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Ante el discurso de las 'reformas' algunos piden cambios profundos

Rajoy cerró el Campus FAES hablando de «eso que llaman recortes» ante un PP donde crecen las voces críticas

'Marianistas' y descontentos con el Gobierno compartieron casi diez días en Navacerrada

Antonio José Chinchetru 09 Jul 2012 - 08:19 CET
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El 7 de julio de 2012 el Campus FAES se llenó de prensa. También de asistentes al último de los cursos de esta edición mucho más arreglados que en las jornadas anteriores; abundaban las americanas masculinas azules con doble hilera de botones dorados usadas por menores de 30 años, y algunas señoritas lucían vestidos veraniegos, tanto ajustados como con amplio vuelo, más propios de ser usados en un acto social de tarde noche que en el último día de unas jornadas lúdico-académicas. En honor de la verdad, cuanto más jóvenes más trataban de demostrar una elegancia que no es tal cuando se luce en ambiente en el que no corresponde. Se multiplicaron los rostros conocidos del Partido Popular que no habían aparecido ninguno de los días anteriores; se trataba sobre todo, pero no sólo, de ‘viejas glorias’ jubiladas o cuyo gran momento pasó hace años.

No ocurría nada que no pudiera esperarse, si se tiene en cuenta que se trataba de la clausura a cargo de un Mariano Rajoy que por primera vez acudía como presidente del Gobierno a los cursos de verano organizados por la fundación de Aznar. Una hora antes del horario previsto para la intervención del jefe del Ejecutivo, comenzó a florecer una ‘corte popular’ formada por personas como Carlos Robles Piquer, José Manuel Romay Beccaría o Juan Carlos Aparicio.

En la carpa de las conferencias algunos alumnos de los cursos, y otros que tan sólo viajaron hasta Navacerrada para acudir a la clausura, empezaron a entrar hasta con 50 minutos de antelación; querían coger buenos sitios para escuchar al presidente del Gobierno. Son sitios donde no sólo podían escuchar bien, sino en los que se aseguraban que se les vea bien por parte del ponente y los altos cargos ‘populares’ presentes. También hubo quien se limitó a entrar con antelación y reservar su lugar dejando carpetas y, por ejemplo libros. Tenía su riesgo, alguno vio como se le cambiaban dichos objetos de lugar y así perdía su privilegiada ubicación.

Y mientras los jóvenes de Nuevas Generaciones y de las organizaciones juveniles de algunos partidos americanos, algunos cargos públicos menores (como asesores o concejales de localidades medianas o pequeñas) siguen apareciendo en la terraza del hotel de Navacerrada rostros conocidos dentro del PP, como Estanislao Rodríguez-Ponga o Baudilio Tomé.

Con más de media hora de retraso sobre el programa previsto, comenzó la clausura del Campus. Tras una presentación protocolaria de Aznar, Rajoy arrancó su intervención. Estaba franqueado, además de por el ex presidente del Gobierno, por Ignacio Astarloa, Javier Zarzalejos, Ana Botella y Sir John Elliot. En la línea de los días anteriores, su inicio fue profundamente europeísta, dedicando casi diez minutos a hablar del futuro de la UE y a sacar pecho por la última cumbre en Bruselas. Ya después pasó a temas nacionales.

No dijo nada sorprendente. Insistió en la necesidad de hacer reformas de distinto tipo y de la importancia de controlar el gasto público. Reconoció que las comunidades autónomas han hecho un esfuerzo en esta materia, pero les apremió a seguir haciéndolo. Y, quizás para ir superando miedos, hasta en dos ocasiones utilizó una palabra ‘maldita’: «recortes». Cierto que la matizaba de alguna manera, pero la usó:

Cuando se toman decisiones difíciles, cuando se toman decisiones, eso que llaman recortes, cuando se hacen ajustes, es porque hay que hacerlo, porque no podemos gastar lo que no tenemos.

Aunque no especificó sobre cuáles van a ser las claves de las próximas reformas, el presidente dijo que se van a hacer: «vamos a tomar decisiones» dijo con contundencia. En su discurso había una insinuación, un matiz, que podría augurar cambios. Se recuperaba en varios puntos el discurso basado en la capacidad de la sociedad española para crear riqueza si se dan las condiciones adecuadas. Tal vez sorprendente alegato por el liberalismo de Ruiz Gallardón entrara dentro de un guión escrito en La Moncloa. Un asistente al último curso del Campus FAES comentó a Periodista Digital: «tal vez se han dado cuenta que lo que han hecho hasta ahora, la subida de impuestos y otras medidas socialdemócratas, no sirve y van a recurrir al liberalismo».

Con independencia de que se cambie de estrategia o no, lo que quedó claro en este Campus FAES para quien observara, y escuchara, los corrillos y las conversaciones en las comidas, es que el PP dista de ser un bloque homogéneo en torno a la figura de Rajoy. Son mayoría entre los concejales y demás cargos públicos medios de ayuntamientos y comunidades, al menos entre los que estuvieron en Navacerrada, quienes apoyan en buena medida la actuación del Gobierno hasta ahora. Al mismo tiempo rechazan posibles reformas de calado que afecten a la estructura territorial y al tamaño de las distintas administraciones. Normal, se juegan en ello su sustento. Otros, sin embargo, opinan de forma muy diferente.

No han faltado entre los alumnos del Campus FAES voces muy críticas con las subidas de impuestos o que lamentan que el Gobierno no se atreva a afrontar una reforma radical de la estructura del Estado destinada a reducir el gasto público en todos los niveles de la administración y a terminar, de paso, con el exceso de personas colocadas ‘a dedo’ por los partidos. Algunos lo achacan, incluso, al hecho de que Rajoy podría querer evitarse enfrentamientos con los gobiernos autonómicos gobernados por el propio PP, que son mayoría.

Había quienes, con cargo o sin él, siendo políticos de primera línea o sin dedicarse profesionalmente a la política, reclamaban «reformas de verdad», profundas, para que España salga adelante y acabar con una ‘partitocracia’ que consideran dañina.

Sin duda alguna, Rajoy tiene seguidores convencidos, pero también hay una fuerte corriente descontenta en el PP que ansía un cambio de rumbo y la implantación de unas auténticas reformas de fondo.

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