DE LAS VEINTISÉIS NOVIAS QUE HE TENIDO.
DE CUANDO EN CUANDO, SUEÑO CON PILAR
De las veintiséis novias que he tenido (denomino de esa guisa a las féminas que he amado o querido sin que tuviera servidor un vínculo de consanguinidad con ellas, fueran adolescentes —otrora, como yo, por supuesto—, solteras, casadas —con una relación especial con sus esposos, pues, tras diez años o más de matrimonio, habían notado estos que les flipaban los varones y detestaban hacer el amor con las madres de sus hijos, porque ahora eso les resultaba estomagante, vomitivo— o viudas), de cuando en cuando, sueño con Pilar.
El último episodio onírico que he compartido con ella lo recuerdo con absoluta fidelidad, porque ha sucedido hoy, durante la siesta corta, de apenas un cuarto de hora, que ha acaecido mientras me hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo a pierna suelta.
Había quedado con ella en Zaragoza (ahora, paulatinamente, mientras voy recordando el sueño, también lo voy interpretando y entendiendo; y es que me parece que he fundido o mezclado dos Pilares en una, o he juntado a dos Pilares que conocí en otras tantas fiestas del Pilar, también llamadas así, o sea, en sendos Pilares.
Como he dicho arriba, había quedado con la Pilar híbrida, nada confundida, a pesar de ser la mera fusión de dos, en la capital maña para charlar (eso es lo que me quedó claro, cristalino, del pacto al que habíamos llegado por medio de correo electrónico, sin haber usado el teléfono ni habernos mandado wasaps) de lo que pudo haber sido y no fue. Yo acudí a la cita con mis recuerdos, pero ella lo hizo con un tocho, una novela de más de quinientas páginas, que había escrito a partir de las diez horas escasas que duró nuestro noviazgo.
Me consta que el quinto y último año de carrera fue extraño, con numerosos días de huelga y escasos días de clase. Volví a ver a Pilar varias veces, pero, sabiendo que tenía novio formal en el pueblo, dejé que esa corriente de agua discurriera por su cauce o lecho elegido, sin que yo me interpusiera e interrumpiera el curso de ese río. Y no sé por qué ahora me río, de veras, pero noto que estoy sonriendo; al menos, me sonrío mientras lo escribo.
En uno de los últimos correos que envié a Pilar le decía en qué hotel me hospedaría y ella contrató otra habitación sencilla o simple en el mismo, para poder darle a la mui o sinhueso más tiempo. Ciertamente hablamos, pero no pensé que íbamos a besarnos tanto. Yo me puse hasta las botas. Le besé con los míos, primero, sus labios horizontales, y luego, los verticales. Pero corto aquí el discurso sicalíptico, porque advierto que me estoy adelantando a los hechos.
Le he explicado parte de las operaciones de cirugía de las que había sido objeto, debido a los dos cánceres incipientes que me habían diagnosticado y tenido que extirpar, y ella me ha empezado a poner cara de incrédula. Le he retrucado que, si me leía asiduamente, sabía, grosso modo, de mi situación actual, que llevaba sin conocer fémina desde hace la friolera de más de cinco lustros. Creo que solo había ideado la manera de quedar conmigo para oír mi criterio o parecer, porque había escuchado a otras excompañeras de facultad lo que acaso este menda había escrito en un par de textos en prosa sobre nuestra brevísima relación personal y quería verificar qué había de cierto y verdad en todo ello.
Su propósito era volver a disculparse, porque era consciente de que antaño pudo hacerme mucho daño. Para lograr calmar su conciencia, había escrito los más de quinientos folios. Y quería que los leyera. Y, si me gustaba, me la regalaba, para que la publicara como si fuera de mi cosecha.
Cuando ella ha entrado al baño para hacer un pis, se me ha encendido la bombilla y he recordado qué había comprado en la confitería que quedaba en la acera de enfrente del hotel, he extraído el revólver de la bolsa y lo he empuñado. Pensaba que pesaría más (debía estar hueco por dentro). Cuando Pilar ha salido, la he encañonado con él y le he preguntado por qué se había puesto los pantalones. Le he mandado que se desnudara y que se pusiera a cuatro patas sobre la cama, porque estaba muy excitado y le iba a penetrar.
Cuando he acabado de entrar y salir de su encharcada gruta con mi dedo sin uña, habiendo terminado la faena, que, por carecer de público, se ha quedado sin ovación, en silencio, tras haber llegado servidor al orgasmo, le he acercado el cañón de mi revólver a su boca y le he solicitado que le diera un mordisco. Lo ha hecho y me ha comentado: ¡Mmm! ¡Qué bueno! Es de chocolate negro.
Nota bene
Cuando he despertado, aún no había empezado a leer la novela. Así que habrá que esperar. Puede que el sueño continúe donde ha terminado este, en un nuevo y próximo episodio onírico que tenga durante otro rato de siesta.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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