Muchas columnas se fijan este 9 de octubre de 2015 en la mamarrachada perpetrada por miembros de Izquierda Plural el 7 de octubre de 2015 en el Parlamento Europeo con motivo de la visita del Rey Felipe VI. Según pasan las horas y los días, el ridículo que hicieron esos diputados va cobrando mayor relevancia porque hasta unos republicanos de tomo y lomo como son los de Podemos, aunque no les gustó el discurso de Su Majestad, al menos se quedaron en su escaño.
Arrancamos en ABC y con Hermann Tertsch que, aprovechando que los comunistas pasan por Bruselas, también le mete otro buen guantazo dialéctico a las CUP:
A nadie debe extrañar que se ausentara el miércoles del hemiciclo del Parlamento Europeo en Estrasburgo un grupo de comunistas españoles de diverso pelaje. Carece de importancia que lo hicieran para faltar al respeto a la Corona española y a España. La intervención del Rey de España tuvo tanta calidad, claridad y oportunidad histórica que solo aumentó el ridículo y la marginación de esos grupos de ultraizquierda y de separatistas españoles. Una triste anomalía. Los españoles antiespañoles son siempre los españoles más recalcitrantes. Están rodeados nuestros ultras comunistas y separatistas en el Parlamento Europeo por una inmensa mayoría de fuerzas con firme voluntad de asegurar que en el resto de Europa esos ultraizquierdistas y otros totalitarios no salgan de la marginalidad. De marginalidad e irrelevancia en que también deberían seguir en España y a las que deberán retornar algún día.
Añade que:
En España, el tradicional prestigio de lo peor ha alcanzado niveles esperpénticos. En Cataluña ahora mismo, como en tantas ocasiones a lo largo de nuestra historia el más español de los rincones de España, se consuma una farsa con la que habrían reído todos nuestros clásicos. A mandíbula batiente.
Y detalla el caso catalán:
Resulta que toda la burguesía catalana, incluida la alta tan cosmopolita y sofisticada, se ha entregado en cuerpo y alma a un grupúsculo de desgarramantas que se hacen llamar la CUP, cuyos ideales e ídolos son todo crímenes y criminales. También hay que reconocer que los canallas del lodo ideológico, que se creían capaces de asaltar el poder desde la pureza y radicalidad inmaculada, también pierden. Se abrazan a la corrupción de la tropa de Mas como a los muslos de una prostituta momificada, con náusea reprimida por el cálculo más cínico.
Carlos Herrera también le da un buen repaso a la muchachada de las CUP:
Desde las elecciones catalanas, toda la Cataluña política era una olla a presión. La otra, la de la calle, la que compra el pan, la que cose los bajos de los pantalones, la que se atasca en los semáforos, la que fríe la butifarra, no tanto. La otra tenía cosas más importantes que hacer, como casi siempre pasa en los procesos políticos que parecen ser finiseculares. Los catalanes votan -o dejan de hacerlo- y van a otra cosa, a lo suyo, a desayunar, comer y cenar y a ver si las cosas no se tuercen demasiado para que al día siguiente pueda haber en la cocina una olla con garbanzos saltando.
Precisa que:
La Cataluña política, mediáticamente omnipresente, se dedica entretanto a la consecución de los postulados presuntamente mayoritarios: pareciera como si una descomunal masa oceánica hubiera votado por la independencia de España, por la nueva autarquía de los ciudadanos del Principado, cuando las cifras reales no dicen eso. Diera la impresión de que, desde el día 28 por la mañana, los catalanes solo tuvieran en su cabeza el diseño de su terruño aislado, separado del mundo inmediato, cuando no ocurre eso al calor de los números. Pero tanto da; los combatientes insisten en la fotografía de un pueblo levantado en ansias dirigido en masa a la puerta de salida. En virtud de ello, esa Cataluña oficial del nacionalismo independentista ha dedicado todas sus energías a buscar la mayoría necesaria para establecer el gobierno soñado: un gabinete presidido por el mayor bluf de la política ibérica con el solo mandato de organizar un masivo acto de desobediencia social y desacato de las leyes en virtud de un supuesto mandato plebiscitario que, evidentemente, no se ha dado.
