EN CADA FRUTO U OBRA HUMANA VEO
ESTO, UN AUTORRETRATO (IN)VOLUNTARIO
“Aunque, en lo que concierne al contenido, cuanto fue y es seguirá siendo, será, o sea, que no hubo ni hay ni habrá nada nuevo bajo el resplandeciente sol (‘nihil novum sub sole’), que se lee en el versículo noveno del primer capítulo del Eclesiastés, acaso sí existe la plausible posibilidad de decir eso, otro tanto, con un estilo nuevo, original, de una manera distinta a las usadas hasta entonces.
“¿Qué nos quiso decir Borges en el microrrelato que escogió para rematar, de manera inmejorable, el Epílogo de “El hacedor”? Cada lector lo interpretará a su modo. La reunión de todas las exégesis hechas, esa suma, se parecerá a la verdad prístina, inicial, que él quería comunicar, o no. Tal vez cuanto quiso decir, eso es lo que ahora sospecho y sostengo, es que se sentía orgulloso de uno de sus relatos, que, breves momentos antes, había rememorado, “La casa de Asterión”, que refiere, de una manera sui géneris, el mito clásico del minotauro de Creta y el dédalo, su casa, sí, pero, asimismo, su prisión y su patíbulo, pues en una de sus galerías lo visitó la parca, que no iba provista esta vez de su dalle habitual, sino que blandía en esta oportunidad espada, la de Teseo, que cumplió su doble deseo de acabar con el hombre de cabeza de toro y salir del laberinto, gracias al hilo de Ariadna. ¿Quién no ha visto en “ese laberinto de líneas” un canto y una metáfora a las anfractuosidades y las circunvoluciones de nuestro complejo cerebro?
“El universo borgiano es un multiverso, conformado por microcosmos. A Borges le encantaba tanto como lo detestaba; lo propio le pasaba también con la cópula y los espejos, porque multiplican el número de los hombres (capaces de lo mejor y de lo peor, pues somos —el grueso, la inmensa mayoría— una suma de bondades y maldades en aparente equilibrio). En un juego de espejos infinitos, el hombre es un microcosmos y, es, al mismo tiempo, la totalidad, el universo. Así que a nadie con dos dedos de frente le puede extrañar leer en los textos sagrados del islam y el judaísmo lo idéntico, que el que salva a un hombre salva a la humanidad, al mundo. En cada fruto u obra humana veo esto, un autorretrato (in)voluntario.
“El hacedor borgiano es el ser en acto, en la filosofía aristotélica, no el ser en potencia. Coincido, Otramotro, con su parecer; el hombre no es lo que piensa (lleve a cabo o no lo que ha pensado), ni es lo que dice que tiene pensado hacer, el hombre, y por eso se le juzgará, es lo que hace.
“El hacedor de Borges pinta su microcosmos, pero este no deja de ser el mundo en pequeño, en miniatura, minimizado.
“El hombre de Borges no es más que el rastro que deja en el cielo el avión en el vuelo que realiza, su trayecto, o la estela que deja la nave en el surco que abre en el mar. Puede ser una estela o rastro momentáneo, pero, si los textos del hacedor se continúan leyendo, esos muchos rastros y estelas pueden devenir, verbigracia, en cola de un cometa”.
¿Por qué aparecen aquí los renglones rectos que escribieron otros? Nadie en su sano juicio renunciaría a publicar en su bitácora un texto bien estructurado y redactado, que complementa y/o completa su visión del asunto en cuestión, las breves líneas que componen ese relato inolvidable de Borges, el que concluye esa obra híbrida suya que es “El hacedor”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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