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No calles, si el quid sabes de las calles

Ángel Sáez García 06 Mar 2026 - 14:00 CET
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NO CALLES, SI EL QUID SABES DE LAS CALLES

No siempre, pero en numerosas ocasiones, después de la tertulia de los viernes del casino “La Fuerza”, de Algaso, que termina, indefectiblemente, velis nolis, a las diez de la noche, algunos de sus contertulios y oyentes suelen acudir arracimados a cenar al restaurante “El Onubense”, que regenta su propietario, Joaquín, que nació en Huelva, como eso dice el rótulo de su establecimiento (que no miento), en la capital de la citada provincia andaluza, pero, tras un largo periplo europeo, dicho inmigrante nómada recaló en el norte peninsular, donde se estableció y abrió el mencionado negocio. No acostumbran a ser más de veinte comensales (que, aunque comen, en este caso cenan, no comen sales, como parece colegirse o deducirse que pretende dar a entender dicho vocablo, no; se lo tuve que explicar un día a un extranjero, que no lo entendía; ignoro si, a la postre, tras mucho insistir, logré persuadirlo con la surtida batería de razones de la que eché mano y le aduje).

Por dieciséis euros, puedes elegir entre cuatro primeros (Emilio González, “Metomentodo”, me ha confesado, más de una vez, que, siempre que acude y hay sopa de pescado, sea invierno o verano, la pide, porque le sale al cocinero excelente, de rechupete), cuatro segundos y postre (incluidos agua, o vino con gaseosa, o caña de cerveza, y pan). Hay quien acude a dicho local por el postre casero que hace su esposa, Teresa, unas natillas con galleta maría, que puedes degustar y seguir degustando hasta que deviene el desastre, que dejas de hacer tal cosa y tus papilas gustativas olvidan tan grato sabor).

El viernes pasado nos juntamos menos de los habituales, y ocupamos una mesa de diez (conformada por cuatro, dispuestas a lo largo, una detrás de otra). A Metomentodo, que es el primer tertuliano suplente, le gusta acudir y, como al asiduo se le permite ir acompañado de amigo o pareja, me invitó en esta oportunidad a mí, que acepté, gustoso, el convite. Luego pagamos el monto total del gasto común a escote (se exhiba este o no).

Nos hallábamos ya con el postre entre las manos, cuando un comensal (que, ciertamente, comía o cenaba en dicha sala o salón, sí, su comedor, donde podían haber cenado más, muchas más personas, cuatro veces más) formuló la pregunta de si alguien sabía por qué se le llamaba calle (de) “La Tapia” a la tal.

Servidor, aunque es partidario de callar y escuchar atentamente antes que de hablar (cuántas veces habrá proferido, a fin de disculpar su atronador silencio, este dicho célebre de Diógenes Laercio, que le sirve de escudo y tiene el defecto o la virtud de morderse la cola: “Callando, se aprende a escuchar; escuchando, se aprende a hablar; y hablando, se aprende a callar”), como conocía, de primera mano, por haberla escrito, su historia, no se la calló. Se llamaba así, aseveré, pero tendría que llamarse calle de “El Tapia”, pues ese era el apodo que le pusieron, siendo niño, a mi abuelo Leocadio García Álvarez, que vivió en dicha rúa durante muchos años. Se derribó la casa, por vieja y amenazar ruina, pero permaneció en pie (nadie supo darme una sola razón del porqué) una pared del corral, anejo a la misma, levantada con piedra. Y este muro o tapia pudo contribuir al malentendido.

A mi abuelo materno le puso una patulea de críos, amigos suyos, dicho alias un día que fue con ellos a coger caracoles al campo, y él, cuando encontró uno, debajo del tronco de un árbol, vio que tenía tapa (la baba que segrega el gasterópodo, una vez esta se seca, deviene en esa tela) y cometió un yerro, una epéntesis errónea, al comentar que tenía “tapia”, en lugar de tapa. Bueno, pues con dicho mote, le gustara más o menos, se quedó para el resto de sus días mi yayo, Leocadio, “el Tapia”.

Cuando terminé mi alocución, prorrumpió la mesa en un ruidoso y largo aplauso, que propició que se arrebolara mi rostro, según me confirmó Metomentodo, que estaba sentado a mi lado.

No creo que mi renuente “glosofobia” o miedo a hablar en público, me permita volver a tomar la palabra hasta dentro de dos o tres años, como pronto, en otra comida o cena.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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