza, uno destos dos caballeros ancianos que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar don Juan de Avendaño; infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama don Tomás de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando que te he dicho verdad en cuanto a la calidad de mi persona, y que te la diré en cuanto de mi parte te tengo ofrecido; y quédate a Dios, que hasta que ellos se vayan no pienso volver a esta casa.
“No le respondió nada Costanza, ni él aguardó a que le respondiese; sino, volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fue a dar cuenta a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dio voces el huésped a Tomás que viniese a dar cebada; pero, como no pareció, diola él mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que habían visto, y que si era hija o parienta del huésped o huéspeda de casa. La Gallega le respondió:
“—La moza se llama Costanza; ni es parienta del huésped ni de la huéspeda, ni sé lo que es; sólo digo que la doy a la mala landre, que no sé qué tiene que no deja hacer baza a ninguna de las mozas que estamos en esta casa. ¡Pues en verdad que tenemos nuestras faciones como Dios nos las puso! No entra huésped que no pregunte luego quién es la hermosa, y que no diga: «Bonita es, bien parece, a fe que no es mala; mal año para las más pintadas; nunca peor me la depare la fortuna». Y a nosotras no hay quien nos diga: «¿Qué tenéis ahí, diablos, o mujeres, o lo que sois?».
“—Luego esta niña, a esa cuenta —replicó el caballero—, debe de dejarse manosear y requebrar de los huéspedes.
“—¡Sí! —respondió la Gallega—: ¡tenedle el pie al herrar! ¡Bonita es la niña para eso! Par Dios, señor, si ella se dejara mirar siquiera, manara en oro; es más áspera que un erizo; es una tragaavemarías; labrando está todo el día y rezando. Para el día que ha de hacer milagros quisiera yo tener un cuento de renta. Mi ama dice que trae un silencio pegado a las carnes; ¡tome qué, mi padre!
“Contentísimo el caballero de lo que había oído a la Gallega, sin esperar a que le quitasen las espuelas, llamó al huésped; y, retirándose con él aparte en una sala, le dijo:
“—Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prenda mía que ha algunos años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo mil escudos de oro, y estos trozos de cadena y este pergamino.
“Y, diciendo esto, sacó los seis de la señal de la cadena que él tenía.
“Asimismo conoció el pergamino, y, alegre sobremanera con el ofrecimiento de los mil escudos, respondió:
“—Señor, la prenda que queréis quitar está en casa; pero no están en ella la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba de la verdad que yo creo que vuesa merced trata; y así, le suplico tenga paciencia, que yo vuelvo luego.
“Y al momento fue a avisar al Corregidor de lo que pasaba, y de cómo estaban dos caballeros en su posada que venían por Costanza.
“Acababa de comer el Corregidor, y, con el deseo que tenía de ver el fin de aquella historia, subió luego a caballo y vino a la posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la muestra. Y, apenas hubo visto a los dos caballeros cuando, abiertos los brazos, fue a abrazar al uno, diciendo:
“—¡Válame Dios! ¿Qué buena venida es ésta, señor don Juan de Avendaño, primo y señor mío?
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
“—Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a este caballero, que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.
“Ya conozco al señor don Diego —respondió el Corregidor—, y le soy muy servidor.
“Y, abrazándose los dos, después de haberse recebido con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:
“—Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced viene, señor don Diego de Carriazo; vuesa merced saque los trozos que faltan a esta cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino que está en su poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se haga.
“—Desa manera —respondió don Diego—, no habrá necesidad de dar cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
“—Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber. El pergamino, hele aquí.
“Sacó don Diego el otro, y juntando las dos partes se hicieron una, y a las letras del que tenía el huésped, que, como se ha dicho, eran E T E L S N V D D R, respondían en el otro pergamino éstas: S A S A E AL ER A E A, que todas juntas decían: ESTA ES LA SEÑAL VERDADERA. Cotejáronse luego los trozos de la cadena y hallaron ser las señas verdaderas.
“—¡Esto está hecho! —dijo el Corregidor—. Resta ahora saber, si es posible, quién son los padres desta hermosísima prenda.
“—El padre —respondió don Diego— yo lo soy; la madre ya no vive: basta saber que fue tan principal que pudiera yo ser su criado (…)”.
Quien haya pasado su vista, de cabo a rabo, o siga leyendo la novela del alcalaíno a partir de aquí, comprobará que, al final, la felicidad es omnímoda, pero incompleta para Carriazo/Lope Asturiano, debido al latente y posible resurgir de la satírica expresión “¡Daca la cola, Asturiano!” o, en su defecto, “¡Asturiano, daca la cola”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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