SIGUE EL FALSACIONISMO DE KARL POPPER
Y ASÍ QUIZÁ LA VERDAD SE ABRA PASO
A veces, bendita casualidad, inesperada vía de saberes y sabores, sorprendente cauce de conocimientos, un libro puede devenir para ti en una epifanía, puede resultar en tus manos, en el mismo momento que te lo llevas a las pupilas de tus ojos, una revelación, cuando lo abres al azar, sí, un gesto que es la consecuencia de una mera chiripa o serendipia, hallarlo delante o detrás del ejemplar que andabas buscando en tu desordenada biblioteca desde hace un mes en un anaquel o estante insospechado, lo lees detenidamente y quedas atónito, estupefacto.
Rememora. Has dirigido tu mirada hacia la impar página, la de la izquierda, y has pasado tus ojos por esto: “Reconozco que he sido un primer lector pésimo de muchas obras. He devorado muchos libros (cada uno de ellos me hizo un poco más libre: ‘Solo el que sabe es libre, y más libre el que más sabe’, dejó escrito, negro sobre blanco, Miguel de Unamuno), pero a la inmensa mayoría de los tales no he logrado extraer a la primera el jugo o provecho que acarreaban, el que contenían, pues mi desatenta y, por ende, mejorable lectura lo echó en saco roto. Y me doy un montón de latigazos figurados por mi falta de agudeza o perspicacia”. Eso lo deberías haber escrito tú, de tu puño y letra, me digo, porque abundas con su autor en todo lo que arguye, sí, ese desconocido filólogo y literato Ángel Sáez García, del que no habías oído hablar jamás en los sesenta y cuatro años que suman la edad que tienes.
A todas las personas que conozco (de algunas, ciertamente, apenas sé nada) del planeta azul, la Tierra, que, por lógica, debería llamarse mejor Agua, Mar u Océano, y he consensuado con mis heterónimos denominar Ignorancia, porque todos sus pobladores somos unos grandes nescientes, aunque no todos, como adujo Albert Einstein, desconozcamos las mismas cosas, y quisiéramos ser sabios por ciencia infusa, o sea, sin el incordio de haberlas tenido que aprender y asimilar, esto es, evitándonos el esfuerzo inexcusable y previo de tener que haberlas estudiado a conciencia, nos convence el argumento que alegó Karl Popper de que la verdad es interina, provisional, pues dura en pie mientras no es contradicha por otra que, en ese preciso instante de la refutación, la abate del pedestal donde se enseñoreaba y/o exhibía y, a renglón seguido, ocupa su ansiado y prestigioso lugar. A la nueva verdad, al poco o al mucho tiempo transcurrido, según los casos, puede acaecerle tres cuartos de lo propio que a su precedente, claro.
Sabemos, pues nos consta el hecho, que la verdad puede falsearse por diversos intereses y motivos, y entonces la llamamos bola, bulo, embeleco o mentira, a secas. ¿Existe algún método infalible a nuestro alcance para desentrañar tanto la certeza como la falacia? Sí, el método científico, de ensayo y error. Y el pensamiento crítico es su herramienta, instrumento o recurso imprescindible. Básicamente, grosso modo, consiste en someter las afirmaciones realizadas, sean juicios de valoración u opiniones, que defienden y sostienen los demás o nosotros, a determinadas pautas de refutación a fin de comprobar, de manera fehaciente, si las objeciones que oponemos, planteamos o presentamos hacen tambalearse a las mismas y estas acaban siendo derribadas, o siguen, inmóviles, encima de sus peanas.
Cuando en un aserto, sea este el que sea, advierto una grieta o rendija y me brota la sospecha de que por ella puede colarse de rondón la duda flaca, sea esta hija, nieta o biznieta de la metódica, de René Descartes, sí, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, no lo descartes de antemano, acostumbra a sonar en mi cacumen una sirena, es decir, se pone en marcha la alarma que había sido instalada para que me avisara de la invasión o presencia en mi territorio personal de un posible amigo de lo ajeno, o sea, promotor del robo o la estafa, el fraude.
Como nadie (salvo Dios, para quienes crean en su existencia y connatural y exclusiva facultad) es omnisciente, solo las pruebas sucesivas de ensayo y error nos dirán si la certeza de dicha afirmación es auténtica y sigue vigente o no, porque la susodicha ha podido quedar desfasada, superada. Y es que, como dice un versículo del Corán, escrito en francés, “celui qui est en tête est parfois depassé”; es decir, a veces, quien va en cabeza o vanguardia es superado. Otro, del mismo libro sagrado del islam, nos dice que “le succès est l’échec qui change soudain de cap”, o sea, el éxito es un fracaso que cambia de repente de rumbo.
Para mí, la solución para salir airoso de ese brete está en nuestra razón y no renunciar nunca a que el sentido común, que es el menos común de los sentidos, sea el bisturí que empuñemos o el florete que esgrimamos para desenmascarar las presuntas o supuestas verdades.
La justificación más firme y segura de que una creencia es cierta estriba o radica en nuestros numerosos intentos fracasados, ya que todos los propósitos para objetarla resultaron vanos.
En el falsacionismo de Karl Popper veo mano de santo, panacea.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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