CON TESELAS COMPONGO MIS MOSAICOS
Si una obra literaria fuera alguien y no algo, una persona o sujeto y no un objeto, estoy plenamente convencido de que toda obra literaria que se preciara de serlo reconocería al instante, sin ambages ni requilorios, lo que considero una obviedad, una verdad de Perogrullo, que semeja un mosaico. Así las cosas, la labor primordial de un literato se reduciría, por tanto, a elegir las teselas apropiadas, certeras, y encajarlas sabiamente, a fin de conformar con ellas dicho mosaico. Y, de este modo, concluir la obra, ya que, como se expresa en latín, finis coronat opus, esto es, el fin corona la obra. Aunque no faltará quien, habiéndose quedado con ganas, añada a los tres vocablos precedentes otros tres más, estos, faciant meliora potentes, o sea, que hagan mejores cosas quienes puedan.
Hogaño, cuatro o cinco días antes de la festividad de Todos los Santos, cuando este menda acababa de introducir la llave en la cerradura (que, ciertamente, haciendo caso y honor a la segunda mitad de dicho vocablo, va dura, y cuesta dar el medio giro y abrir) de la puerta del portal del edificio en uno de cuyos pisos resido, mi amiga Yolanda Herreros se hizo notar a mis espaldas, cuando transitaba por la calle inmediata y me comunicó la buena nueva de que ya tenía en su casa, esperándome, la agenda del año que viene, 2026. El susodicho memorándum, que lleva la marca o el sello de la empresa para la que trabaja mi amigo Fernando Araujo, esposo de Yoly, UVESA, no lo uso para anotar las cosas que he de hacer, que ese es, poco más o menos, el significado de dicha voz en latín, sino para escribir las primeras versiones de mis sonetos, que son susceptibles de ser mejorados cuando los paso a ordenador (seguramente, quien tenga la oportunidad de conocer la versión prístina, provisional, y la definitiva, final, puede que opine que lo que hizo servidor con algunos de ellos fue lo contrario, empeorarlos; y debo decir amén o aceptar, de buen grado, que ese sea su criterio, siempre que lo argumente, porque sobre gustos no hay nada escrito, aunque con ello se quiera dar a entender lo opuesto, que se han escrito toneladas de galeradas).
El pasado viernes 31 de octubre, víspera del primero de noviembre, acudí al cementerio tudelano, porque había quedado allí con mi hermana, “la Nena” (que se llama María Pilar —pero a mí, cuando menciono su compuesta gracia de pila bautismal en alguno de mis textos, como me gusta chincharle, me brota agregar, en medio de los dos nombres, la contracción “del”, porque me consta que eso le molesta sobremanera—), que bajaba desde Cascante, donde vive, un centro y otro ramo de flores secas y acaso de tela para el búcaro, y le ayudé a limpiar el nicho, en cuyo interior se hallan las cenizas o restos de nuestros deudos difuntos, y sus aledaños. A la vuelta, como tenía previsto pasar por el portal donde viven Yolanda y Fernando, les llamé por teléfono para ver si estaban en casa y, si eso era cierto, que me bajaran al portal la agenda, si no tenían inconveniente. Fernando se encargó de ese menester y de entregármela, y yo de darle las gracias por insistir en el gesto.
La primera vez que me presenté a las oposiciones de profesor de lengua y literatura española de formación profesional (para las que no era requisito imprescindible tener el Certificado de Aptitud Pedagógica, CAP) fue en Madrid, en concreto, en un instituto del barrio de san Blas. Tras realizar el primer examen, cometí uno de los mayores errores de mi vida, porque, además de que me salieron bien los dos ejercicios, no me quedé a leerlos ante los miembros del tribunal, porque, desde Pamplona, me urgía Ángel, el dueño del “Convoy”, bar donde había trabajado los tres o cuatro años anteriores, durante las fiestas de san Fermín, para que le dijera si iba o no, porque, si no acudía yo, tenía que buscarme un sustituto. Apremiado por la falta de pasta, mal habitual en mí, le dije a mi tocayo que iría, y fui a Pamplona, incurriendo en una incongruencia que todavía hoy me achaco y/o echo en cara (como lo propio me ocurre con otros fallos morrocotudos que he coleccionado; qué se le va a hacer, cada uno es como es), sin leer mis escritos sobre “La celestina”, de Fernando de Rojas, y el comentario de texto que hice sobre un poema de Claudio Rodríguez, si no marro, que hablaba de la inspiración poética o estro. Ergo, marché a la capital del viejo reino de Navarra a ganarme el pan con el sudor de mi frente (y demás partes de mi anatomía), donde entonces la locura comportamental, durante esos nueve días de juerga desenfrenada, aún tenía bula, un pase, o no era mal vista del todo.