Se cuestiona lo que significa ser diputado del clan de los sandalios:
Yo no sé qué debe de haber significado ser parlamentario electo de la CUP -tampoco tengo mayor interés-, pero me malicio que su férrea voluntad ha debido de ser hollada a diario por las sutiles presiones de la catalanidad comprometida con la hoja de ruta de los que andan juntos por el sí. Cataluña es tan peculiar que fuerzas absolutamente antitéticas han creído compartir un mañana y esas cosas tan ridículas. En función de ese fin último, toda cursilería habrá sido posible. Araesl´hora, catalans. Poco importa que unos sean más de derechas que el grifo del agua fría y que los otros sean unos trogloditas partidarios de meterse en la cueva de la historia: teóricamente les une la lucha cuatribarrada contra la hirsuta legalidad española, esa plasta de metano y cieno que impide la felicidad de las masas, las que corretearán por verdes praderas liberadas una vez manden de verdad en las cosas del país petit.
Y remacha:
Pues después de tanta lucha, tanta presión, tanto agobio, tanta apelación a la responsabilidad histórica… la CUP ha dicho que ya veremos. Dice que antes de formar gobierno hay que romper con España (como si eso fuera tan fácil). Dice que hay que desobedecer las leyes retrógradas, que es el momento de construir la República Catalana, así con mayúsculas… O sea, no ha dicho nada. La única pregunta que valía la pena contestar es la que no han contestado abiertamente. No apoyarán a Mas… siempre y cuando no haya «pasos irreversibles». Ya, pero ¿antes o después de formar gobierno? Después es irrealizable, pero antes es totalmente imposible. ¿Qué votarán el día de autos? No se sabe, ya que antes del día de autos debe proclamarse no sé qué escenario imposible.
David Gistau le zumba de lo lindo a los mamarrachos de la Izquierda Plural y, de paso, al líder de Podemos, Pablo Iglesias, por volver a la radicalidad:
Como francés, soy del tiempo que vio a Mitterrand y a Kohl cogidos de la mano ante el osario de Douaumont. La generación de la segunda guerra mundial, Francia y su «enemigo habitual», construían juntos Europa a base de extirpar resentimientos y nacionalismos. Francia y Alemania, hace dos días, Hollande y Merkel: «Le nationalisme c’est la guerre». Como español, creo que la Transición y la corrección de la anomalía española no se terminaron con el fracaso del mostachudo golpe folclórico ni con la victoria electoral de Felipe González: acabaron con el ingreso en la UE. Que no se haya cultivado en la memoria la importancia de estos dos acontecimientos explica en parte las ínfulas constituyentes de aquellos que creen que todo empieza con ellos y que el pasado inmediato es por definición un error o un entramado mafioso.
Compara este gesto con la payasada que montaron cuatro diputados de la Izquierda Plural:
Ante esta visión, cuán cerril resulta el desplante de la izquierda que deja en sus escaños europeos banderas que representan contracciones nacionalistas -¡reducirse a una Galicia hermética de estrellas rojas!- o anacronismos envenenados precisamente por los odios que la generación del 45 quiso purgar en Europa cuando ya era tarde para salvar de ellos a millones de muertos en las dos grandes guerras nacionalistas. Y en otras libradas entre ambas pero indisociables de ellas, como la española. Qué oscura fascinación es la que impide comprender a políticos jóvenes hasta qué punto son personajes residuales que se echan sobre la espalda una tradición genocida. Igual de incomprensible que ese depósito de rencores que es el lepenismo, la última mutación de la Francia de Vichy y de la Cagoule, la que ayudó a la SS a quemar vivos a sus propios hijos en Oradour, la que los metió en trenes hacia Treblinka, adonde las mujeres, engañadas, llegaban maquillándose sin saber que veinte minutos después serían humo.
