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De nada servirá practicar yoga

Ángel Sáez García 06 Mar 2020 - 20:00 CET
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DE NADA SERVIRÁ PRACTICAR YOGA

SI NO VA A COMPAÑADO DE CORDURA

DilectaPilar:

Esta mañana en la librería/papelería “El Cole” (que no ha cerrado aún sus puertas, no, como así te adelanté, porque, al parecer, hay una persona interesada en que el susodicho establecimiento o negocio no eche el cierre, y ya ha hablado con mi amigo Miguel Ángel, “Fangio”, el dueño, para un posible traspaso) he leído, en la página 24 del Heraldo de Aragón, tu columna hodierna, “Psicosis” (título que le pediste prestado, me consta, aunque no haya documento fehaciente que lo pruebe, al finado director Alfred Hitchcock).

Los seres humanos, desde que nos desenvolvemos sobre la faz del planeta Tierra, hemos sobrevivido a una legión de virus y bacterias, sí, pero el listado que has confeccionado con los/as que menciones en tu escrito ya los/as conocíamos, mientras que del Coronavirus Covid-19 empezamos a saber aspectos, detalles o pormenores ahora. He ahí una clara y evidente diferencia. Lo que nos pasa con el dichoso (malhadado) coronado de espinas es que nos ha extraído o sacado nuestro miedo a la novedad, a lo desconocido.

“De Wuhan a Madrid, hay muchas preguntas”, escribes oportunamente. Y esa es la clave del asunto en cuestión: que para las tales no hemos hallado aún las respuestas correctas, certeras, atinadas.

Haces bien al mencionar en tu artículo, ahora que en los cines se proyecta “El oficial y el espía”, la película que escribió y dirigió Roman Polanski sobre el caso Dreyfus, el caso Wenliang (Li, a quien le tributas el honor al que se hizo digno acreedor, sin duda, por su decencia, empatía y humanidad), el joven médico oftalmólogo que alertó sobre la posible epidemia del coronavirus antes de que esta se declarara oficialmente en la ciudad china de Wuhan, y que, en lugar de ser galardonado o premiado por su celo, fue reprendido por las autoridades sanitarias de la zona. Para mayor escarnio, a la iniquidad que había padecido se le sumó otra circunstancia agravante, ya que, al cumplir con su responsabilidad médica de advertir del hecho e intentar averiguar cómo se comportaba el virus, se contagió y murió por la neumonía que desarrolló.

Ciertamente, hay teselas en ese mosaico que intentamos completar, la realidad, la fetén, que no encajan fácilmente. Las autoridades sanitarias patrias se limitan a aconsejar, en el caso de tener que estornudar o toser, hacerlo (si te da tiempo, claro) en un papel desechable o (si no te da) en la flexura braquial (en la parte contraria al codo), lavarse bien las manos y mantener un metro de distancia con el semejante, por si este está contagiado, pero el número de contagios sigue aumentando. No entiendo que no se prohíban las Fallas de Valencia (en las que el contacto humano es público y notorio) y sí los partidos de baloncesto o de fútbol internacionales (¿si no se ponen restricciones a los vuelos desde Italia, van a dejar de venir italianos, infectados o no, a las Fallas, verbigracia?).

¿Qué se puede y debe hacer cuando el comportamiento inteligente y solidario de uno no se ve secundado o correspondido por el de otro, cuyo indigno y necio proceder salta a la vista? Yo no veo otra solución sanitaria (a fin de no extender el mal) que imponer el sabio.

Me temo, amiga, que de nada servirá practicar el yoga si su ejercicio no va acompañado por una actitud cuerda.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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