Fernando Araujo contribuyó decisivamente a que servidor se hubiera presentado a dicho examen, porque, de manera generosa, me ofreció su piso, que le pagaba su empresa, para que pudiera estudiar las dos o tres últimas semanas previas al comienzo del proceso selectivo. Como sus padres, Carmen y Fernando, QEPD, eran íntimos amigos de los míos, Iluminada y Eusebio, RIP, hablaron entre ellos, y los suyos, como Fernando vivía solo, pues aún estaba soltero, le persuadieron, para que me cediera una habitación. Como contraprestación, yo me encargaría de ir a comprar y hacer las comidas y las cenas. Como los dos nos beneficiábamos de la relación simbiótica, aceptamos de buena gana, y quedamos agradecidos. Yo más, por supuesto.
Aunque para muestra basta con exhibir en el mostrador de una mercería un solo botón, a fin de tener seguridad bastante, de sobra, y comprobar cuánto tiempo me costaba desplazarme desde Alcobendas al barrio de san Blas (recuerdo que tenía que tomar un bus y dos líneas de metro), los dos lunes previos a la prueba, lunes, asimismo, constaté cuánto tiempo invertía en dicho menester o trayecto. Bueno, pues, reconozco que los tres días señalados, en una estación de una de las dos líneas de metro (hoy no rememoro con exactitud o fidelidad cuál fue), al tercer vagón del convoy, en el que las tres jornadas, a una hora parecida de la mañana, iba sentado el abajo firmante, accedió una fémina adulta, que llevaba ajustada una camiseta roja o granate, en la que, sí o sí, por narices, salvo que fueras ciego, claro, tenías que fijarte, porque era un pibón (“persona muy atractiva”; así define el Diccionario de la lengua española, DLE, la entrada, pero ¡ojo al dato!, no existe en el mentado la variante femenina, pibona —y lo mismo ocurre con la voz coñón, pero no acaece ni con burlón-a ni con zumbón-a—; ¡para que luego digan algunos que el lenguaje no es sexista, ni mucho menos machista!).
Como colofón, añado que esta noche, mientras me hallaba durmiendo, a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, he soñado, tres décadas y media después de cuanto he contado, que quedé arrobado, prendado de aquella mujer de rojo, que he vuelto a hacer el mismo trayecto, y hoy sí le he dicho a Mercedes, tras presentarnos, que sabía que era ella, por su sonrisa y su mirada, arrebatadora, la primera; y embelesadora, la segunda. Y le he entregado un folio doblado donde podía leerse el soneto que había escrito para ella. La repanocha ha sucedido cuando ella ha metido su diestra en su bolso y ha sacado otro folio, que contenía ídem, y me lo ha entregado. El suyo se titula así: “¿Sabes a san Tadeo qué le impetro? / Que en tus alas me lleves a la cumbre”. Y el mío, de esta guisa: “Captar cada mañana cómo accedes / al metro asaz hace gozar, Mercedes”.
Nota bene
A veces, las urdiduras no resultan como uno las proyectó al principio. La primera idea que tuve del presente texto fue contar cuanto he contado aquí, pero bajo un rótulo distinto, este: “¿En una ficción caben dos sonetos?”. Intentaré que los mencionados aparezcan publicados en mi bitácora de Periodista Digital la misma semana en la que vea la luz esta pieza literaria en prosa.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home