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Fue Mona quien me acompañó en el viaje

Ángel Sáez García 19 Mar 2026 - 14:00 CET
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FUE MONA QUIEN ME ACOMPAÑÓ EN EL VIAJE

HASTA EL CASTILLO MEDIEVAL MUDÉJAR

Soy consciente de que, amén de servidor, hay alguien más que ha comprobado, de manera fehaciente, lo obvio, que ya no viajo a Rosales por la razón que aduje la primera vez, en la prístina urdidura en la que contaba el hecho, que me había quedado atascado en la narración de un relato y, a pesar del empeño que puse, de los ímprobos esfuerzos que realicé, no acerté a seguir con mi labor creativa. Ahora a ese alguien innominado y a este menda no se nos escapa lo inconcuso o evidente, que lo hago por el simple motivo de que, cuando eso llevo a cabo, hallo en dicha acción una fuente de inspiración y escribo sobre cuanto en ese viaje me acaece.

Que nuestra existencia es una sarta de cuentas o bolitas unidas por un hilo, el de la vida, una especie de rosario, ha sido una metáfora que han utilizado otros muchos autores antes de que lo haga aquí servidor, pero yo, lo reconozco sin ambages, me he visto en la obligación de echar mano de ella, ya que, sin querer queriendo, velis nolis, eso se le parece bastante a lo que me viene sucediendo a mí, cada vez que me subo al autobús que va a Rosales.

Ahora todos los lectores asiduos de Otramotro saben que la población que he dado en llamar Rosales no se denomina de verdad así, pero a todo quisque le consta que es el final de trayecto de una línea de autobús.

Hoy, como me siento especialmente generoso, les daré otra exclusiva o primicia. Trinquete tampoco es el nombre verdadero de un pueblo de ese trayecto; se llama de otra guisa, pero eso no le resta un ápice de verismo a lo que cuento que me pasa actualmente aquí.

Como se aprende mucho ensayando, probando (“yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme”, acertó a sentenciar François-Marie Arouet, “Voltaire”; luego otros le hemos ido sacando lustre a esa atinada protección, égida o escudo), ayer volví a desplazarme a Rosales para ver si me ocurría lo mismo que en los viernes anteriores y, ¿sabe el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, qué asiento ocupé? Exacto, el veintiséis. ¿Sabe con qué fémina estuve dándole un rato a la mui o sinhueso? No; eso ni se lo imagina. Con Mona, que es la madre de Toñi, la amiga de Nieves. Venía de Zaragoza, donde ha estado dos días cuidando de su hija, que ya está fuera de peligro. El fin de semana Toñi estuvo en Trinquete con dolores de tripa. Ella pensó que eran causados por la regla, pero, el domingo, de vuelta en Zaragoza, a las doce de la noche, como el dolor abdominal era insufrible, dos compañeras de piso la llevaron en taxi al Hospital Clínico Universitario “Lozano Blesa” y, a las pocas horas, la operaron de urgencia de una apendicitis vermicular que devino en peritonitis.

Volví a ser el primero de la fila, corta esta vez. Nada, uno que tiene sus manías, como los demás tendrán las suyas, supongo; y demuestra, por donde pasa y pisa que es un animal de costumbres, de rutinas, que, si son buenas, merecerán y recibirán el aplauso general; y, si son malas, el común abucheo. Nada nuevo bajo el sol. Ignoro qué le acaece a usted, pero yo no me suelo salir de las rayas; y a los 64 tacos casi, con menos motivos. Entiéndame. Las rayas solo me gustan en dos tipos de vestimenta, en las camisas y en los gayumbos.

Así que ocupé mi asiento predilecto o preferido, el 26. Tres o cuatro pasajeros después, subió Mona, que vino directamente a sentarse en el 25, pues había sido advertida por su retoño de que, si me veía (“cosa improbable”, le había dicho Toñi, seguramente, si le hacía caso, aprendería cosas; asimismo, había tenido tiempo, humor y ánimo para enseñarle la fea foto que aparece en mi bitácora de Periodista Digital, para que no me confundiera con otro), y me levanté y se sentó a mi vera (o yo a la suya).

Tras celebrar que la evolución de Toñi hubiera sido satisfactoria, para soltar amarras, le dije a Mona:

—Perdone que se lo diga, pero usted no me parece que le haga honor a su nombre de pila, porque no es mona; es más que mona, Mona.

—Usted lo que quiere decir, si no me equivoco, es que no soy la Lisa, que pintó Leonardo da Vinci y se puede contemplar en el Museo del Louvre.

—Si no se molesta por el comentario que voy a hacer o verter, me parece que sus turgencias son perfectas.

—Acepto el cumplido y no me molesto.

—Ya sé por qué lo dice, porque a Toñi sus compañeras de piso, según me confió (pero esta información la guardé en mi caja fuerte), la llaman “la Meteoróloga”, por parecerse su delantera tanto a la de Silvia Laplana, en lo tocante a esos poco prominentes atributos mamarios.

Y, con pesar de ambos, nos tuvimos que despedir, porque vimos que el castillo medieval mudéjar de Trinquete (aunque su nombre verdadero sea otro) quedaba a tiro de piedra.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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