Canario

Canario

Se nos ha ido Luis Ignacio Azaola, más conocido como “Canario” (el apodo viene de los jerséis amarillos que él y su hermano Alfonso llevaban de pequeños). No puedo ser objetivo al hablar de él porque además de ser mi tío, padrino y amigo fue la persona que me cambió la vida -a mucho mejor- cuando convenció a mi familia para que me dejaran cambiar el derecho por la aviación. Las leyes no me interesaban nada y los aviones me apasionaban. Ahí empezó una carrera que terminó cuarenta años y veinte mil horas de vuelo más tarde con un vuelo Lima-Madrid al mando de un Airbus A-340 de Iberia.

Tampoco puedo ser objetivo cuando hablo de la aviación que tanto a él como a mi nos apasionaba. Disfruté como un enano de la que creo que es la mejor profesión del mundo y por ello le estaré eternamente agradecido. No he conocido a nadie con su pasión por la aviación, y eso, habiendo vivido rodeado de aviadores, es mucho decir.

Canario hizo sus pinitos como piloto -entre ellos volar por debajo del Puente Colgante, que era lo más en esa época- pero su vista le impidió ser piloto militar o profesional. Sin embargo dedicó su vida a la aviación como investigador, documentalista, escritor, fotógrafo e historiador. Además de ser un tío encantador no se cortaba y sabía moverse, el resultado fue que voló en muchos de los aviones del Ejercito, entre ellos los míticos F-104, Mirage o el F-4 Phantom en vuelo supersónico. Su agenda estaba repleta de generales de aviación que le apreciaban mucho y que le abrieron las puertas de despachos y archivos para su tarea de investigación. Él escribió durante muchos años su artículo mensual “El Vigía» en la revista del Ejercito del Aire. Insisto en que no soy imparcial pero creo que fue la máxima autoridad en la historia de la aviación militar de nuestro país. Su trabajo y los archivos que deja no tienen precio y espero que alguien recoja su legado, lo cuide y lo difunda como se merece. En otros países como Francia, Reino Unido, Alemania o Estados Unidos se rifarían su obra y él sería una figura mucho más reconocida que aquí, donde por desgracia la historia nos interesa a pocos. Pero espero que él y su legado acaben teniendo algún día ese reconocimiento más que merecido, no ya entre aviadores y forofos sino entre el público en general. La obra que deja es enorme, y de verdad que vale la pena.

Canario era muy niñero y de pequeños nos hacía reír y rabiar a partes iguales. Nos encantaban sus batallas y sus vaciladas. Le gustaba ponernos motes, como «trampa traidora”, «capitán Aitor», “Lindbergh” (a mi hijo Quique) o “veneno”, apodo que le puso a mi primo Iñigo Zubiaga, que era más malo que la tiña. Por cierto, nuestro querido Iñigo se mató hace años tratando de apagar un incendio con su avión en Galicia.

Yo era su ahijado, y por tanto el enchufado de sus sobrinos. Con apenas cuatro años me llevaba al aeropuerto de Sondica en su Vespa -iba de pie, agarrado al manillar y encantado- a ver las avionetas del Aero Club, que me fascinaban, y si podía me subía en una de ellas para volar. O sea, el no va más. Así fue como con cuatro años recibí el «bautismo del aire” con mi abuelo Manolo Zubiaga a los mandos. Mi abuelo era piloto desde 1911. Cuando sobrevolamos el mar me mosqueé bastante, mayormente porque veía demasiada agua y no sabía nadar, así que tuvimos que volver tierra adentro. A Canario y a mi abuelo -que tenía rigurosamente prohibido por parte de mi abuela llevar a volar a sus nietos- les pareció muy divertida mi reacción. A mi no tanto, pero el caso es que bajé encantado y repetí muchas veces más. Siempre que podía Canario me colaba en alguna avioneta… O en un bombardero del Ejercito, como un Heinkel 111 -copia de los que bombardearon Londres en la Segunda Guerra Mundial- que vino a Bilbao y que Canario me llevó a visitar. Yo era un enano y aquello me fascinó… Hasta que arrancaron los motores y con la escandalera que montaban y el susto que me llevé Canario me tuvo que sacar de allí deprisa y corriendo por el pollo que monté. Al parecer gritaba «¡me vuelvo loco!», en fin, no diré más. 

Cuando cumplí seis años me trajo un paracaídas, que había tomado prestado del Aero Club, como «regalo de cumpleaños”. La idea era que lo iba a probar saltando desde el campanario de la iglesia de San Ignacio. A mi me hizo mucha ilusión y, si bien no tenía del todo claro lo del campanario, no vean cómo presumí de regalo en el cole, para envidia de mis amigos.

Ya ven, mis aventuras con Canario eran un continuo sobresalto, pero eran más que divertidas y no las olvidaré nunca. Para entonces él y mi abuelo ya me habían inoculado el veneno de la aviación y para eso no hay antídoto. Sólo puedo agradecérselo a ambos.

En 1964 yo tenía diez años y se celebró en Bilbao el Campeonato del Mundo de Acrobacia Aérea, para el que Canario, no sé cómo, me consiguió una acreditación… de periodista. Me pasé diez días yendo con él a Sondica en la Vespa y sentado a pie de pista con el equipo de España, que enseguida me adoptaron como su mascota. Entre ellos estaban Tomás Castaño, que ganó el campeonato, y Manolo Ugarte, con quien tuve el inmenso placer de volar de copiloto muchos años después, cuando entré en Iberia. 

Por aquella época Canario se casó con María, bellezón recién llegada de Argentina, y tuvo dos hijos, Gonzalo y José, y dos hijas, Loreto (la Virgen de Loreto es la patrona de los aviadores) y Luján. No es porque sean mi tía y mis primos, pero todos ellos son estupendos. Hasta hace muy poco Canario volaba con su hijo José, que vive en Lanzarote y tiene un ultraligero, y disfrutaba como un niño. 

En fin, padrino, que echaré de menos tus infinitas anécdotas con olor a avión -los aviones tienen un olor especial que gracias a ti descubrí con cuatro años- y también nuestros paseos o encontrarme contigo por el pueblo, montados ambos en bici.

Además de un pedazo de aviador eras educado, divertido y ameno, eras un Señor, con mayúscula, y una bellísima persona. Espero que si existe el cielo en él puedas volar sin límites, que siempre fue tu sueño. Aquí los que amamos la aviación -y también los que no tanto- te echaremos mucho de menos. Gracias por todo y felices vuelos, compañero.

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Autor

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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