CRÓNICA 11 / RUMBO A UGANDA

Disfrutando de África en todo su esplendor

Disfrutando de África en todo su esplendor
Dos instantes de la expedición. J.L. Cuesta

Despertamos al borde del Nilo Victoria. Los imaginarias Eduardo Mazariegos, Miguel Arroyo y Fernando Madurga, me comentan que han visto cocodrilos e hipopótamos en el río con la luz de la luna. Me acerco a la orilla pero Raá ya no está. Tan solo unos círculos concéntricos quedan como suspendidos en el agua. Se acaba de sumergir.

Es la única noche que me han picado los mosquitos. Espero que no sean anófeles.
Nos trasladamos rápido a Wanseko para embarcar en el ferry que nos traslada al otro lado del lago Albert, descubierto por Samuel Baker en 1864. Se quedan despistados los periodistas Ana Antón y Bécares, perdidos por la selva, pero aparecen en el último momento, cuando los buses ya parten, porque el embarque no puede esperar.

Los «mzungus», como llaman a los «blancos», llegamos pronto a un puerto que hay en medio de la nada. Entonces Telmo, director de Rumbo al Sur, organiza una marcha hasta un poblado de pescadores.

Caminamos por la playa, rodeados de una escuadrilla de gigantescos marabús que están limpiando minuciosamente las orillas. Entran en el lago niños con las camisetas roídas para rellenar bidones de agua. Luego los llevan con sus bracitos delgados pero fibrosos, mientras las mujeres se los ponen en la cabeza, con un paño intermedio que amortigua los movimientos. Tienen un equilibrio sobrenatural.

El agua es clara y el cielo uniforme. Una niña entresaca bígaros de las algas que llegan a la arena, que nos mira alucinada.

En la aldea, los hombres pescan de noche y por la mañana entregan los peces a las mujeres, que están ahora raspando las escamas y destripando los mongala, que es el pez más habitual en el lago.

Los venden en la propia playa o en el mercado. Cada una de las 50 barcas que hay, en la que van dos hombres, pesca al día unos 40 mongalas, que venden por unos 4.000 shillings, lo que en Europa sería 1 euro.

Las boyas de las redes están hechas de botellas de plástico vacías y trozos de chanclas rotas y lisas. Hay una especie de taller de remos, acotado por cuerdas despeluchadas, donde reparan los largos palos de madera.

Me cuesta mucho informarme de lo que hacen, porque muy pocos saben inglés. Yo tampoco, pero la expedicionaria Carmen Rubiales me ayuda a conseguir entenderles.
A lo lejos vemos que está atracando el ferry «MV. Albert Nile 1» y volvemos a puerto. Bajan decenas de personas con bultos de lo más variado: bananos, escobas, ladrillos de adobe, cebollas, ropa y cuerdas, un montón de fajos de cuerdas. La Policía de Uganda supervisa lo que traen, aunque tampoco son muy minuciosos. Es un tráfico constante de ida y vuelta, de un lado al otro del lago.

Metemos carros y colectividades en el barco y partimos hacia el poblado de Panyimuri, cruzando el lago Albert e introduciéndonos en el Nilo Blanco, para de ahí llegar a Packhard.

La travesía es un descanso para nuestras mentes. El expedicionario Gorka Lancha, que es encantador, me ayuda a transcribir las crónicas. Me recuerda cuando navegué con Miguel de la Quadra-Salcedo por el río del Mono Sagrado, que divide México de Guatemala, donde me dijo que le gustaría morir en aquellas aguas tan selváticas.

Telmo, seguidor de sus aventuras, está en la proa, mirando al infinito, y me comenta que le gustaría hacer un programa de televisión basado en las experiencias de Rumbo al Sur.

Desayunamos raciones militares del Ejército Español durante la travesía, mientras vemos cómo navegan en nuestra contra cientos de plantas color verde vivo y nativos en pequeñas canoas de madera. Los jóvenes no paran de entonar canciones en español de Fito, Taburete, Nena Daconte, Vecky G y Pereza.

Estamos en el alma de África. A lo lejos asoma la alargada cordillera de las montañas azules de El Congo.

Lucía Varela se compra un pato blanquinegro en medio de la travesía. Le pregunto el por qué:

Lucía: «Es que he perdido una apuesta con mi grupo 7 y me ha tocado comprar el pato»

Pecker: «¿Y como se llama?»

Lucía: «Le hemos llamado Kamwenge, como el lugar donde hicimos aquella maravillosa caminata hasta las cataratas de Mpanga»

Pecker: «¿Y qué os ha costado?»

Lucía: «20.000 shillings, unos 5 euros»

El pato nos acompañó hasta Gulu, donde se lo regalaron a las monjas combonianas y se le veía verdaderamente feliz.

Antes de llegar, vienen volando varias especies de pájaros, pero es la primera vez que veo pelícanos en Uganda.

Mi gorra del desierto de Panama Jack sale volando y desaparece lentamente entre las aguas. La maldición de la mamba negra sigue persiguiéndonos.

Atracamos en Panyimuru, muy cerca de El Congo. Hay más sensación de puerto, mucha gente, cientos de moto-taxis y la Policía, que controla ahora nuestra entrada. En este lado de Uganda casi todas las chabolas son de adobe con techos de paja.

