CONVIENE QUE ARGUMENTES BIEN TU JUICIO
DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
“Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Solo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea”.
Antonio Machado, en “Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo”, 1936.
Como de bien nacido es ser agradecido, frase de uso común en la actualidad entre quienes tienen por norte y como reto comportarse de manera honesta, pero de rancio abolengo, pues cabe leerla en “Áyax”, la que se cree que es la tragedia más antigua de Sófocles, de las siete que han llegado completas hasta nosotros, puesta en boca de Tecmesa (que le dice a Áyax esto: “Justo es que el hombre agradezca el buen trato que ha recibido, porque el agradecimiento es siempre el que engendra agradecimiento. Quien se olvida del bien que se le ha hecho, no es posible que sea nunca un hombre bien nacido”), esposa del mencionado héroe griego de la guerra de Troya, que acaba suicidándose, lanzándose sobre la espada que le había regalado su oponente y enemigo Héctor, por no haber recibido el preciado trofeo al que aspiraba, la armadura de Aquiles, de la que él se había hecho digno acreedor, pero acabó en posesión de Odiseo/Ulises, antes que coronar otras acciones secundarias, por ser esta prioritaria, debo dar mis gracias sentidas y sinceras a Máriam Martínez-Bascuñán, porque me siento en deuda con ella, ya que leer la tribuna que trenzó y firmó y apareció publicada en las páginas 1, 2 y 3 del suplemento IDEAS, de EL PAÍS, del pasado domingo 23 de noviembre de 2025, titulada “Hannah Arendt, el antídoto contra los hechos alternativos” (recomiendo, con especial encarecimiento, al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario de estos renglones torcidos que la lea de cabo a rabo; intuyo que me lo agradecerá), propició que me brotara en la mente la idea que cacé al vuelo o pesqué sin anzuelo, nada más desprenderse de mi cacumen. Así que, me vi empujado por ella (la idea) a empuñar mi herramienta favorita, la apropiada y preferida, el BIC azul, para que quedara fijada en los párrafos que aparecen en las medias cuartillas gualdas que los contienen.
Está claro, cristalino, que, para poder juzgar a alguien o algo con criterio propio, uno debe conocer con antelación el comportamiento de esa persona, grupo o conjunto de sujetos que conforman ese coro humano, y/o los hechos realizados, de manera fehaciente por ellos (sean estos excelsos, o sea, óptimos, o ínfimos, esto es, pésimos, que se le/s achacan), y el fondo y la forma de ese objeto. Si uno opina y/o juzga sobre lo que ignora (actividad a la que son cada día más aficionados los seres humanos), no está haciendo lo justo, ni a eso cabe llamarlo juicio, sino que ha optado por propagar o propalar un prejuicio. ¿Tendrá el susodicho alguna validez? Para mí, ninguna, pues carece de ella, al faltarle razón de ser. ¡Cuánto ganaría quien todavía lleva o porta esos prejuicios prendidos del jersey que viste, si procediera a hacer lo precipuo o principal en estos casos, cepillárselos, ya que los acarrea consigo, como si fueran las migas de pan que se han desprendido del corrusco con el que ha acompañado la ingesta de las viandas de su desayuno, almuerzo, comida, merienda o cena!
Quien ose juzgar a alguien o algo ha de comenzar a hacer esa tarea con fundamento, es decir, cumplir este requisito imprescindible o condición sine qua non, tiene que iniciar esa labor teniendo su pizarra limpia, tabula rasa, y deberá dividirla en dos mitades e ir apuntando en el espacio de la derecha los pros y en el de la izquierda los contras (o, a la inversa, que no tengo prejuicios al respecto). Luego deberá ponderar y ver cuánto pesa cada uno de esos apuntes. Salvo que una persona sea, amén de una pérfida redomada, perversa, el Dios cristiano, en el que creí otrora a pies juntillas, nunca condenaría a nadie, porque bastaría con que hubiera anotado en su haber un solo hecho bueno realizado para que el Ser Supremo le concediera tanto peso específico que vencería incluso el peso de un acervo o montón de acciones negativas.
Y es que, como toda regla tiene su excepción (pondré una rápido; hoy el cierzo en Tudela parecía que cortaba la cara; y, como mis amigos Maribel y Vicente me han dicho que el frío era bueno para el cutis, yo les he objetado que menos para el del cuto, cuya careta será pronto asada al horno), hay principios de los que uno no puede desprenderse, por la sencilla razón de que, además de que son una bendición, lo dejarían a uno desnudo y a la intemperie. A mí, por ejemplo, me encanta acarrear la frase que encabeza estas líneas, de Antonio Machado, y la del mejor filósofo español (acepto discrepancias, puesto que no soy un dogmático, siempre que eso se razone) del pasado siglo XX, José Ortega y Gasset, que dice así (aparece apuntada en “Meditaciones del Quijote”, 1914): “Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
Así que, cuando me autoimpongo o piden que juzgue, si no me brota en el caletre o pesquis culminar la alabanza o el encomio de un semejante, intento ver su parte positiva, que la tiene (si la buscas, siempre la encuentras), aunque la obra que firma y yo valoro sea manifiestamente mejorable.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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