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La harina de cizaña es venenosa

Ángel Sáez García 01 Jun 2026 - 12:00 CET
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LA HARINA DE CIZAÑA ES VENENOSA

MEJOR QUE LA VIRTUD EL VICIO PRENDE

Como lo precipuo, primero o principal, debe ir en cabeza o vanguardia, acaso convendría haber leído el editorial titulado “Firmeza y ejemplaridad”, que vio la luz ayer, domingo 31 de mayo de 2026, en la página 16 de EL PAÍS (versión de papel), antes de llevarse a los ojos las líneas que siguen, en concreto, algunas que aparecen en su párrafo final, estas: “no son momentos para la frivolidad o la demagogia, sino para el respeto institucional, incluida la justicia. Tenía razón Sánchez (si no marro, fue José Luis Ábalos, qué ironía, sí, quien se subió a la tribuna del Congreso) en su discurso de la moción de censura que derribó a su antecesor, Mariano Rajoy, al señalar que ‘la corrupción destruye la fe en las instituciones, y más aún en la política, cuando no hay una reacción firme desde el terreno de la ejemplaridad’. Ahora le corresponde convertir en hechos sus palabras de hace ocho años y rendir cuentas ante los ciudadanos”.

Antes de seguir leyendo este escrito, recomiendo encarecidamente al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos que me haga caso y lea (si lo ha leído ya, no le vendrá mal releer) la tribuna que Irene Vallejo rotuló así, “Traficantes de halagos”, y apareció publicada, asimismo, ayer, en la página 17 del diario de PRISA, porque le abrirá los ojos mejor que yo sobre… (como no le quiero influir, usted, que es mayor de edad —y, si no lo es, puede pasar por tal—, decidirá) quién. Como no puedo citar la tribuna entera, aunque lo merece, me decantaré por entrecomillar dos párrafos de la misma, el central y el postrero de su perspicaz y dicaz disertación:

“(…) sabemos que las personas con altos niveles de narcisismo son peores gobernantes. La experiencia enseña que están más dispuestas a manipular a los demás, a tomar atajos y esquivar las normas. Intentarán deshacerse de todo lo que ralentiza y limita su voluntad, ya sean los procedimientos garantistas, las leyes, los periodistas, los contrapoderes o los jueces. Se atribuyen todos los méritos mientras culpan a los demás de los fracasos. Se jactan de ser escudo frente a amenazas que ellos mismos crean y contra enemigos a los que previamente azuzaron. Consideran el liderazgo como una oportunidad que deben aprovechar; el poder es para ellos más un vicio que un servicio. El legado de estos líderes con frecuencia queda empañado por los desmanes despóticos y nepotistas, la corrupción y la hybris de decisiones desastrosas”.

“La historia prueba que la mejor manera de impedir que los narcisistas tomen el poder consiste en abordar las amenazas que inquietan a la gente. Una vida más amable, tiempos serenos, mayor seguridad laboral y menor zozobra volverán a los votantes reacios a candidatos prepotentes. Adictos al caos, los ególatras pregonan su fuerza mientras dividen y debilitan la sociedad. Por el contrario, los líderes humildes, admitiendo sus fragilidades, nos robustecen. Cuidado con confundir vanidad con valía: la fanfarronería suele ser solo fanfarria”.

Del artículo titulado “Noticias sin fuentes, la mala hierba en la Redacción”, que lleva la firma de la Defensora del Lector de EL PAÍS, Soledad Alcaide, que vio la luz el domingo 19 de abril de 2026, en la página 20 del Periódico Global, procurando que prenda la coherencia, que brilla por su ausencia, entre algunos miembros de la Redacción, me veo en la obligación de volver a extractar, por considerarlo pertinente, distintivo y relevante, el primer parágrafo del mismo y el último (por preferirla a la del papel, me quedo con la versión que aparece en la web):

“Ocurre en el periodismo como con la maleza entre los cultivos: cuando no se cortan de raíz las malas prácticas, lo contaminan todo. En un periódico, la mala hierba es la imprecisión en el origen de las informaciones. Eso ocurre cuando, por un exceso de celo al proteger sus fuentes, el redactor utiliza muletillas que, pese a no aportar nada, pasan el filtro de la supervisión”.

