¿HUBO OLVIDO O SAGAZ ESCAMOTEO?
DIECISIETE DE ABRIL, EN “EL GRAN GATSBY”
Si hay una dedicatoria de libro regalado un día normal, el 17 de abril de 1985, que no era mi cumpleaños, no (sí el de mi prima Justina, “Justy”, y el de mi amigo Pío), que me satisfizo sobremanera leer otrora (la primera vez, pero no menos hoy, ahora) fue la de “Ficciones”, de Jorge Luis Borges. Las líneas que contiene la susodicha las escribió con sarcasmo quien me hizo el obsequio mentado, estando sentados ambos, tomando un cortado —cada uno el suyo, por supuesto— alrededor de una mesa de “El Gran Gatsby”, bar que se hallaba entonces en la zaragozana calle Sangenis, mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, que las firmó allí y dicen así: “Para quien, aun siendo pobre (no de solemnidad), es dueño de una extensa y selecta biblioteca, pues ha conseguido reunir dicho tesoro (me consta) sin proponérselo, simplemente, cumpliendo, eso sí, a rajatabla, dos requisitos imprescindibles, inexcusables, necesarios, tener muchos amigos, compañeros o conocidos y mala memoria”.
Es evidente que recordar puede ser una bendición, una condición sine qua non para sacar una excelente nota en un examen de filosofía, verbigracia; y, asimismo, una pesadilla o, peor aún, una maldición. Eso es lo que, precisamente, nos cuenta Borges en su inolvidable y, por ende, memorable narración “Funes el memorioso”, donde al personaje literario así apellidado, salido del magín del ciego bonaerense y aurífero, de nombre Ireneo, tras sufrir un accidente ecuestre, todo lo que vivió después vino a contradecir su nombre de pila, que significa paz en griego. Funes desarrolló una memoria completa, total, lo que era un infierno, porque, si se proponía recordar una jornada concreta, la que fuera, necesitaba un día entero para llevar a cabo dicho quehacer o menester.
Está claro, cristalino, que nuestro cerebro está programado para olvidar (sobre todo, lo accesorio, prescindible o secundario). Pero hay cierta información que, tal vez, por considerarla importante, precipua o principal, viaja con nosotros desde la adolescencia con una fidelidad pasmosa. El abajo firmante de estos renglones torcidos recuerda, por ejemplo, las reglas de ortografía, no canónicas, que se sacó de su caletre Pedro María Piérola García, sacerdote camilo. Y rememoro el día (ocurrió por la tarde, durante una larga conversación telefónica) que supe una verdad ignorada hasta entonces, que mi comunicante Jesús Arteaga Romero no era el artífice de las mismas, sino su amigo y colega (ambos fueron profesores míos en el seminario menor navarretano) azquetano, Piérola (cuya tumba tuve la suerte de visitar y honrar, como se merecía, con sumo cariño, parecido al que él derrochó con nosotros, en compañía de Pío y su esposa Diana). Yo se las había adjudicado siempre a Arteaga, pero fue Jesús quien me sacó de mi error. Me dijo aquel día algo que me molestó, que para él carecían de valor. Disentí y le argumenté que me habían sido y eran útiles y, por ese motivo, las recordaba; así que, si él ahora las despreciaba, allá él con su nuevo criterio, pues nos las hizo aprender de memoria, porque a mí me habían servido, servían y, seguramente, me servirían en el futuro; y, por esa razón, este menda las ensalzaba o ponderaba.
Bueno, pues, los tres parágrafos que preceden vienen a cuento de cuanto me llamó la atención el pasado domingo 11 de enero de 2026, cuando leí, en las páginas 28 y 29 de EL PAÍS, la crónica titulada “Vuelve la política”, que firma Carlos E. Cué, en la que el atento y desocupado lector de esta urdidura o “urdiblanda”, si compró o accedió a pasar su vista por el Periódico Global, pudo leer lo mismo que yo, varios textos entrecomillados, supuestamente declarados por varios ministros, pero no sabemos cuáles, quiénes. ¿Hubo olvido o sagaz escamoteo?
Como, en el caso de ser un personaje real, no ficticio, y de estar presente, fray Ejemplo me pediría con su proverbial encarecimiento que le pusiera encima del mostrador de la mercería un botón de muestra, ahí va (pero hay, si no he contado mal, cinco, sin mencionar al miembro del Gobierno o ministro en cuestión): “Todos los miembros del Ejecutivo consultados que hablan habitualmente con Sánchez descartan absolutamente que esté pensando en un adelanto electoral para hacer coincidir las generales con las andaluzas. ‘No tiene ningún sentido. Adelantar las elecciones es entregarse, es un armisticio. Es regalar la victoria a Feijóo. Y no lo vamos a hacer. Si quiere La Moncloa, tendrá que ganársela. Sánchez no se va a rendir, va a terminar y va a ofrecer una gestión con números muy buenos y ahí dará la pelea en las elecciones de 2027’, resume un ministro”. Ignoramos cuál o quién.
De los cinco textos entrecomillados, no conocemos qué ministro le dijo lo que aparece vertido en la crónica de Carlos E. Cué. No creo que los cinco, de mancomún, le adujeran la misma razón de peso al periodista, que mantuviera sus respectivas personalidades en el anonimato. ¿Qué dice el Libro de Estilo de EL PAÍS al respecto?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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