CELEBRO NO HABER SIDO CONVIDADO
¿POR CAUSA DEL AZAR O DEL DESTINO,
ME LIBRÉ DE ESE LANCE O INCIDENTE?
Sentados en un banco del parque, dos veinteañeros universitarios (libros y libretas de apuntes obran a ambos lados de los protagonistas, ella y él) se besan en los labios, sedientos ambos de la saliva ajena, aneja, que genera su pareja, con insólita delectación, con inaudita fruición. Me hallo a menos de cuatro metros de distancia de ellos, sentado en el banco que queda enfrente del suyo, del que ellos ocupan. Me nace preguntarles dónde y desde hace cuánto tiempo se conocen (porque ahora las acciones amatorias, los encuentros sexuales, se suceden de manera célere, sin solución de continuidad), pero, al final, descarto esa posibilidad, paso de formularles ninguna cuestión, porque, me temo, sin temer nada en realidad, que les iba a cortar el rollo, a molestar. Y es que conviene tener presente y en todo momento y lugar la quintaesencia de un latinajo recopilado por Ulpiano, en concreto, el que dice así: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, o sea, estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo. No creo que nadie que tenga dos dedos de frente pondrá objeciones al mismo.
Así que sigo leyendo el libro que sostengo con mi mano izquierda, “La Celestina”, de Fernando de Rojas y, a fuer de ser preciso, estas palabras que el citado autor pone en boca de la certera y tercera o mediadora protagonista, mediado el auto cuarto:
“—Tan presto, señora, se va el cordero como el carnero. Ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año ni tan joven que hoy no pudiese morir”.
Ojalá no suceda ninguno de los dos lances que acabo de imaginar, que me voy a perder la ocasión de volver a espiarles a través del hueco indiscreto, fisgón, que hay en la puerta de su habitación, es decir, a ejercer, por tanto, de voyerista o mirón, mientras hacen el amor sobre la cama de él, que es compañero mío de facultad y de piso. Lo digo porque he fantaseado con que en el piso de al lado un suicida ha tomado la decisión funesta de terminar con su vida, al provocar un buscado escape de gas, y desconoce que no solo va a morir él, sino sus satisfechos y coleccionistas de orgasmos vecinos.
En lo concerniente al primer episodio de esa fantasía, servidor ha renunciado a devenir en un perito o ducho en dicho menester. No sabe cómo lo ha conseguido, pero ya no le tienta colocarse tras la puerta y poner la pupila de su ojo diestro en la rendija que hace que crezca su dedo sin uña, que él no llama pene, sino nabo, “er nabo”, cuando está con su churri, y ella llama en la intimidad cuña, porque, cuando la tiene dentro, refunfuña. Ya no repite hasta el hartazgo la famosa frase de Oscar Wilde que cabe leer al principio de su novela “El retrato de Dorian Gray”: “La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados”.
En lo tocante al segundo trance, tras haber determinado dejar de estudiar y de observar, a través de la grieta, la ídem de la fémina, y de tener que meter mi diestra en la bragueta, para acomodar el enhiesto dentro de los gayumbos, opto por mudar el bluyín por el pantalón de deporte y la camisa por una camiseta de tirantes y salir a correr y no ver cómo dos coetáneos míos, hembra y varón con hambre de clímax, se corren. Así me libré de las consecuencias de la explosión y hoy puedo escribir sobre dicho incidente, que no fue un accidente, aunque mucho indocumentado pensó que pudo ser y así lo trenzó.
Nota bene
Celebro no haber sido convidado a formar un trío, a una inesperada sesión de poliamor, que hoy, al parecer, entre jóvenes, no es algo tan extraordinario. Y sí haber sido invitado a la boda de los dos de marras, convencidos contrayentes, porque, todo lo que tiene que ver con los dos episodios fantaseados por mí no ocurrieron más que en mi mente, no en la realidad.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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