EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXXXII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Que exagero al exponer mi perspectiva sobre el asunto en cuestión está claro, cristalino. Supongo que no tendrás inconveniente en que siga usando la hipérbole, si es preciso, porque es mi deseo y mi propósito, asimismo, poder disponer del resto de los recursos literarios que la retórica me permite.
Con “incierto”, ¿qué pretendes decir? ¿Que miento? La literatura es mentira (que encierra, esconde u oculta una gran verdad). Sólo pretendía poner en valor la que, para mí, lo tiene, la constancia o perseverancia (no venirse abajo al primer contratiempo).
Tus pareceres me parecen razonables.
No sé si fungiré algún día de negro (pero acepto que los haya —no deja de ser un acuerdo entre particulares—, los halle o no) ni si tendré negros. Nunca digas de esta agua no beberé.
¿A qué me sonará tu “nunca” (matizado luego)? ¿A mi “todo” (criticado por ti)? Tal vez.
Si hacemos caso a lo que han dejado escrito muchas/os suicidas, habrá que colegir que sabemos, si no todas, buena parte de sus razones. Ahora bien, no perderé un segundo en intentar persuadir a quienes sostienen que esos textos también son literatura.
Mejor que lo hagan antes de llevarse por delante a la pareja o a la familia entera. ¿No crees? La casuística es tremenda.
No sé si las que aduces son razones para poner fin a los días de uno. Pero es evidente que para vivir frustrado y cabreado, sí.
El “dijo” de tu epitafio pertenece al verso tercero, no al segundo, según mi punto de vista (hijo de mi cómputo silábico).
¿Más quisquilloso que de costumbre? ¿Te refieres a ti o a mí?
No son mancos los versos endecasílabos de Joaquín Ramón Martínez Sabina, pero me quedo extasiado con otros, más breves (más con la forma que con el fondo, o sea, más con el cómo lo dicen que con lo que dicen), porque a los cuatro del jienense prefiero estos tres, octosílabos, de la abulense Teresa de Cepeda y Ahumada: “Vivo sin vivir en mí, / y tan alta vida espero, / que muero porque no muero”.
Mi amada Isabel no es tu hermana (felizmente casada). No es de carne y hueso; es más literaria que otra cosa. Tiene mucho, que no todo (todo no, por favor), de sus anagramas literarias: Lesbia (amada de Catulo) y Belisa (de Lope de Vega).
Sigo soltero y solitario, pero noto cómo, un día sí y otro también, continúa a mi vera mi fiel sombra (¿que es una mera apariencia?), a la que llamo “esposa”, la literatura. Que esto guste más o menos a los demás, eso ya no me compete a mí; es harina de otro costal.
“Don algodón” (depende de si a quien tú te refieres es la misma persona en la que yo pienso), me consta, también engaña. Todo ser humano lo hace. A veces, hasta sin razón, motivo o porqué.
No he leído nunca ese entremés de Cervantes (como aduce Julio Cortázar en “Rayuela”, “la falta de experiencia es inevitable, si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa”) al que te refieres, “El rufián viudo llamado Trampagos” (intuyo que mal pagador, o, en su defecto, experto en dilatar los pagos). Tu comentario me ha impelido a comenzar a hacerlo, pero, por motivos que no vienen al caso (a cuento), pospongo la lectura completa del mismo para mejor ocasión.
En “El guardián entre el centeno” Jerome David Salinger hace referencia al psicoanalista austríaco Wilhelm Stekel, que distingue entre la persona sensata y la insensata en estos términos: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.
Te saluda, aprecia y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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