ENHORABUENA Y ÁNIMOS, MOLARES
Mediante este escrito, me gustaría darle, amén de ánimos, la enhorabuena a don Manuel Molares do Val, por haber tenido los redaños de pasar al papel lo que pensaba sobre el asunto en cuestión, el primer asesinato computado como “Violencia de Género” por los mass media en el recién estrenado año 2017, en el artículo que tituló “Víctimas de su sexismo”. O ¿acaso aquí y ahora lo que se estila, está en boga o impone en el ámbito periodístico es mentir como un bellaco? Supongo que hace muchos años usted, desocupado/a lector/a, leyó lo que, al parecer, no leyeron cuantas/os han censurado a don Manuel y tal vez, con el lento paso del tiempo, emulen, queriéndolo o sin querer, a Acteón y mueran, como él, devoradas/os por sus propios canes, la “EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA CONTRA LAS COSTUMBRES PRESENTES DE LOS CASTELLANOS, ESCRITA A DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE DE OLIVARES, EN SU VALIMIENTO”, trenzada por el genial Francisco de Quevedo en tercetos encadenados, que arranca con estos seis versos endecasílabos: “No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo. // ¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”.
He constatado que en España a muchas personas se les llena la boca a la hora de hablar de la libertad de expresión y de las numerosas bondades que cabe hallar en el pluralismo político, ideológico, económico, cultural, religioso, social,… (¿quién no ha pensado decir y ha llegado a proferir alguna vez esa verdad, que la tradición adjudica a ese improbable autor anónimo que suele usar el alias de Pero Grullo, de que “en la variedad está el gusto”?), pero, a la hora de la verdad, ejercen de redivivos y sacrosantos inquisidores, peritos en modernos autos de fe. Una legión, conformada por más de seis mil de las máscaras mentadas arriba, ha sido investida por nadie sabe muy bien qué autoridad para decidir o determinar, sin tener que cumplir con la necesaria conditio sine qua non de argumentar, de razonar, qué es lo que se puede decir y/o escribir y qué es lo que, por narices, hay que callar o, urdido a la pata la llana, para juzgar qué es lo políticamente correcto expresable y publicable y qué no, y/o, en su defecto, elegir el disfraz de toro de lidia y embestir.
Pero vayamos al meollo del tema. Todos los seres humanos, todos, sin excepción, seamos mujeres u hombres, tenemos que tener claro lo precipuo, principal o señalado, que nada tiene que ver (pero no faltarán quienes hallen alguna relación, seguro) con el prepucio (ora de pene, ora de clítoris), aunque dichos vocablos sean anagramas entre sí, uno del otro y otro del uno, esto: que todos nuestros actos tienen consecuencias (el grueso de las mismas, lógicas, pero no debemos descartar las irracionales, porque, como ocurre con las meigas, haberlas haylas). Si a un conductor (sea ella o él) le pilla un guardia de tráfico (hembra o varón) cometiendo una infracción, contraviniendo una norma o señal, la que sea, lo lógico y normal es que le multe, según dicte el reglamento. Si a un viajero le pillan en la aduana con droga, le aplicarán las leyes preceptivas. Si a quien se dispone a tomar un vuelo a una zona de conflicto bélico le recomiendan las autoridades que posponga dicho viaje de asueto o elija otro destino, pero, haciendo caso omiso de la advertencia, viaja y pierde la vida durante sus vacaciones, ¿quién es el culpable de dicha muerte? Contéstese usted mismo/a, amable lector/a.
Tras leer tres veces el artículo de marras (la versión incompleta, publicada por El Correo Gallego, y la completa, en su blog, Crónicas Bárbaras), lo que veo cristalino y/o saco en claro es el punto de vista o la perspectiva, el criterio o la opinión de alguien, un periodista, don Manuel Molares do Val, basado/a en datos, sobre un hecho luctuoso o, si lo prefiere, la formulación de una hipótesis probable, posible, verosímil, de por qué llegó a ocurrir lo que desgraciadamente acaeció, un nuevo y ominoso asesinato machista. Lo que yo colijo es que el autor de dicha hipótesis no generaliza, no culpabiliza a todas las víctimas femeninas habidas y a todas las que vaya a haber por Violencia de Género de sus propios asesinatos, sí a la que menciona en su artículo (y a otras que hayan actuado, actúen o vayan a actuar de la misma guisa que ella), que, por ignotas razones, fue agredida por su joven pareja, que la maltrató, y de la que, aun así, volvió a abrirle la puerta de su casa y quizás también su corazón, a pesar de que la justicia ya había actuado y tomado medidas cautelares al respecto, al haberle impuesto al sujeto susodicho una orden de alejamiento.
Si en algo o en todo lo que hasta aquí lleva escrito el abajo firmante, servidor (empedernido abogado de causas perdidas, siempre del lado del más débil), según su parecer, ha marrado, usted, dilecto/a lector/a, tiene la obligación moral de criticar (aunque, de modo asiduo, solemos usar este verbo peyorativamente, solo para dar cuenta de lo que nos parece mal y no de lo que nos parece bien) cuanto estime oportuno, pero aduciendo, de manera escueta, al menos, las razones que argumenten su crítica.
Terminaré este escrito con esta cita (“Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”) que se adjudica erróneamente a François-Marie Arouet, “Voltaire”, pero que nadie pudo (ni puede ni podrá) leer en ningún texto que lleve la firma del ilustrado francés, porque es de Stephen G. Tallentyre, seudónimo que usó su biógrafa británica, Evelyn Beatrice Hall, en “Los amigos de Voltaire” (1906).
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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