EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXXVI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Celebro que te sigan encantando los tercetos. Entiendo que lo que dicen depende y pende de los dos cuartetos (sobre todo, del segundo).
Lamento comentarte que no vi ayer el programa de “El hormiguero”, ni “El enjambre”, ni “El avispero” (si es que existen). Sí leí, estando estudiando octavo de E. G. B., en el seminario menor que, in illo témpore, regentaban los Padres Camilos en Navarrete (La Rioja), “La colmena” (la versión autocensurada o expurgada —ya que, como sabes, recientemente, ha aparecido la original, con escenas eróticas—), de Camilo José Cela. A nuestro profesor de Lengua y Literatura, don Jesús Arteaga, le había solicitado, para hacer un trabajo, “San Camilo, 1936”. La adquirió, me la cedió y empecé a leerla con gusto, pero el profesor de Francés, don Salvador Pellicer, se dio cuenta de que la leía con inusitada fruición, posó sus ojos y pasó su vista por las páginas del libro abierto y, coligiendo en un pispás de qué iba la novela, me la quitó de las manos. Y (le y me) recomendó que la supliera por la arriba mentada. Algunos años después, no obstante su compleja estructura narrativa, vanguardista, sin duda, pude (re)leerla de cabo a rabo con placer.
Ya perdonarás la digresión, el excurso (a propósito de mi octavo curso de E. G. B.).
Como te consta, en esta (no sé si habrá otra) vida todo depende del punto de vista que adoptas, de tu perspectiva.
Te recordaré los cuatro versos que conforman la cuarteta que da cuenta de lo que mucha gente conoce ya por la “ley campoamor”: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira; / todo es según el color / del cristal con se mira”. Y los versos de José Hernández en “Martín Fierro”, que versan sobre la “ley del embudo”: “Hay muchos que son doctores, / y de su ciencia no dudo, / mas yo que soy hombre rudo, / y aunque de esto poco entiendo / diariamente estoy viendo / que aplican la del embudo”.
Ciertamente, ignoro si existe la otra vida, pero me gustaría que la hubiera. Así, una vez finados mis días en el planeta Tierra, en el caso de que hubiera cielo, infierno, limbo y purgatorio, me gustaría ir, una vez hubiera expurgado mi alma y, tras haber sido instalado en el paraíso, al teatro, acompañado de quienes, viviendo en el planeta azul, no logré ir, entre ellos, mi hermano José Javier, de quien versará la décima de mañana, y siendo allí estupendamente acomodados. En un pispás ha quedado deshecho el misterio, que no era, no, ningún desecho.
Todos fallamos o cometemos yerros; por eso, convendría que existiera el purgatorio.
Tengo un primo que se llama de esa guisa, Eulogio, pero (su autora así me lo ha hecho saber) la espinela no versa a propósito de él.
Como has tenido la oportunidad de comprobar, firma la décima, mi aval, Elvira González, “Metáfora” (uno de mis seudónimos o heterónimos o el disfraz que elegí hace un mes o dos para pasar inadvertido hoy, lunes de carnaval), a quien, de cuando en vez, o de vez en cuando, le cedo con gusto mi péñola para que urda lo que más le pete.
¿Con el adverbio “etilomológicamente” quieres dar a entender o decir que hay etimólogas/os a las/os que les gusta bastante el alpiste o el palabro ha sido consecuencia de un mero despiste? Ríete, anda, por favor (y es que el día me ha deparado pésimas nuevas), para compensar.
El comentario que has vertido en el último párrafo de tu escolio me ha hecho rememorar estas letras de fray Luis de Granada: “¿Quién enseñó a la abeja a hacer esta alquimia, que es convertir una sustancia en otra tan diferente? Júntense cuantos conserveros hay, con toda su arte y herramienta y con todos sus cocimientos, y conviértanme las flores en miel”.
Espera y desea haber contribuido a aclararte meridianamente el asunto sobre la “ley del embudo” y que te hayas sonreído quien te saluda, aprecia y abraza,
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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