RECIBA FRAY EJEMPLO ETERNAS GRACIAS
POR CREAR “SOLEDADES SOLEADAS”,
ENTIDADES SIN ÁNIMO DE LUCRO
Como últimamente todo quisque o hijo de vecino con el que coincido donde sea, en el ascensor o la panadería, la cafetería o la calle, el casino o el mentidero, me habla de las “Soledades Soleadas” y dice bendiciones sin cuento de esos espacios que hay en las cafeterías que se han acogido a esas dos eses versales, SS (me parece bien que se le haya buscado la parte positiva, que la tiene, a las mayúsculas tales, aunque ya se la habíamos hallado y gozado con ello quienes nos sentimos admirados confesos y entusiastas de la actriz Susan Sarandon), mañana o, como muy tarde, pasado, acudiré a ver si es verdad que en dichos rincones cabe leer la frase de William Makepeace Thakeray que, según el parecer del creador de las sobredichas, fray Ejemplo (que brindó su idea gratis et amore, arguyendo: ¿acaso mi pensamiento tendría futuro si cobrara por él?; ¿no dejaría de ser en ese mismo momento “fray Ejemplo”?), es la única que debía presidir la zona susodicha de los recintos en cuyo exterior se debía exhibir el anagrama de la doble ese mayúscula, dedicadas a la conversación, el flirteo o lo que surja: “Una sonrisa es un rayo de luz en la cara”.
Recientemente, por no dejar sola a la locución expresada, lo que, stricto sensu, en las Soledades Soleadas resulta una clara contradicción, varios usuarios han planteado con razón a quien tuvo la idea y la culminó la posibilidad de una compañera, y este se ha avenido, de buen grado, a que haya otra frase, seleccionada por elección popular, libre, igual, directa y secreta, entre las que se han aceptado, 117, número que han conformado las que se han postulado sin ninguna objeción o censura previa.
El propósito o fin de las SS es que nadie que pueda valerse por sí misma/o y sea capaz de desplazarse, aunque lo haga en silla de ruedas, manual o eléctrica, deje de acudir a esos rincones acogedores de las cafeterías con zona SS identificada en el exterior para conversar y sentirse alegres, vivos.
A quien forjó o fraguó las Soledades Soleadas le influyó sobremanera ese adagio sueco que dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena”.
A las zonas mencionadas arriba acuden divorciados, solteros, viudos (sea cual sea su sexo, preferencia o identidad sexual), que antes iban a los clubs de jubilados y dejaron de hacerlo porque no se sentían a gusto en ellos, ya que la oferta de los mismos era exigua: juegos de cartas, baile durante el finde y viajes.
A las personas, seres sociables, nos encanta charlar y a eso acuden el grueso de los bípedos implumes que rondan los sesenta y hasta los ochenta, aunque a nadie se le pide el carné. Basta con pedir permiso, si la mesa está ocupada, para sentarse en una silla alrededor de la misma con otros congéneres, los que sean.
El abajo firmante de estos renglones torcidos, ciudadano libre de la República Literaria, avezado contador de casos y cosas, ayer acudió, por primera vez, a ver qué se cocía en el espacio mentado y comentado de una cafetería de postín, y antes de despedirme de los dos miembros de la mesa en la que me lo pasé de lo lindo, en grande, dándole simplemente a la mui o sin hueso, dos féminas sesentonas, Lucía y Natalia, ambas me tiraron los tejos (ignoro si lo hicieron de guasa o de veras). Primero lo hizo “Lu” y luego “Nata”, aprovechando que la otra había ido al baño a hacer un pis.
El objetivo de coleccionar sonrisas, hacer amigos y/o lo que surja, se cumple a rajatabla, aunque buscar pareja es el deseo inconfesable o la ilusión de la inmensa mayoría.
Y es que la soledad es un cielo cuando tú la eliges, pero deviene en un infierno cuando se te impone, y hay mucha gente que vive sola y triste, y que se muere sin poder decir a nadie que se muere.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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