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A todos el suplicio nos persigue

Ángel Sáez García 28 Jun 2026 - 14:00 CET
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A TODOS EL SUPLICIO NOS PERSIGUE

(INCLUSO A LOS MENDACES DIRIGENTES)

Tanto bueno y aun óptimo se ha sepultado en la tumba de la desmemoria o metido en el nicho del olvido, tras colocar sobre la una la laude, la losa, o tapiar el otro con ladrillos, cemento o yeso, que yo no me perdonaría (me tiraría, amén de las orejas, de los pelos), si con mis acciones u omisiones, es decir, mi peculiar proceder, contribuyera a esa manera de hacer las cosas de mal en peor, o sea, pésimamente, verbigracia, a echar en saco roto cuanto considero que debe ser rememorado por acarrear y/o contener, además de lo dulce, situaciones hilarantes, que pueden llevarnos a reír a mandíbula batiente, lo útil, lecciones que pueden ayudar a quienes las leyeran u oyeran a no incurrir en los yerros en que otrora cayeron otros; en definitiva, el “utile dulci” o el “delectando et prodesse”, horacianos.

Así como en la variedad de papilas está el gusto, en la diversidad de pareceres está el juicio; ergo, no me extraña, nada de nada, que los unos, que no faltan, tomen este texto como mensaje dirigido a los otros, que tampoco huelgan, y, a la inversa, que los “hotros” interpreten las palabras que lo componen como nueva trenzada y emitida exclusivamente para los “hunos”; y, como corolario o remate, ninguno de los “hunos” ni de los “hotros”, como le placía escribir a Miguel de Unamuno, ni siquiera, atentos y desocupados lectores (como ya saben lo que suele seguir a continuación, evito escribirlo y, así, también les ahorro a ustedes el tener que leerlo) de estos renglones torcidos, para el primero de los tales, que no es otro que el autor, esto es, el abajo firmante de las presentes líneas, servidor.

El verso endecasílabo del rótulo es una forma de aducir que todos tenemos nuestro personal calvario en este lacrimoso valle o vida, aunque hubo quien, mediando una metátesis, acaso del burlón Paco Martínez Soria, que fue alumbrado en Tarazona, por “clavario” mudó dicho vocablo. Su parte de razón no le faltaba: Gólgota se llamaba el impar monte donde fueron los clavos golpeados, y las manos y pies de Jesucristo a dos en cruz maderos bien clavados.

Quien rubrica estas líneas abajo empieza a constatar que la vejez (serán sesenta y cinco los que cumpla) para tirar cohetes no es etapa, sino algo feo, doloroso y sucio.

A mi cuerpo le falta la energía para hacer lo que antaño le agradaba. Expele secreciones malolientes desde que a una segura colegiada (que unos llaman galena, doctora otros) le dio por una prueba practicarme, que así se llama, sí, colonoscopia.

Cuando uno necesita de fautores permanentes para mostrarse ante los demás con dignidad, mínimamente presentable, para salir de casa a la calle con cierto decoro, por ejemplo, y cada día que pasa precisa más ayuda ajena, hasta que la dependencia es un hecho evidente, hay quien piensa, como este menda sostiene y defiende, que aún no se halla en esa situación, que ha llegado el momento de no renunciar al sentido común, y tener los redaños para poner una barrera o línea roja y tomar la sabia decisión de decir “hasta aquí hemos llegado, Otramotro”, y cortar por lo sano, para que la gangrena no vaya a más, y buscar ayuda para terminar cuanto antes con el via crucis, el potro de tortura, en el supuesto de que vivir haya devenido en eso, en un suplicio diuturno, en el que el único placer humano que se obtiene es encontrar la persona que está dispuesta a echarte una mano para cerrar el círculo o grifo de la vida, en el mismo momento en que uno constata que está más muerto que vivo, y columbra los barrotes de la celda donde va a morir.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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