EN ESTE MUNDO LA QUE ESPUTA ESPUTA
Reconozco que nunca me han gustado los exámenes relámpago o sorpresa. Puede que el peor de todos ellos fuera el primero, el que inauguró la serie, el que nos puso otrora, inesperadamente, en el seminario menor de Algaso, fray Ejemplo. Su hora lectiva de lengua y literatura era la segunda de la mañana, porque la inicial le correspondía a la materia de física y química, que nos impartía fray Lamberto, nombre que, velis nolis, siempre que lo escuchaba me llevaba a rememorar, indefectiblemente, un dicho proverbial de mi padre, Eusebio, cuando, tras cenar, siendo mis hermanos menores y yo unos críos, nos llevaba, uno tras otro, a horcajadas, sobre sus hombros, a la cama, para que no pisáramos el suelo del pasillo, que nuestra madre, Iluminada, ese día había encerado y, de esa guisa, no nos resbaláramos ni, por ende, tampoco nos descalabráramos: “Y ahora —tras acostarnos, nos decía— a dormir como san Mamerto, con la boca cerrada y el culo abierto”. Supongo que lo que nos quería dar a entender es que en la cama estaba permitido peerse, pero no hablar. Esta idea de guardar silencio en el catre pronto se vio reforzada por otra, pues en el seminario algasiano, donde, si no eras ciego, podías ver, nada más acceder al dormitorio común, en la pared que quedaba enfrente de la puerta de entrada (y salida), un cartel que contenía un mensaje que decía algo parecido a esto: “El sueño es sagrado; no ejerzas de ladrón; no se lo arrebates a tus compañeros”.
Aquella mañana entró en el aula fray Ejemplo y, tras darnos los buenos días de rigor, nos dijo: “No hace falta que guardéis los materiales (se refería a los libros y las libretas de los apuntes) dentro del pupitre (este se levantaba por la parte que quedaba a la altura de nuestra apófisis xifoides y, dentro de él, había amplitud o espacio suficiente para guardar, de sobra, el doble de nuestros materiales; menester que os imponía antes de realizar un examen normal) en esta ocasión”. Y prosiguió así: “Hoy vais a culminar un ejercicio de creación literaria improvisada” (nos adujo, contradictoriamente, ya que a él le gustaba proferir que “la mejor repentización es la convenientemente ensayada”). Y continuó, de este modo: “Durante la primera media hora, tenéis que escribir, en menos de quince líneas (él era un defensor a ultranza del adagio 105 del ‘Oráculo manual y arte de prudencia’, de Baltasar Gracián), lo que os sugieran las siete palabras que siguen, que serán el título del texto y las últimas palabras de vuestras urdiduras: ‘En este mundo la que esputa esputa’. Adelante (pero aún agregó esta apostilla o chorretada, como propina). Hoy, excepcionalmente, puede haber más de un diez; eso dependerá de vosotros y vuestros textos (y es que, regularmente, él solo ponía un diez en su clase al mejor; como cada maestrillo tenía su librillo, o sus manías, o sus hábitos, había otro docente que no ponía nunca la nota máxima a nadie, ni siquiera a sí mismo, lo que, como tenía su coherencia, no me parecía mal)”.
Recuerdo que raudos, como el mismo rayo, levantaron la mano dos compañeros y alcé mi diestra yo para preguntar (en mi caso, ignoro el motivo de ellos, si había escrito, de manera correcta, las palabras del rótulo, pero no nos permitió formular o plantear nuestras interrogaciones, urgiéndonos a que no malgastáramos un segundo de los treinta minutos tasados. En los siguientes, él había previsto que los aprovecháramos para leer nuestros textos en voz alta, como llevamos a cabo y así aconteció.
Reparé en que, como podía haber varias versiones del título, puse, una detrás de otra, las cuatro que para mí eran evidentes: “En este mundo la que es puta esputa”, “En este mundo la que esputa es puta”, “En este mundo la que es puta es puta” y “En este mundo la que esputa esputa”. Y escribí, a continuación, poco más o menos, estas breves líneas:
“Como desconozco cuál de las cuatro versiones tenía en la mente fray Ejemplo (aunque no descarto la posibilidad de que tuviera el póquer de ellas y nos quisiera dejar per istam), cuando nos ha brindado las siete palabras del rótulo, con las que debíamos concluir, asimismo, nuestras respectivas piezas, me decanto u opto por la cuarta y última señalada: ‘En este mundo la que esputa esputa’, porque, aunque esta sea el mero modelo, espejo o muestra de una obviedad o perogrullada, las otras tres las he reputado peyorativas y hasta denigrantes, por el tufo machista que despedían, por la vaharada misógina que exhalaban. Así que, sean más o menos verdes, los llames gargajos o lapos, en este mundo la que esputa esputa”.
Si no marro, aquel día fray Ejemplo puso tres dieces, tres. Como allí, en el seminario menor de Algaso, aprendí a no jactarme de mis éxitos, fueran estos parciales o totales, dejo en el tintero si una de esas notas máximas la merecí, según el ponderado criterio de fray Ejemplo, o no.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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