“Este es un debate sensible y de muchos matices. Las dificultades que explican estos periodistas no son un lamento por las trabas del oficio, sino un retrato social, que muestra el deterioro de la calidad democrática en algunas instituciones. Los mecanismos del poder que impiden con presiones internas la transparencia en las empresas, partidos políticos y tribunales atacan directamente al derecho a la información. Sortear estos obstáculos es un deber del periodista y en esa tarea no debe exponer a quienes se atreven a eludir el control de sus organizaciones. Pero desdibujar las fuentes confidenciales hasta hacerlas desaparecer es una falta de profesionalidad. Y eso también es un daño al derecho a la información, que pertenece, no a los periodistas, sino a los ciudadanos”.

No es mi propósito sembrar cizaña, sino, al revés, lograr erradicarla. Deseo que EL PAÍS de ser no deje el diario más leído y con prestigio de cuantos se publican en España. Y dicho anhelo no es ningún delito. Por eso me dedico a censurar todo lo que su buen nombre lo afea, los textos incompletos que se cuelan. Confío en que ningún lector reproche que los endecasílabos me chiflen.

Veamos varios ejemplos en la crónica que firma Carlos E. Cué. Titulada “Sánchez se defiende al contraataque”, de las páginas 20 y 21 del número 17.883. De las dos terceras partes primeras del texto el periodista sale airoso del aprieto, pero vuelve a incurrir en los yerros del arraigado vicio de la falta de precisión en la tercera parte, final:

“‘No es aguantar por aguantar, es que tenemos muchas cosas que concluir, una gestión por hacer, y tenemos mandato para cuatro años. No vamos a regalarle a la derecha unas elecciones en el momento que más le convenga a ellos’, señala una persona cercana al presidente”, echando mano de su socorrido latiguillo, escamoteándonos información transparente que reduciría a cero nuestro infinito agnosticismo.

“Un ministro explica que están intentando reponerse con una estrategia de ofrecer un relato para intentar levantar el ánimo hundido de los progresistas. ‘El PSOE no puede dejarse avasallar. Hay que salir, explicar y diferenciar. No todos los casos son iguales. Es evidente que ha habido instrucciones raras, filtraciones a mansalva, cuando el fiscal general cayó por una filtración y estas no las investiga nadie. No podemos asumir esta sensación de derribo total. Y hay que decir que no somos iguales. Nosotros echamos a Paco Salazar por presunto acoso en una noche, y ellos siguen con el alcalde de Móstoles ahí y se fuman un puro. ¡Qué está Jorge Fernández Díaz escribiendo en La Razón que esto de Leire es intolerable cuando él organizó la Kitchen siendo ministro del Interior! ¡Parece una broma!’, remata”, pero sin lograr dar el jaque mate por quedarse con información clarificadora.

En las páginas 22 y 23 del mismo número, el lector se da de bruces con el artículo que firman José Marcos y Anabel Díaz, que lleva por título “‘Sin partido no hay Gobierno y sin alcaldes no hay partido’”.

Basta con leer el primer párrafo para comprobar que la mala hierba es una plaga que lo contamina todo. “Un cisne negro es un acontecimiento tan inusual como impredecible y con un impacto social tan extremo que se merece un capítulo propio en los libros de Historia. ‘En el PSOE tenemos una bandada de cisnes de estos’, cavila (y, supongo, luego, además, expresa) un peso pesado del partido tras la sucesión de desdichas que han vuelto a dejar a Pedro Sánchez contra las cuerdas. La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero por tráfico de influencias y el regreso esta semana a Ferraz de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil por el entramado orquestado supuestamente por Santos Cerdán para torpedear procesos judiciales contra el PSOE han desatado una crisis ‘de proporciones bíblicas’, en palabras de un destacado líder territorial”, que los periodistas han resaltado sin que sobresalga, es decir, salga a relucir, su nombre, por supuesto.

Desconozco si a otros lectores de EL PAÍS les ocurre lo mismo que a mí, pero yo no me dejo torear ni por la muleta del político ni por la muletilla del periodista. Y, mientras el yerro persista, seguiré con la cantilena, cantinela o tabarra.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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