La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La primera vez de Sofía (bis)

En expresión sabiniana, mi «mala salud de hierro» me impide escribir en una temporada. Para no dejar morir de inanición a este blog que ya languidece de por sí, se me ha ocurrido recuperar algunos de los relatos o reflexiones que configuraron sus primeros tiempos de vida. Evidentemente, son escritos que han quedado ya sepultados en el baúl del olvido. Me apetece recuperarlos y que les dé la luz. Hablan por mí cuando no me puedo expresar. Éste es el primero de la serie. Valga la revundancia, ‘La primera vez de Sofía’, escrito el 25 de mayo de 2007:

Sofía se encontraba tumbada en la cama, desnuda, temblando. Tenía mucho miedo. Estaba aterrada. Un sudor helado dominaba su cuerpo, en claro contraste con su corazón, que latía tan fuertemente que le parecía que se iba a desbocar. De pronto, empezó a rezar fervorosamente, desesperadamente. A pesar de su juventud (sólo tenía 15 años), siempre había sido muy devota y acudía con su padres a la iglesia ortodoxa que había cerca de su casa. Precisamente allí sus padres conocieron hace años a Vasile, un campesino soltero, que con el paso del tiempo se convertiría en un buen amigo de la familia.

Un buen día, ahora lo recordaba perfectamente, Vasile se ofreció a traer a Sofía desde Rumanía hasta España, con la promesa de que le encontraría un buen trabajo. En un principio, sus padres, preocupados, no vieron con buenos ojos esa solución. Pero su hija, todo corazón, les aseguró que realmente quería hacerlo ya que así ganaría el dinero suficiente para traerlos, con el tiempo, a todos hasta España: a sus padres y a sus dos hermanos pequeños. Conscientes de que la pobreza les ahogaba cada vez más, unos padres apenados aceptaron la marcha.

Además, Sofía confiaba mucho en Vasile. Siempre la había tratado con mucho cariño y protección. Sin embargo, todo cambió cuando ambos llegaron a España. El aparente ser bonachón se dejó ver en su verdadera naturaleza déspota e insensible. Esa misma mañana, la había obligado a montarse en un coche y la había llevado hasta la puerta de un local, en medio de una carretera. Ella no sabía qué era aquello, pero pronto lo comprendió. Parecía un bar cualquiera, pero no lo era. Vasile se sentó en la barra y estuvo un buen rato hablando con otro hombre. De pronto, éste le dio unos billetes a Vasile y éste, sin ni siquiera mirarla, se marchó de allí.

Eso había sido esa misma mañana, aunque ahora le pareciera un sueño lejano… una pesadilla. Se encontraba desconcertada, perdida. Tumbada, en la cama, miraba al sucio techo. Estaba esperando, pero no sabía muy bien (o no quería saberlo) a qué o a quién. De repente, la puerta de la habitación se abrió y entró un hombre de unos 50 años, calvo, gordo y con barba desaseada. Se dirigió hacia ella dando tumbos. Estaba borracho y olía mal. En cuanto llegó hasta ella, un olor putrefacto la avasalló. Cuando trató de abrazarla, ella se echó hacia atrás. Quería huir, correr, morir. Él, visiblemente enfadado, la cogió de los brazos y le dijo: “Vamos putita, ábrete de piernas que tengo prisa; mi mujer me espera para cenar”.

Veinte minutos después, un cincuentón borracho cerró la puerta y se fue a casa. Tras de sí, tumbada en una cama desconocida y con las sábanas manchadas de sangre, quedaba una niña de quince años que estalló en un vómito mezclado con lágrimas. Así fue la primera vez de Sofía, una niña dulce, preciosa… Después, con los años, vendrían muchas más veces, muchos más hombres. Siempre allí, en esa habitación, en ese infierno. Y siempre sucedía lo mismo al cerrarse la puerta: mar de vómitos y lágrimas de una vida rota.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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