La falta de consenso facilitará  la estrategia de los que han vendido la libertad por estandarte y nunca han creído en ella

Me estoy muriendo de pena

Me estoy muriendo de pena

Sí, me estoy muriendo de pena por lo que estamos viviendo. Si no fuera poco que no se respete la propiedad privada, tan pisoteada por los movimientos okupas controlados por las mafias con suculentos sueldos, aunque los podemitas lo llamen libertad, no  robar al prójimo. Los emigrantes incontrolados, huyendo de los hospitales y demás centros, repartiendo el virus por la geografía nacional, en algunos casos utilizados como temporeros. La vergonzosa política exterior, que permite que la mayoría de los países europeos ninguneen a nuestro turismo, exigiendo la cuarentena de los ya pocos que nos visitan, aunque muchos de ellos incluso nos superen en porcentaje de contagios. Los ertes todavía impagados a miles y miles de personas que los necesitan para poder comer, aunque la ministra de turno lo niegue. El paro más galopante de nuestra historia y el venidero, que da miedo. El país de las cloacas del Estado encubierto, que trata de atemorizar a la justicia aún existente, pero cada vez más influenciada por corrientes partidistas, dado que la corrupción tiene distintas varas de medir según la ideología política. Nuestro Rey asustado sacrificando a su padre, aunque así no salve a la Monarquía Parlamentaria, menos a nosotros. La educación en el baúl de los recuerdos con aprobados a gogó, y la consecuente existencia de más analfabetos, tan bien utilizados por las repúblicas bananeras corruptas y autoritarias proporcionándoles, no trabajo, las ayudas y subvenciones, las paguitas de los votos. Los ataques constantes que sufre nuestra Guardia Civil, al no someterse a postulados partidistas, y mientras la Policía tratando de evitar ese control ya sufrido en el pasado.

Ante esta situación, nos enfrentamos a una pandemia ahora con fuertes rebrotes, a pesar del confinamiento más largo y atroz, fruto, sobre todo, de la irresponsabilidad de algunos jóvenes y de los asistentes a banquetes familiares, que se creen inmortales, sin importarles el contagio a sus seres “queridos”, Aunque se impongan los tapabocas en todo tiempo y lugar, sin estudios científicos que lo avalen, y la OMS sólo los exija cuando no se guarde la distancia de seguridad. A tal respecto, recordemos que en las gripes de 1957 y 1968 no hubo confinamiento, aunque se superó en cada una de ellas la cifra del millón de muertos en el  mundo, muy superior a la actual, y con muchos menos habitantes. Ya nos hemos olvidados del record de muertos y contagiados, de la carencia de medios de los sanitarios para luchar contra esta maldita enfermedad o lo que sea, de nuestros muertos en soledad. Sólo nos falta que saquen al diablo a pasear y nos contagie a todos. Hemos tirado de la cisterna y nuestra libertad se ha ido por la alcantarilla, acompañada de nuestros derechos. De nuestra auténtica vida. No importa que la pobreza nos aceche, que los jóvenes tengan un futuro más que borrascoso, que nuestro Estado de Derecho desaparezca. Mientras los separatistas están frotándose las manos de nuestra debilidad, anteponiendo sus anacrónicos planteamientos al bien de su propia comunidad. No les importa.

Sí, me estoy muriendo de pena, dado que ante todos los acontecimientos que ya nos asfixian, la inoperancia política preside el trágico escenario. La falta de consenso facilitará  la estrategia de los que han vendido la libertad por estandarte y nunca han creído en ella. Estamos cerca de la meta. La meta que nos llevará al abismo. Me estoy muriendo de pena.

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