Y también se lleva su ración de leches el ‘Coleta Morada’:
Otra cuestión más frívola es la de los morritos que Pablo Iglesias puso a Felipe VI en el Parlamento Europeo. El mismo personaje que acudió antaño al besamanos para regalarle vídeos y amigarse. El que se veía como un actor junto al Rey de la Segunda Transición. El que se hizo transversal e institucional como Carrillo después de quitarse la peluca. El que hacía como que viajaba desde otra guerra a otra reconciliación arrastrando consigo a millones de derrotados. Pobre infeliz. Ahora, desinflado como proyecto de poder, abandonado por quienes se sienten estafados por él y por quienes no le compran las imposturas, vuelve a aspirar a ser un jefecito radical, de caserón «okupa», de remedo chavista, que cuida su minifundio haciéndose el sietemachos con el Rey. Es un estertor político. El del hombre que regresa a las sentinas periféricas de las que nunca debieron salir todos estos zombis de la anti-Europa que resucitaron porque los convocó un conjuro: la palabra crisis. Las manos cogidas de Mitterrand y Kohl. La adhesión a Europa de una España con voluntad de ser una rutinaria democracia europea. Que cualquier otra llamada nos sorprenda atados al mástil.
Federico Jiménez Losantos, en El Mundo, saca a relucir una encuesta que supuestamente tiene encargada El País y en la que tanto PP y PSOE ven con temor como Ciudadanos les come terreno en los feudos más pequeños:
Haré, oh musas, de Raúl del Pozo por un día y contaré el ruido de la calle de la Amargura, por donde transita el PP camino de las urnas. Corre por Madrid algo más que un fantasma, un rumor, que se ha adueñado de los cenáculos periodísticos y políticos, ha escalado los financieros y alcanza casi el nivel de materia tertuliable, es decir, de inundación informativa. Dicen que hay una encuesta sobre intención de voto a nivel nacional que elaboró Metroscopia para El País hace unas semanas y que Cebrián tiene parada con un bacigalupargumento helénico por lo clásico: no estigmatizar a su financiera Soraya, a su excasero Pujol y a su PSOE de su González.
Detalla que:
¿Y qué revela esa encuesta sobre la opinión pública a dos meses de las elecciones generales? Pues que Ciudadanos podría ganar las elecciones, ligeramente por delante del PSOE, dejando al PP en tercer lugar. El titular de presentación, cocina demoscópica mediante y ayudado por el recuerdo de voto (en el PSOE de muchos años, en Ciudadanos de pocos meses) podría quedarse en el indoloro «empate técnico». Pero, ¿cómo cantar, oh musas, la ira de Polifemo Rajoy, con sus concesiones y favores financieros en la mano, al ver cumplida la profecía de José María Aznar, su demiurgo y su némesis, que la semana pasada dijo que la opinión pública percibía ya a Ciudadanos como mejor defensor de la unidad nacional y del régimen constitucional que el PP, y que eso abocaba a la fragmentación del voto en el centroderecha y abría la posibilidad de que, como en Cataluña, Rivera supere en votos a Rajoy?
Y subraya que:
Malo es que Aznar dijera lo de los cinco avisos electorales, que en rigor taurino habría que considerar devolución a los corrales, pañuelo azul mediante, de cinco toros de la desacreditada ganadería genovesa. Mucho peor es que El País acredite con números las palabras de Aznar. Sea verdad o no, salga o no salga la encuesta, la tendencia que señala es que se cumpla el mayor temor de PP y PSOE: que Ciudadanos dispute el tercer escaño de las provincias pequeñas. Que gane en las grandes ciudades, vale, pero si entra en los burgos pasmados, que no podridos, tendría los cuarenta escaños que hasta ahora dan la mayoría al PP o al PSOE. Lo temible, oh musas, de ese fantasma que recorre Madrid no es que Ciudadanos quede primero sino que gane el tercer escaño por Teruel.

