¿LA PERSONALIDAD PUEDE BORRARSE?
¿COMO UN CRISTAL DE VENTANA ES MI PROSA?
Eric Arthur Blair, verdadero nombre del seudónimo literario que eligió para firmar sus textos, George Orwell, en un texto breve, de apenas tres mil palabras, en el que el citado autor británico dio cuenta de los motivos por los que decidió consagrar su vida a las letras, titulado “Por qué escribo”, que fue publicado, por vez primera, en el número 4 de la revista “Grangrel” en el verano de 1946 y donde cabe leer que “cuando me pongo a escribir un libro no me digo: ‘Voy a hacer una obra de arte’. Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría realizar el trabajo de escribir un libro, ni tampoco de un artículo largo para una publicación periódica, si no fuera, además, una experiencia estética”. En el último de los párrafos de dicha urdidura escribe: “(…) Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es también cierto que nada legible puede escribir uno si no lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana (…)”.
Bueno, pues, al menos, probemos a culminar dicha pretensión; a ver qué sale.
Como no era seguro al cien(to) por cien(to), durante cierta tarde pretérita, no surgió un contratiempo, imprevisto o inconveniente, que procrastinara el propósito, pero tampoco ocurrió lo previsto; así que la intención de hacerme una visita Jesús Miguel y Luis, dos personas que conozco desde que compartimos piso en la zaragozana Avenida de Valencia, cuando estudiábamos la carrera de Filosofía y Letras en la capital maña, quedó reducida a la mínima expresión, porque la pareja devino unidad, Luis.
La mitad de “los Luises”, el gran invento de la humanidad, un milagro de la naturaleza, me trajo el traje que me había prometido (la verdad es que tenía que comprarme uno para estrenarlo el día de la boda de mi sobrina Rocío —hecho que así sucedió el pasado sábado 17 de mayo, en la catedral tudelana de Santa María la Mayor—, la primera de mis ocho sobrinos en pasar por la vicaría), sin estrenar; y era mi confesable deseo que me hubiera quedado pintiparado y, así, me hubiera ahorrado el gasto que supuso tener que pagarlo a tocateja (en realidad, fue satisfecho con tarjeta de crédito o débito), pero no cayó esa breva.
Como mi intuición no dejaba de estar atenta a cualquier estímulo que ocurriera en derredor mío, me dio por pensar, vete tú, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, a saber el porqué, que acaso lo iba a estrenar antes, y me reí, a mandíbula batiente (qué iba a hacer, ¿llorar?), mientras lo escribía, aunque el humor fuera nigérrimo, para que semejara mi mortaja, el traje que llevara puesto a la tumba; mejor, al nicho familiar (del que el Ayuntamiento tudelano, por cierto, ya me ha cobrado el usufructo de los siguientes quince años; mi padre, que se murió convencido de que era propiedad nuestra, ¿qué diría, si resucitara, al respecto?).
Confiaba, deseaba y esperaba que mi sexto sentido o intuición, como eso mismo había sucedido en otras muchas ocasiones, demostrara que era un desastre, por lo obvio y habitual, porque lo cierto y verdad era que atinaba poco o, por dejarlo escrito, negro sobre blanco, de otro modo, porque fallaba más que una escopeta de feria.
Bueno, pues, mientras redactaba los renglones torcidos que preceden, los de la primera intuición, me ha brotado otra, pero esta ha acaecido en otro ámbito, dentro del episodio onírico que he protagonizado durante la siesta, mientras me hallaba descansando plácidamente en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo.
He soñado que mis labios, mientras lo besaban, se aprendían de memoria el cuello de Carlota, una novia que tuve en tercer curso de carrera, cuando compartía piso con los mencionados Jesús Miguel y Luis en otra calle cesaraugustana, además de con Javier y Figueras. Durante el sueño, desconozco el porqué, no recordaba el nombre de la calle. Pero el sueño ha acabado siendo profético, clarificador, porque, tras quitarse ella el sostén o ayudarle a desprenderse de dicha prenda servidor, he tenido la oportunidad de llevarme a los ojos, además de los dos exuberantes y desnudos senos de mi churri, a quien, por supuesto, nunca llamé ni me referí a ella así, sino, cariñosamente, “Loti”, pues, amén de ser su hipocorístico, fue un billete de lotería premiado, un escapulario de la Virgen del Perpetuo Socorro. Y ese era el nombre de la citada calle, que no lograba recordar dentro del sueño: Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Nota bene
Me temo que no he conseguido mi propósito (en puridad, el de George Orwell), borrar mi personalidad (¿acaso no se le llama a eso estilo?), pero estoy satisfecho, porque he culminado otro reto.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home