AUNQUE NO CREO EN DIOS, REZO A LOS SANTOS
A SAN CAMILO LO HE HECHO MUCHAS VECES
¿QUIÉN DIJO QUE YO NO ERA INCOHERENTE?
Con la dosis adecuada de sarcasmo o sorna que se le supone a quien todo bicho viviente con dos dedos de frente reputó que era un genio, Albert Einstein afirmó que dos cosas eran infinitas, la estupidez humana y el universo. A renglón seguido, aseguró que de lo segundo no estaba completamente convencido. Bueno, pues, a este menda, sin ánimo de emularlo, ni siquiera parecerse un ápice o pizca a él, a quien no le llega a la suela del zapato (ya se tome como objeto de comparación el calzado ajeno, ya se tome como referencia el propio), le peta aseverar que todo bípedo implume yerra (por ejemplo, Albert Einstein hizo tal cosa, según mi parecer, al sacarle la lengua al fotógrafo que inmortalizó ese gesto suyo en la instantánea que nadie que la vio, si el alzhéimer no le ha dado aún el primer zarpazo devastador, habrá olvidado) y, además, que es dependiente (lo fue otrora, cuando no era más que un recién nacido, un bebé) y, si ahora no lo es, en el supuesto de que llegue al estado de un anciano achacoso, lo volverá a ser; basta con que demos tiempo al tiempo para que eso devenga en realidad inobjetable. Solo los soberbios osan contradecirme; ahora bien, allá ellos con sus presunciones.
Reconozco que en mi vida he cometido muchos errores. Si los juntara todos podría conformar con ellos un montón enorme, como la hoguera que hacíamos antaño en Navarrete (La Rioja) para san José, día del padre y del seminario. Eso lo aprendí tras traducir una frase en latín que servía para una buena causa, el día del Domund o jornada mundial de las misiones, por ejemplo, que decía así: “Adde parvum parvo, magnus acervus erit”, o sea, añade un poco a otro poco y, al final, el montón será grande.
Ahora bien, a los yerros cometidos he intentado sacarles el máximo jugo, partido o provecho, o sea, aprender de ellos y no volver a incurrir en los tales; he de admitir que no siempre he logrado ese buen propósito, es decir, en varias oportunidades he tropezado en diversas mismas piedras. Y es que el hombre, ora sea o se sienta ella, él o no binario, suele meter la pata cuando piensa, hace o dice cosas; a veces, hasta con la mejor intención o voluntad. Sin embargo, me cuento entre quienes prefieren a los congéneres que se equivocan a quienes no piensan ni hacen ni dicen nada para no marrar; y me molesta sobremanera que se yerre a sabiendas, aunque alguna vez ese sujeto haya recibido su merecido y haya obtenido lo contrario, haya atinado; justicia poética llamo yo a eso.
He comprobado, asimismo, que, cuando he pretendido hacer el bien y lo he conseguido, he recibido, como recompensa, del inconsciente o espíritu colectivo o del medio ambiente, o del azar, porque nadie me la ha otorgado, una satisfacción personal que ha favorecido que me sintiera pletórico, sin parangón con otra. Y me he preguntado: ¿por qué no te ejercitas más a menudo en ese menester, aunque abunde el ingrato? Eso es, poco más o menos, lo que me ocurría cuando, estando estudiando COU en “las Teresianas”, el colegio “Enrique de Ossó”, iba con mis colegas, los futuros camilos, al asilo que había entonces en la zaragozana calle Cartagena, a echar una mano los sábados por la mañana a las monjas que lo regentaban. Volvía a nuestra residencia, la casa de la orden, en el bloque octavo del extinto Camino de la Mosquetera, lleno de gracia o carisma, con el contento o gozo del deber cumplido. Y, como sorpresas gratas también nos procura el mero existir, aunque no seguí dentro de la orden de san Camilo de Lelis, mis deseos o ganas de sanar enfermos me abocó, en septiembre de ese año, a decantarme por estudiar y matricularme en la facultad de Medicina, como así hice. Pero me di cuenta pronto del clamoroso fallo cometido, de que dicha elección había sido una opción romántica y, a la postre, un mayúsculo error, por mis escasos conocimientos o nociones de biología, física y química, ya que servidor había cursado el BUP y el COU por letras. Utilicé entonces para explicar el hecho una frase que luego he usado más veces para dar cuenta de mis rupturas sentimentales o de pareja, al finalizar estas: Fue bonito mientras duró.
Con el paso de los años, constaté cuanto ya sabía o tenía por archiconocido, que la persona sana puede enfermar, y que el enfermo suele sanar antes si es tratado de manera cariñosa, humana, humanitaria, por sus semejantes, sean sanitarios o no de profesión, personas amigas, de buen fondo, empáticas, solidarias, incluso siendo ateas, como es mi caso (aunque no deje de ser incongruente, al seguir rezando a san Camilo, entre otros santos). Yo he sido curado de mis heridas, casi casi como pedía el santo nacido en Buquiánico que hicieran a sus compañeros y él se esforzaba en realizar a diario, por quienes acaso pensaban y actuaban, como él, que podían fungir de madres, y curaban y cuidaban en la persona postrada en cama, verbigracia, servidor, como si esta fuera su único hijo enfermo.
Nota bene
Quizá el consejo de san Camilo sea susceptible de ser complementado o completado. Si el atento y desocupado lector ha tenido el enriquecedor privilegio o la suerte de cuidar con cariño de su padre y/o su madre enfermos, lo habrá advertido. Así que hay que cuidar al encamado como una madre haría con su único hijo enfermo o como un hijo agradecido y comprometido haría con sus piadosos progenitores enfermos.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home