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La terca burra siempre vuelve al trigo

Ángel Sáez García 27 Abr 2026 - 18:00 CET
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LA TERCA BURRA SIEMPRE VUELVE AL TRIGO

QUEDA EL GRANO AL ALCANCE DE SUS OJOS

Explico el título y el subtítulo de este texto a continuación a fin de evitar malentendidos, para que nadie se sienta afrentado u ofendido por el abajo firmante. La terca burra soy yo, que, siempre que veo materia para escribir (en el caso que nos ocupa, censurar ciertas formas de redactar deslavazadas, imprecisas, manifiestamente mejorables), me fijo en el grano y acudo presto a él para señalarlas y, una vez enmendadas, se optimicen.

Soledad Alcaide, Defensora del Lector, en el texto titulado “Léxico para el rigor”, que apareció publicado en la página 18 del número 17.722 de EL PAÍS, que guardo, como oro en paño, correspondiente al domingo 8 de febrero de 2026, si nos fijamos en el último de los apartados que recoge, rotulado “Nombre ficticio”, escribió que: “Se ha extendido en los reportajes del periódico el recurso de dar un ‘nombre ficticio’ a una fuente sin identificar que aparece repetidamente en una información. La expresión resulta muy desafortunada porque levanta un velo de duda sobre todo el testimonio: si hay resquicio para inventar un nombre, por qué no para falsear la fuente”.

Bueno, pues ahí está, estriba o radica, precisamente, el busilis, intríngulis o la madre del cordero del problema en cuestión, del yerro que advertí otrora y se sigue incurriendo en él ahora, campando a sus anchas por el periódico de PRISA. Y es que el periodista inteligente puede quitarse el disfraz que viste de notario de la actualidad y ponerse el de aprendiz de narrador de ficciones en un santiamén. ¡Cuántas mendaces interviús no habrá imaginado y escrito servidor con mil y un personajes apócrifos (pues no han faltado incluso las hechas al mismo Dios)! Y ahí cabe constatar la razón de mi recelo o reticencia. Si tú has sido capaz de culminarlas, otros (ellas, ellos o no binarios) también pueden inventarse las declaraciones de sus confidentes (con la particularidad de que estos, a su vez, pueden haberse hecho pasar por testigos presenciales sin haberlo sido, stricto sensu), y coronarlas. Basta con que esas versiones sean verosímiles, creíbles, para que pasen por fetenes, veraces, para todos, supervisores y lectores.

Unas líneas más abajo, Alcaide concluye: “Recurrir a un nombre figurado no puede ser una excusa para hurtarle al lector esta justificación, vital para la credibilidad de la información”. No recuerdo exactamente cómo o qué apostillé a dicho cabal aserto. Hoy, me nace hacerlo con un sencillo amén.

Dos meses largos después, la Defensora susodicha, en el texto titulado “Noticias sin fuentes, la mala hierba en la Redacción”, ante mis insistentes críticas (y las sensatas tomas en consideración o de posición de doña Soledad al respecto, que caían, una tras otra, en el mismo saco roto), ignoro si más lectores señalaban los mismos yerros que yo advertía en algunos periodistas, que vio la luz en la página 20 del número 17.791, de EL PAÍS, del domingo 19 de abril de 2026, que también tengo guardado a buen recaudo, escribió: “Ocurre en el periodismo como con la maleza entre los cultivos: cuando no se cortan de raíz las malas prácticas, lo contaminan todo. En un periódico, la mala hierba es la imprecisión en el origen de las informaciones. Eso ocurre cuando, por un exceso de celo al proteger sus fuentes, el redactor utiliza muletillas que, pese a no aportar nada, pasan el filtro de la supervisión”.

Unas líneas más bajo, en el apartado rotulado “Normas” la Defensora recuerda qué dice el manual al respecto y asevera: “El reportero debe ‘esforzarse en huir de las fuentes anónimas y citar el nombre de quienes hablaron con él’, pero en la política, los tribunales y las empresas resulta una rareza porque los informantes ponen como condición permanecer en la sombra”. ¿Qué cabe inferir de todo lo escrito? Como las cosas son así, pues de esa guisa han sido percibidas, identificadas y descritas, y tienen toda la pinta de seguir como están, pues todos a tragar. Bueno, pues constato que hay lectores del periódico EL PAÍS, entre los que me incluyo, que no tragamos ruedas de molino. Y vamos a seguir dando la lata o la vara hasta que el statu quo, actual estado de cosas cambie (y, si muta, por favor, que sea a mejor; a peor no lo soportaremos, y menos aún de manera estoica).

