Para los amantes de las estadísticas, ese nutrido grupo de personas que se abrazan calurosamente a los porcentajes, no resultará en absoluto novedoso que se les señale que el verano es un entusiasmado y diligente destructor de parejas, un saboteador de la felicidad conyugal, un exterminador de los arrumacos amartelados. El cruel verano y sus horas muertas, y sus sesiones forzosas de convivencia, de larguísima y extenuante convivencia, y sus irremediables proyectos en común de ocio liberador. El verano plomizo, asfixiante, interminable, salpimentado de jornadas pegajosas, de agujas de reloj bañadas en grasiento sudor. La necesidad ansiada de una pausa, tanto tiempo pospuesta, el anhelo de un justificado descanso, se ven convertidos ahora por la fuerza en estrés, convertidos por la fuerza de la canícula en fatigosa planificación: un romántico descenso en piragua por ese hermoso riachuelo, escalar aquella cima verde y empenachada, volar en parapente saltando desde las almenas vertiginosas de aquel coqueto castillo medieval, recorrer en globo —inmenso higo purpúreo vuelto del revés— trescientos kilómetros de aterciopelado paisaje escocés… Paradójicamente, una tierna escapadita acaba transformándose en una grisácea estancia en prisión.
En ocasiones, la suegra se suma a estos idílicos y vacacionales programas. La suegra, ese animal mitológico, extraordinario. Con su delicada habilidad para minar los senderos más afectuosos, para destruir los frágiles lazos amorosos, para colocar sutiles chantajes emocionales en los rincones del hogar, esta criatura diabólica milenaria realiza excepcionales y valiosas aportaciones al desbaratamiento de la pareja. El amor conyugal, ajado inevitablemente por el paso del tiempo, deteriorado ya por la fricción natural, pasión desgastada y deslucida por los años, viene ahora a sobrecargarse fatalmente con el plúmbeo hastío del estío, y, por añadidura, con ese lastre pesado y venenoso, a modo de elaborada y bellísima guirnalda, de la siniestra presencia de la suegra.
Las vacaciones, por definición, ¿no debieran ser un periodo de descanso? ¿No debieran ser una merecida tregua a las tensas jornadas laborales, al desquiciante día a día del entorno empresarial, al laberinto de reuniones? ¿No debieran ser un calmoso regocijo, un precioso momento de inacción, una suerte de reposo indefinido, tumbados todos gozosamente a la mismísima bartola? ¿Qué sentido práctico, qué inteligente lección puede hallarse al convertir una breve etapa vacacional en un permanente estrés, en un angustioso afán por completar objetivos, por acumular triviales experiencias, por alcanzar ridículas metas deportivas?
Ah, el miedo a quedar fuera de juego, el pánico profundo a permanecer invisible en el tablero, en esa infantil y estúpida alfombra roja, en el escenario cambiante y dictatorial de las redes sociales. El terror insoportable, casi indescriptible, de no contar con una nueva fotografía que exhibir: la apócrifa y renovada imagen, otra más, de una vida feliz, activa y apasionante. La prueba refutable de un sensacional y envidiable modelo de vida. Ah, el temor a no existir.
