Antonio Aradillas

Obispos floreros

Más propios de pasarelas "litúrgicas"

Obispos floreros
Antonio Aradillas

No es de extrañar que a no pocos cristianos les asalte la tentación seria de que, si con estas y otras bagatelas -"juegos de manos"- de las misas pontificales, es posible "cumplir" con el precepto dominical de "oír misa con devoción"

(Antonio Aradillas).- Fueron, y siguen siendo, muchos y muy generosos con los obispos, los protocolos y rituales litúrgicos, y aún sociales, en su rica variedad de cardenales, arzobispos, primados y eméritos…

En todas las épocas, estilos artísticos, verdades «dogmáticas», simbología, y «artículos de fe», los Órdines»,- romano, carolingio, gótico renacentista, barroco y más o menos modernos y otros-, enaltecedieron, crearon y recrearon en los alrededores «pontificales», centros de interés catequísticos, la mayoría de los cuales bordearon con creces las aspiraciones y convencimientos «divinizantes», hasta substraer a sus protagonistas de las realidades terrenales y hacerlos vivir aparte y en «el mejor de los mundos». Tal y como vistieron, y revistieron, y siguen haciéndolo, los «Órdines Sacros» a los obispos, y contribuyeron a pensar y a actuar de la manera que exigen sus hábitos y apariencias, ellos -los obispos- ni fueron, ni pueden ser, de este mundo.

Y esta es, en síntesis, la explicación de «floreros» con la que adjetivo a tantos miembros del episcopologio de todos los tiempos, y, por supuesto, también a los actuales. Lejos de mí cualquier rozadura de falta de consideración o respeto. La ecología, y más las flores, jamás desprestigian. Enaltecen. Son obras y signos de autenticidad, de cultura, de religión y de participación comunitarias, es decir, de Comunión. En definitiva, de Iglesia, no cabiendo más expresiones -falsas o auténticas- de veneración y aprecio, que las que se puedan hacer coincidir en la palabra «florero», «recipiente o búcaro para poner flores». La flor es el «súmmum»-, lo «máximo, en todo proceso de la admiración -«olor de santidad»- y reconocimiento de virtud y de dignidad.

En tan soberanos, litúrgicos o para-litúrgicos «floreros» episcopales, a lo largo y ancho de los siglos «cristianos», se acumulan toda clase de ostentaciones y de riquezas, hasta superar «en el nombre de Dios» las de quienes definieron y definen a las autoridades humanas de cualquier clase o condición.

En la relación de algunas de las prendas y paramentos -internas o externas, en lenguaje litúrgico-, sin tiempo ahora por mi parte para su explicación correspondiente, destacan, por motivos ornamentales, el amito, el cíngulo, el sub-cíngulo, el alba, el roquete, la sobrepelliz, la dalmática, la tunicela y otros accesorios del vestuario como los guantes, las cáligas, de cuero, de tela, de seda, con cruz o sin cruz. Preferente mención recaba la capa pluvial, con esmerados recuerdos para la capucha -«cucullus» y, sobre todo, para el broche de brillantes, de oro y de plata, y sus piedras preciosas que suelen equiparlas.

 

De «insignias pontificales menores» se califican la mitra -«simplex» o «auriphrisiata»- el báculo o bastón -que en IKEA no sobrepasaría los diez euros de precio-, el anillo y la cruz pectoral, antiguo amuleto que los cristianos colocaban en el pecho, con las reliquias de los santos de los que eran devotos.

Me remito a las pruebas museísticas, y reseño con autoridad, que en todas estas prendas episcopales, que encajan a la perfección y que así lo reclaman las estancias palaciegas, y las solemnidades «sagradas» catedralicias, no faltan, sino que sobran, extensas cantidades de oro, plata, brillantes, piedras preciosas, tejidos de terciopelo, damascos, brocados, arabescos, «pinturas de aguja», cinceladuras de reconocido valor artístico, atenta y rica selección de colores trabajados en los más acreditados talleres, como en los regidos por las monjas de «Torre de Sppcchio» de Roma, con la lana de corderitos bendecidos el día de la fiesta de santa Inés…

Las justificaciones que se predican a fieles e in -fieles acerca de la licitud y religiosidad de tales y tantos dispendios «pontificales» como los citados, -y otros, sin citar-, a lo que más alcanzan en la actualidad es a suscitar heráldicas torrenteras de hilaridades, compasiones o penas. Los tiempos, en el mundo y en la Iglesia actual, no están para floreros, y menos «episcopales», con el atuendo de engañosas, fétidas e irreligiosas «titulitis», que en el mundo seglar de hoy, hasta causan hastíos sociales…

Mientras tanto, y así las cosas, no es de extrañar que a no pocos cristianos les asalte la tentación seria de que, si con estas y otras bagatelas -«juegos de manos»- de las misas pontificales, es posible «cumplir» con el precepto dominical de «oír misa con devoción», y si estos pugilatos son más propios de pasarelas «litúrgicas».

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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