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Reverso del tiquete de un almuerzo

Ángel Sáez García 16 Abr 2020 - 14:00 CET
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REVERSO DEL TIQUETE DE UN ALMUERZO

En alguno de los bolsillos del pantalón, la camisa, la americana o el abrigo que viste Otramotro cabe hallar un papel con un verso, un apunte y hasta una décima cabal o sui géneris, casi siempre sin enmendar. El susodicho suele ser el reverso del recibo de una compra o una servilleta de papel. Que permanece allí hasta que su portador llega a casa o hasta que echa mano de él para anotar allí lo que, según su criterio, merece reseña. Otramotro reconoce lo inconcuso, que es visto como un tipo despistado (por los demás; él, peripatético convencido, va a lo suyo), pues (se ignora que), mientras deambula, de aquí para allá, anda urdiendo versos, que mide mentalmente (antes era algo normal verlo computándolos con la ayuda de los dedos de su diestra, que golpeaba contra su pecho).

Panta rei”, todo fluye, escribió (u otro apuntó lo que adujo) Heráclito; y Otramotro, día tras día, da cuenta de que eso es así. Si Plinio el Viejo, rememorando el proceder del griego Apeles, pintor oficial de Alejandro Magno, anotó en latín “nulla dies sine linea”, pues no dejaba que pasara una jornada sin pintar algo, sin dar o hacer, al menos, un trazo, Otramotro acostumbra a coronar tres cuartas partes de lo mismo, porque no es partidario ni se aviene a que trascurra lo efímero sin que él anote una epifanía, fantasía, idea, recuerdo o sueño.

Le he pedido permiso al autor de mis días (pues yo no sería quien soy, no existiría sin su imprescindible concurso) para fisgar en sus cosas y espigar y rescatar algunas de las reflexiones que ha ido dejando diseminadas o esparcidas por mil y una epístolas o correos que ha cruzado con ene deudos y amigos (reales o imaginarios) en las/os que daba cuenta de sus pareceres sobre variopintos asuntos. Aunque, como airea el dicho, para muestra basta con un solo botón, señalaré a continuación dos ejemplos y agregaré, como colofón de este texto, la décima que contiene (y aún guarda), pues la apuntó y apuntaló ayer en el reverso del tiquete de un almuerzo.

“Sigo con mi hábito inveterado de dejar constancia de los temas o tesis que tendré que desarrollar luego, aunque en diversas ocasiones me ha ocurrido que, cuando he leído esas notas, no he acertado a saber, a ciencia cierta, qué intención o propósito bullía en mi mente en el momento que hice la reseña. Me ocurre, poco más o menos, lo que le acaeció al general Antonio Ros (apellido que da nombre a una antigua prenda militar, hoy en desuso, el gorro así llamado) de Olano, a quien, en cierta ocasión, le preguntaron qué tesis quería sostener en su obra “El doctor Lañuela” (1863), novela de carácter esotérico, intrincado, difícil, y él contestó de esta guisa o parecida: cuando la escribí solo Dios y yo lo sabíamos; se ha producido una clara resta, porque hoy, lo reconozco sin ambages, solo lo sabe el trino, Dios”.

“Como la mentira tiñe todo con su potente tinte tenaz, mendaz, la circunstancia o situación verdadera de la suelo partir, real, deviene sin remisión en embeleco cuando la mezclo o entrevero con dichos y hechos verosímiles, pero fantasiosos, irreales. Me basta con leer un texto ajeno para fantasear, para extraer un conejo de mi chistera negra o una paloma de mi pañuelo blanco”.

La décima espinela dialogada, sui géneris, mentada arriba, porta este título: “CONDÓN, NO MIEL PARA EL COÑO” y dice así:

 

—María, ayer, no sé dónde,

Vi que una puta con moño

Se untaba miel en el coño.

—Ayer oíste, Paz Conde:

No se ve lo que se esconde.

—¡Qué incrédula eres, María!

—¿Dice la que antes mentía?

Si no quieres que te preñen,

Que ETS de ti se adueñen,

Condón usa en esa vía.

 

   Emilio González, “Metomentodo”.

 

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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