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De «American Beauty» a fealdad española

Ángel Sáez García 21 Feb 2013 - 08:00 CET
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DE “AMERICAN BEAUTY” A FEALDAD ESPAÑOLA

Homo est animal bipes sine pennis”. (“El hombre es un animal bípedo sin plumas”.)

Platón

Ecce homo Platonis”. (“He aquí el hombre de Platón”.)

Diógenes de Sínope

Ayer vi, a partir de las diez de la noche, por segunda vez de manera completa y en vídeo, la película “American Beauty”, dirigida en 1999 por Sam Mendes, interpretada en sus principales papeles por Kevin Spacey (que borda el rol de Lester Burnham), Annette Bening (Carolyn Burnham, esposa de Lester), Thora Birch (Jane Burnham, hija de los mentados), Wes Bentley (Ricky Fitts, vecino y novio de Jane) y Mena Suvari (Angela Hayes, amiga de Jane). No me entraña ni mucho, ni poco, ni nada (de nada) que obtuviera cinco premios Oscar (entre ellos, cuatro de los grandes: mejor película, mejor director, mejor actor principal y mejor guion original). Ayer, sobre todo, me fijé en el trabajo de su guionista, Alan Ball, que merece, en mi modesta opinión, el calificativo de excelente.

Hoy, a las tres y media de la madrugada, me he despertado tras, aparentemente, oír una carcajada contagiosa. Al parecer, en el sueño que a la sazón tenía, el menda andaba trenzando un soneto del que he podido recordar su primer endecasílabo (“La verdad, cuando no se halla, se inventa”), que daba título al poema, y los dos finales (“¿Qué es la literatura, sino el arte / que puede conseguir el alma helarte?”). En la pequeña libreta que tengo encima de la mesilla de noche he apuntado los versos susodichos y he vuelto a conciliar el sueño.

Como el menda sostiene que la literatura tiene carácter profético (el poeta es un profeta con fe), me dispongo a comprobar si, viendo y escuchando por tercera vez el filme mentado, logro encontrar todas las claves que advertí ayer y, si es posible, alguna más.

La cinta de Mendes muestra y demuestra bien, a las claras, que el guionista de la misma ha aprendido lo precipuo, que la literatura es, ante todo o sobre todo, el arte de lo creíble, de lo verosímil.

La poesía (la prosa poética) la advierto, sin conceder una mínima posibilidad a la controversia, en lo que Ricky le va comentado a Jane mientras le enseña las imágenes que grabó con su cámara cierto día:

“—Era uno de esos días en que está a punto de nevar y el aire está cargado de electricidad. Casi puedes oírla, ¿verdad? Y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño pidiéndome jugar, durante quince minutos. Es el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas; y una fuerza increíblemente benévola, que me hacía comprender que no hay razón para tener miedo jamás. El vídeo es una triste excusa. Lo sé, pero me ayuda a recordarlo. Necesito recordarlo. A veces, hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto. Y que mi corazón se está derrumbando”.

En las dos últimas líneas del susodicho discurso (escuchadas o leídas con ojos hodiernos, contemporáneos, actuales) advierto una evidente ironía, si hago un esfuerzo de empatía y adopto la personalidad de Joseph Aloisius Ratzinger, o sea, me identifico mental y afectivamente con el papa Benedicto XVI: “A veces, hay tantísima fealdad en el Vaticano que siento que no lo aguanto. Y que mi corazón se está derrumbando”.

Parece que escucho al Sumo Pontífice también en las palabras que Ricky le suelta a su jefe, cuando se encuentra fumando marihuana con Lester en el exterior del local al que han acudido (el uno a trabajar y el otro a acompañar a su esposa) a una reunión de negocios:

“—Dimito. No tiene que pagarme; y déjeme en paz”.

A lo que Lester le contesta lo que el grueso de los cristianos ha pensado y opinado de la congruente y humilde renuncia del obispo de Roma:

“—Acabas de convertirte en mi héroe personal. ¿No te pone nervioso dejar un trabajo así?”.

¿Acaso soy el único que ve en el chantaje que le hace Lester a Barry Del Sherman (Brad Dupree), hechas las mudanzas oportunas, claro, a cierto personaje que clava el gesto de exhibir su dedo corazón en alto, Luis el Cabrón, el exgerente y extesorero del PP? Brad le responde de esta guisa:

“—¡Vaya, eres un cabrón retorcido!”.

A lo que Lester, tras ser motejado de tal, le contesta, convencido:

“—No. Solo soy un tío corriente, sin nada que perder”.

¿Quién no ve, cambiando lo que debe ser cambiado, por supuesto, en el breve diálogo que mantienen, estando fornicando en la cama de una habitación de un motel, Carolyn y Peter Gallagher (Buddy Kane, el rey del Inmueble), a cierta rubia y determinado monarca, haciendo tres cuartas partes de lo mismo?

“—¡Ah!, ¡ahhh!, ¡ahhhhh! ¡Me encanta!
—¿Te gusta que te la clave el rey?
—Sí, me encanta. ¡Folladme, Majestad!”.

Las palabras que se cruzan Lester y Carolyn, una vez llega esta a casa y ve que en la entrada del garaje hay un coche nuevo, son más verosímiles que las que han trascendido de otro caso aún no resuelto:

“—¿Qué?
—¿De quién es el coche que hay delante?
—Mío. Un Pontiac DRIVER del 70. El coche que siempre he querido y ahora lo tengo. ¡Soy cojonudo!
—¿Y dónde está el Country?
—Lo di de entrada.
—¿No debías consultarme antes?
—A ver, no; tú nunca lo has cogido”.

Ciertamente, a veces, el arte de lo verosímil deja a más de una/o el alma helada y como algunos chistes, sin palabras.

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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