En el apartado “Anonimato”, doña Soledad recoge el parecer del corresponsal Carlos E. Cué. En el criterio que alega advierto pretextos para continuar, erre que erre, llevando a cabo lo rutinario, cuanto se hacía, rematando su argumento así: “’Por eso ahora, para huir del relato controlado, a veces solo podemos trabajar con fuentes anónimas’”. Lo siento, pero aquí (no estoy dispuesto a engañar ni mentirme) me ha brotado expresar esto: A otro perro con ese hueso, que no es auténtico, sino de plástico o madera, de pega.

Entiendo la disyuntiva que plantea Ricardo de Querol: “La obligación del periodista es sortear los obstáculos, pero también, subraya, respetar el secreto profesional”. Ahora bien, como el lector de EL PAÍS es exigente, un incrédulo, émulo del evangélico santo Tomás, habrá que primar la primera, sin olvidar, por supuesto, la segunda, juzgo. El lector quiere y exige máxima transparencia, como el cristal de una ventana, según adujo George Orwell en “Por qué escribo”.

Así que abundo con lo que concluye doña Soledad, que no está sola en su atinada opinión: “Desdibujar las fuentes confidenciales hasta hacerlas desaparecer es una falta de profesionalidad, que también daña ese derecho del ciudadano”. Consulto la versión del artículo en la web y compruebo que la redacción es mejor: “Y eso también es un daño al derecho a la información, que pertenece, no a los periodistas, sino a los ciudadanos”.

Si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos y servidor acudimos a los dos ejemplos en los que me he detenido, comprobaremos lo meridiano, que todo lo argumentado por doña Soledad Alcaide, la Defensora del Lector, ha caído en saco roto, porque ha quedado, qué pena, en agua de borrajas o cerrajas, sí, en nada.

Leamos, primero, el artículo que firman Elsa García de Blas y Virginia Martínez, titulado “La ‘prioridad nacional’ pactada con Vox divide al PP: ‘Nos han colado un gol’”, que vio la luz ayer, domingo 26 de abril de 2026, en las páginas 20 y 21 del diario de PRISA.

Aunque algunos entrecomillados están bien referenciados y otros son pasables, he hallado otros de este jaez:

“‘Esto de la prioridad nacional no tiene ni pies ni cabeza, va a ser una fuente de controversia y de frustración. Es un marrón que se han tenido que comer, un sapo y una trampa de Vox’, se queja una fuente del PP extremeño”; entrecomillado al que cabe agregar esta guasa: ya que, más que manar a chorro, al caer, gota a gota, parece que llora.

“‘Primero, lo que hace es romper la igualdad entre españoles (…), ¿no va a poder acceder a ayudas públicas?’, se queja esa fuente del PP”.

“‘Una cosa es lo que está escrito en el pacto y otra el debate que se ha suscitado’, reflexiona por su parte un dirigente de peso, que advierte de que el PSOE se frota las manos con esa controversia”.

“‘Otra vez nos han atrapado en el medio, entre Vox y la izquierda (…) Y unos nos acusan de racistas y los otros de socialdemócratas’, analiza un tercer dirigente del PP”.

Y las autoras siguen usando, tras los entrecomillados, muletillas como: “argumenta un estrecho colaborador de Alberto Núñez Feijóo”; “advierte un dirigente de la máxima confianza de Santiago Abascal”, etc.

Pedro Sánchez aprovecha el error del PP para dar un giro a la campaña” es el título de la crónica que firma Carlos E. Cué en la página 22, sí, el artífice de la excusa intragable leída en el texto de la Defensora, referida arriba.

Un ejemplo de texto entrecomillado manifiestamente mejorable es:

“Otro miembro del Gobierno ve clarísimo el error, especialmente por el decisivo voto latino. ‘Está claro que el PP se ha metido en un lío (…) El PP no sabe aún el lío en el que se ha metido’, sentencia”.

Y otras muletillas son: “señala un ministro”; “remata otro miembro del Gobierno”; “sentencia otro miembro del Gobierno”.

   Feci quod potui, faciant meliora potentes. Hice lo que pude, mejórenlo quienes puedan.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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