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Un tenaz dubitante que acarrea…

Ángel Sáez García 18 Dic 2025 - 06:00 CET
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UN TENAZ DUBITANTE QUE ACARREA

LA CERTEZA DE HABER DUDADO MUCHO

Como, al final de todo análisis crítico o reflexión concienzuda que hagamos, nuestro criterio sobre la realidad que vivimos dependerá, en última instancia, de la calidad y la cantidad de certezas y dudas que cada quien acarrea consigo en determinado cronotopo (tiempo y espacio), en las épocas en las que la confusión y la convulsión abundan y nos vemos arrastrados por los acontecimientos, a merced de los elementos (ya que uno puede caer en Escila evitando hacerlo en Caribdis), zarandeados por las circunstancias y el remolino o vórtice y el vértigo de los cambios, más o menos bruscos, que, como buenos estoicos, soportamos, hay quienes buscan amparo, cobijo o refugio en tiempos (y lugares) pretéritos, cuando se sentían  más seguros, o dueños de su peregrinaje, que ahora. Sin embargo, si los diseccionaran, como procede hacer, comprobarían que en ellos también reinaban los claros y las nubes oscuras, los desconciertos, los desasosiegos y la ambigüedad, como siempre ocurrió, pasa y sucederá, en la antigüedad, la actualidad y el porvenir.

El pasado solo era mejor que el presente porque entonces nuestros achaques eran muchos menos de los que tenemos hoy; porque éramos más jóvenes y teníamos, por tanto, más vida por delante (que por detrás), o sea, más errores que cometer. Ahora, metidos de lleno en los sesenta, todo parece que se siente más, pero, como estamos más cerca del ocaso que del orto o la alborada, el cuerpo nos va diciendo que todo exceso se paga con creces, y que más nos conviene o vale el defecto que la ingesta indiscriminada de lo que sea (salvo el buen veneno, y quienes quieran discernir que entiendan la metáfora).

Reconozco, sin ambages ni requilorios, que, últimamente, como no podía comerme lo que me apetecía, me zampaba el sustitutivo, sí, el chocolate, que todo quisque considera el mejor sucedáneo del amor que hay en el mercado. Hubo algún día que cayó la tableta entera (de negro) y sufrí un empacho. Hoy, aprendida la lección, ya no caigo en idéntico error. Eso no quiere decir que ya no yerre, sino que lo asimilado permanece latente, en vigor, y uno procura no incurrir en los fallos conocidos, esto es, tropezar en las mismas piedras. Esto lo logró advertir y verter con suma ironía François de La Rochefoucauld, cuando vino a decir y dejar escrito en letras de molde esto, que “a los viejos les gusta dar buenos consejos para consolarse de no poder dar malos ejemplos”.

Solemos tener la sensación indócil, y la manifestamos así, de que antes teníamos menos problemas o estos eran de una índole de inferior categoría o importancia. Lo que está claro, cristalino, es que nunca faltaron. Ahora bien, como la experiencia es un grado o licenciatura y aun doctorado, madre y maestra de ciencia y conciencia, algo hemos asimilado. Acaso ahora la ventaja, a la hora de afrontar un problema, esté, estribe o radique en la actitud. Solo añadiré que otrora hizo mella en muchos de nosotros (los sesentones) ese apotegma o proverbio oriental que dice así: “Si tiene solución, ¿por qué te quejas? Si no la tiene, ¿por qué te quejas?”.

Otro tanto nos acaece con las penas. Nos hemos concienciado de que, si uno tiene amigos del alma, a quienes puede referírselas por extenso, estas se dividen conforme se las desmenuzamos. Y algo parecido, pero a la inversa, sucede con las alegrías, que, cuando se las relatamos con detalles, estas se multiplican. Eso lo aprendimos algunos de un adagio sueco, este: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”.

Immanuel Kant adujo que toda la filosofía cabía en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? (Que, por mucho que sepa, siempre sabré poco, apenas unas gotas de agua del inmenso océano; no obstante, me atrevo a saber más) ¿Qué debo hacer? (Aquello que beneficie a la comunidad y no me perjudique a mí, o el perjuicio que me depare sea escaso; aunque para dar, de verdad, me deba doler) ¿Qué cabe esperar? (Vivir y beber la cicuta cuando aparezca la que aparca, la parca) ¿Qué es el ser humano? (Un tenaz dubitante que acarrea / la certeza de haber dudado mucho)

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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