¡QUÉ MENTE TIENES MÁS CALENTURIENTA!
El aserto latino “primum vivere, deinde philosophari” (lo primero o principal es vivir, luego filosofar), a pesar de los muchos años transcurridos desde que un ciudadano romano, ya fuera o se sintiera ella, él o no binario, lo ideara y profiriera, sigue vigente, en pie. Esa verdad, aun siendo interina, provisional, aspecto o condición que comparte con el resto de las certezas fetenes que fueron, son y serán, no ha sido abatida todavía por otra del pedestal donde se sitúa y continúa colocada; así que no faltan quienes la califican de apodíctica (si consultamos el vocablo susodicho en el Diccionario de la lengua española, DLE, hallaremos su definición o significado: “incondicionalmente cierta, necesariamente válida”). Como la presente tarde a este menda le ha apetecido mudar el segundo verbo latino, philosophari, por scrivere, ha constatado que la frase resultante sigue teniendo la misma validez.
Durante la primera ola de calor de este año, la madrugada del 30 de junio de 2025, me desperté (ignoro, a ciencia cierta, cuál fue la causa o el motivo; estoy acostumbrado a que el origen sea algún objeto que arrastran, silla, mesa, mueble, cama o patinete, o se les cae, de manera involuntaria o adrede, aposta, al suelo a alguno de los vecinos del piso de arriba, que habitan la “casa de los ruidos”, donde es posible hacer acopio en una sola jornada de todos los habidos y por haber, pero en esta oportunidad no lo puedo certificar de modo fehaciente). Como, tras más de media hora de meditación, noté que tenía la boca seca, me incorporé, levanté y salí a la cocina a tomarme un vaso de agua fresca de una de las dos botellas que tengo, durante el estío, en la nevera. Como, antes de acostarme, había abierto casi todas las ventanas del piso para que, en el supuesto de que lograra entrar en él alguna ráfaga de viento, esta pudiera correr por sus estancias sin hallar óbices o trabas, no tuve que encender la luz. Bueno, pues, mientras tomaba pequeños sorbos de agua del vaso que había llenado, salí al balcón de la cocina y asistí, como espectador inesperado y sorprendido, al encuentro sexual que me dispongo a narrar enseguida.
A la una de la madrugada del lunes mencionado, puede que, como me había ocurrido a mí, hartos de dar vueltas y más vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño, una pareja de vecinos que vive en un piso del edificio que queda a la otra vera de la calle, enfrente, puso en práctica una dinámica, estratagema o treta, que antaño constaté que era mano de santo o panacea, ya que me vino estupendamente a mí, mientras duró el encantamiento con una de las churris (así se les llama ahora a las novias) que tuve otrora, que, cuando nos apetecía a ambos dormir a pierna suelta, hacíamos previamente el amor y, tras disfrutar recíprocamente y a tope de los atributos o prendas de nuestros respectivos cuerpos serranos, lográbamos atrapar, sin apenas esforzarnos, el sueño; ella, descansando en los mullidos brazos de Hipnos, y yo en los de su hijo Morfeo, o viceversa.
Los dos jóvenes exhibieron, velis nolis, en el balcón de su habitación o cuarto de estar sus anatomías semidesnudas. La barandilla, opacada, me impedía ver si sus cuerpos lo estaban totalmente. Se estuvieron besando y magreando durante unos minutos. De pronto, la fémina se opuso de rodillas y procedió a hacerle, barrunté, una felación rítmica a su pareja.
Desde el balcón de mi casa no escuchaba si se decían algo, pero tal vez en esos momentos las palabras sean innecesarias o sobren ante las contundentes y prioritarias acciones. Ella volvió a ponerse de pie, le dio la espalda, se agarró con sus manos a la barandilla y el varón, tras asir sus caderas, introdujo, sospecho, su dedo sin uña en la hendidura (más bien, “hendiblanda”) de ella y comenzó un movimiento de bamboleo o tenaz metisaca que, en apenas unos minutos, acabó, de forma gozosa (¿solo para él?). Este último suceso no lo contemplé, porque yo ya había vuelto a mi cama y le conté cuanto había observado, como un voyerista o mirón, de manera atenta, a mi esposa, Literatura, que no me creyó (de manera contradictoria, la reina de las ficciones suele poner en tela de juicio, si no todas, algunas de estas narraciones), pues me dijo: “Mira que eres fantasioso, Ángel. El calor ambiental te ha debido contagiar su calor erótico; y, si te apetece, puedes ir a tu despacho a escribir lo que acabas de ver o de soñar estando despierto; ¡qué mente tienes más calenturienta!”. Le he hecho caso y mi firma ya corona este, el texto que he escrito.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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