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Tantas veces va el cántaro a la fuente,…

Ángel Sáez García 26 Ago 2025 - 14:00 CET
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TANTAS VECES VA EL CÁNTARO A LA FUENTE,

QUE SE CAE Y ACABA HECHO PEDAZOS

Hoy, mientras llevaba a cabo lo que pocas veces corono (así que, en mi casa hay tanto polvo acumulado como los que no me he echado desde hace más de cuatro lustros), una limpieza a fondo, como la que culminaba a diario mi señera y señora madre, Iluminada (a la que reconozco que censuraba por ser esclava del piso, que le gustaba tener siempre reluciente, como los chorros del oro; desde donde esté, ultratumba acaso, barrunto que me objeta, sin faltarle razón, esto: ¿no haces tú, hijo mío, otro tanto con la literatura, a quien consideras tu esposa?), tras mover cajas y muebles varios, me he llevado una mayúscula sorpresa positiva, porque he encontrado algo que había extraviado, pero desconocía dónde lo había perdido, un bolígrafo que me regalaron quienes fungieron de papanoeles o mamanoeles una Nochebuena en Cascante (desde que falleció mi progenitora, suelo celebrar dicha cena en la grata compañía de mi hermana María del Pilar, “la Nena”, mi cuñado Jesús, mis sobrinos Alba y Adrián y más deudos de Jesús —nos lo solemos pasar estupendamente—), que me hizo mucha ilusión, porque podía leerse, grabado en el lateral, mi gracia de pila, Ángel.

Bueno, pues, esa circunstancia concreta, mutatis mutandis, como tres cuartos de lo propio hizo la magdalena de Marcel Proust, me ha llevado a rememorar otras, ya que he recordado a José Luis, mi mejor amigo y compañero en los camilos, durante nuestra estancia en Navarrete (La Rioja), tristemente finado, que fue la persona que me regaló otro de ese tipo, el primer bolígrafo en el que cabía leer mi nombre y tomé entonces como el prístino objeto valioso del que me sentí exclusivo propietario.

Como dormíamos en la misma litera, él en el catre de arriba y yo en el de abajo, o viceversa, he vuelto a rememorar un sinfín de gestos peculiares suyos, que, quien viva y conviviera con nosotros otrora, durante aquellas circunstancias espaciotemporales, hace casi medio siglo, si no ha sido cazado por algún zarpazo del alzhéimer, aún recordará también con fidelidad. No he olvidado cuánto cariño (exento de un ápice o pizca de sexualidad) había en el contacto de nuestras manos antes de darnos las buenas noches y tratar de conciliar el sueño.

He regresado sin dificultad a nuestra primera clase en el seminario menor, en concreto, a la de Sexto de la Educación General Básica, EGB, o sea, a sentarme en el asiento correspondiente al último pupitre de la fila de la izquierda, tomando como punto de referencia la perspectiva del docente. José Luis ocupaba el penúltimo asiento, es decir, el anterior de la fila central, a mi izquierda. Cuánto le ponía de los nervios el corro que nos hacía componer el profesor de latín, Daniel Puerto, y conformábamos en derredor suyo, que computaba o medía los tres segundos, que concedía o daba a cada discente para que pudiera contestar a la pregunta por él formulada, con la ayuda de una varita de fresco (o ramita de otro árbol); y, en cierta ocasión, José Luis, que se atascaba y hasta tartamudeaba, imaginó que era la manecilla del segundero de un reloj y se la agarró para pararla y que dejara de contar dicho segundo. Luego, como me constó, le pidió perdón a Puerto, el profesor de latín que más y mejor me enseñó latín, y del que más aprendí. En la segunda clase, ya había asimilado la oración del Ave María en dicha lengua.

He recordado cómo jugaba en el frontón (había dos, pero desconozco el motivo por el que apenas usáramos el de atrás, el más cercano a la antigua piscina); cómo corríamos luciendo aquellas camisetas rojas, de ratones colorados, en las que cabía leer en la parte ventral “PP Camilos”, los domingos, en varios lugares, en pruebas de cross, o a campo traviesa, en categoría de cadete.

He rememorado la última vez que nos juntamos en Soria, en la que Martínez Ruiz, sobrino de Jesús María Ruiz, otro navarro de pro, que jugó en nuestro equipo la final del torneo de San José, cuando estudiábamos Octavo, contra el formado por Carceller y Santaolalla, entre otros, se la ganamos (recuerdo que metí un gol de falta directa por toda la escuadra izquierda del portero); y él me dio una fotografía de aquel triunfo o me la hizo llegar por correo electrónico.

Recuerdo, asimismo, que compartía con él las galletas de barquillo de nata que les sisaba por la mañana, antes de empezar a hacer los oficios, a nuestros benditos educadores en la sala de profesores, pues me gustaba correr un riesgo calculado, controlado, pero tantas veces fue el cántaro a la fuente, que se cayó y quedó hecho mil pedazos (aunque logré recomponerlo pronto, asumiendo la culpa, reconociendo los hechos; por cierto, que ese vocablo, pedazos, siempre que lo he expresado me ha resultado cacofónico y/o hasta me atufaba o hedía); y, si no me cree el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, que le pregunte a quien haya acudido una o varias veces al pequeño camposanto de Ázqueta, a tributarle el merecido homenaje que se merece, por su comportamiento intachable, un santo varón, Pedro María Piérola García.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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