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Ayer me enamoré en la biblioteca…

Ángel Sáez García 15 Nov 2025 - 14:00 CET
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AYER ME ENAMORÉ EN LA BIBLIOTECA

DE UNA MUJER CON PRENDAS CELESTIALES

AUNQUE LA ESCRUTÉ BIEN, NO LE VI SUS ALAS

“La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”.

Rudyard Kipling

Ayer me enamoré en la biblioteca de una mujer con prendas celestiales. Pero de esa certeza hoy soy consciente, cuando he rememorado íntegro el hecho.

Ayer, por la mañana, cuando este menda pasaba a ordenador cuanto había escrito a mano la tarde de la víspera en su casa, con la inestimable ayuda de sus habituales BIC azul y medias cuartillas gualdas, en una computadora de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, uno de sus usuarios asiduos, de provecta edad (que usa bastón, pero colijo que puede caminar distancias cortas sin su concurso; eso he deducido al menos, porque, como acostumbra a dejárselo olvidado, suele regresar al susodicho recinto del saber a por él), lector ordinario de periódicos, llamémosle Ricardo, aunque su verdadero nombre de pila sea otro, me preguntó si me constaba que alguien hubiera entregado a Teresa, la bibliotecaria que había abierto ese día la mencionada arriba, unos guantes que él había perdido. En plata, a la pata la llana, dijo que no sabía dónde los había dejado. Así que, cuando los echó en falta, decidió lo oportuno, hacer el recorrido inverso al que había seguido, para ver si alguien los había encontrado. Teresa no sabía nada de sus guantes.

Como servidor suele bajar varias veces por las mañanas al váter, poco más o menos cada hora y media, a efectuar la micción, porque toma un diurético para rebajar su tensión arterial (la baja o diastólica suele tenerla alta), se percató de que en uno de los baños estaban los guantes negros de Ricardo y se los entregó a Teresa para que se los diera a su dueño.

A otro de los usuarios, llamémosle Juan Miguel, aunque las gracias que formen su nombre compuesto sean otras, le comenté que, si volvía Ricardo, con quien él acostumbra a echar alguna parrafada, que le dijera que se habían hallado sus guantes y podía pedírselos a Teresa, que era quien los tenía.

De todo lo ocurrido, aunque se tiende a guardar riguroso silencio en la biblioteca susodicha, tuvo conocimiento también una mujer, que ocupaba uno de los asientos de la primera fila de la sala de adultos, cuyo nombre desconozco, pero pongamos que se llamaba Angelines, que, según mi criterio, aunque acepto objeciones siempre que estas se razonen, le cuadra o encaja como anillo al dedo anular.

Como este menda está pendiente de recibir una citación médica del especialista (ella, él o no binario) de maxilofacial, que es el que tiene que erradicarle un lipoma o tumor adiposo (he imaginado hoy, no ayer, cuando acaeció el hecho, que le preguntaba, a bote pronto, sin ponerle anestesia, con un ápice o pizca de gracia, o, mejor, de “grasia”, si era ella la que le iba a extirpar el “colgajo”; así lo llama, unas veces, de manera cariñosa; otras, hasta el hartazgo —porque todo quisque le dice que tiene que quitárselo, que debe borrarlo del mapa de esa parte de su cuerpo que queda entre la barbilla y el cuello, ya que no es un pavo ni está de la edad del tal—, al quiste de grasa), cuando volvió del aseo y vio que ella tenía un par de libros de anatomía abiertos por la zona mentada, la papada, entre los límites citados, si se trataba de la susodicha especialista. Pero ayer no se atrevió. Hoy solo ha fantaseado con ello.

Sin embargo, ella comentó algo que facilitó que me enamorara de ella, que había pensado en pedirle (ergo, en puridad, no me arrobaron ni su agraciada cara ni sus perfectas proporciones, sino que me embelesó su intención o propósito) el número de teléfono de su móvil para llamarlo, en el supuesto de que los guantes aparecieran, para comunicarle la buena nueva del hallazgo.

Bueno, pues, aunque parezca mentira, rememorar dicha anécdota un día después de haber sucedido, ha propiciado que el abajo firmante de estos renglones torcidos haya tenido plena conciencia de haberse enamorado o haber quedado prendado (y prendida su alma de la) de quien le iba a extraer el lipoma, no es broma, porque tenía todas las trazas de ser la especialista en maxilofacial, cuya cita médica esperaba que arribara al buzón de su casa como agua de mayo.

Nota bene

Imagine el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) que le hubiera formulado ayer la pregunta a Angelines y que ella hubiera respondido que era la mencionada especialista en maxilofacial, ¿quién se atrevería a aseverar que la intuición de un hombre no puede ser más exacta que la certeza de una mujer, poniendo en tela de juicio, por ende, lo contrario, que fue el adagio, presuntamente aún en vigor, que adujo el Premio Nobel de Literatura de 1907 Rudyard Kipling?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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