Hoy hace mucho calor. Un anciano con pocos dientes me saluda y me dice «Gum», que en acholi significa «buena suerte».

Pasamos por un pueblo y vienen vendedores ambulantes a ofrecernos bongos, arcos y flechas, una especie de arpa y unas galletas circulares llamadas «Simsim», que compra la cocinera Clara Casana. Están hechas con sésamo y miel y saben riquísimas.

El arca de Noé

Cruzamos el «Albert bridge», una imponente estructura de hierro, y nos introducimos en el otro lado del Parque Nacional de Murchison, en el distrito de Nwoya, donde nos ha dicho Telmo que veremos infinidad de animales. A mí realmente el que me tiene obsesionado es el hipopótamo Raá, que llevo buscándolo desde el inicio del viaje y todavía no lo he visto.

Entramos en la imponente y amarillenta sabana africana y, nada más llegar, vemos una laguna con cientos de aves de todos los colores y tamaños. También hay unas inmensas huellas de elefantes en el barro. Esto promete. Telmo quiere que caminemos un rato por la laguna, que aunque es arriesgado, todavía parece que no hay animales peligrosos.

Montamos ya en los buses y cruzan saltándonos por delante un grupo de ágiles impalas. Desde los árboles bajan monos babuinos a observarnos, y aparecen los dos símbolos de Uganda: la espectacular grulla coronada, que está prohibido cazarla, y el emblemático kop, con su preciosa cornamenta.

Hay cientos de termiteros de dos tonalidades. Nacho Fernández, profesor de Emprendimiento, nos comenta que los que son de color tierra están habitados, y los grises ya están abandonados.

Ahora descubrimos a decenas de los que aquí llaman «Til», unos antílopes del tamaño de un venado y con una forma de la cabeza alargada como si fuesen retratos de Modigliani.

Nos acordamos de «Pumba» cuando corren con el rabo en alto una familia de facoceros con sus crías. Son tan feos que te hacen gracia.

El kudu es un animal de una belleza singular, pero según Richard, un Ranger del parque, tiene muy mala memoria, como «Dory», de «Buscando a Nemo», y los devoran los leones porque se ponen a correr y no se acuerdan de por qué corren. Es surrealista, pero eso es lo que nos contó.

Parece imposible que un animal tan grande como los búfalos cueste tanto verlos, pero así es. Se mezclan con el paisaje y se quedan quietos, aunque les advertimos entre el matorral y, si te fijas, van apareciendo por todos sitios. Es un animal muy violento. Recuerdo cuando estuve en un safari fotográfico en Zimbabue y nos atacó una manada. Casi nos morimos de miedo. Tuvimos que subirnos a los árboles hasta que pasaron al galope sin detenerse.

Simpáticos suricatas nos miran inquietos desde sus madrigueras. Esto parece el arca de Noé.

Al cambiar de paisaje aparecen, en medio de la sabana, unos señoriales elefantes, que nos miran serios a los ojos y dejan las orejas quietas y desplegadas. Según el fotógrafo Cuesta, eso quiere decir que nos marchemos de ahí o que embestiran nuestros vehículos, algo que no hacemos porque estamos ensimismados con esta proeza de animal. Pero cuando se acercan un poco más, al parar los vehículos, arrancamos y nos vamos rápido de su zona de confort. Por si acaso. Aquí no hay vallas electrificadas ni fosos que nos protejan.

En la sombra de los árboles, como si fuesen dos esculturas africanas, hay dos majestuosas jirafas, una madre con su cría. La pequeña tiene unos colores más saturados y brillantes, los de la madre son más anaranjados y apagados. En cualquier caso, es un animal tan sumamente hermoso que todo el autobús se estremece cuando las ve caminar, como a cámara lenta, y pasan a tan solo un par de metros de nosotros, huyendo de nuestra incómoda visita. Me acuerdo de mi hermana Criti, a la que le encantan los animales, pero especialmente las jirafas.

El safari llega a su fin y no hemos encontrado a nuestros hipos, pero el Ranger me asegura que al termino del camino hay un laguna en donde suele haber estos animales asesinos, los que más humanos matan en todo África. Tengo esperanza de ver a Raá.
Aparcamos a cierta distancia y nos acercamos en silencio a la oscura laguna. Al cabo del rato veo unas pequeñas orejas que sobresalen del agua, moviéndose hacia los lados como si fuesen pequeños radares ultramodernos.

Avanzo unos metros y le veo los ojos a un monstruo descomunal que abre sus fauces enseñándonos su boca clara con dientes destructores, mientras emite un gruñido seco y cortante. ¡Es Raá! «el rey de los hipos», el macho dominante de la manada, que como rocas ovaladas van apareciendo a su espalda. Sus sonidos amenazantes nos hacen que salgamos en estampida, aunque nos han dicho que lo mejor es quedarse parado, pero a ver quién se queda quieto mientras te enviste un hipopótamo de casi 800 kilos. Son unas bestias grises que te dan miedo solo con mirarte, y alcanzan una velocidad de hasta 60km/h si te atacan.

Justo al final del día, con la luz más imponente, hemos podido ver a nuestro buscado Raá.

Esta noche hay un eclipse lunar, donde la tierra se pone entre el sol y la luna, y tenemos la suerte de disfrutarlo en este lugar mágico, repleto de animales libres y salvajes, disfrutando de África en todo su esplendor.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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