“EL MOSAICO”, UN IMÁN DE GALARDONES
Desde que la novela de Iris Gili Gómez, “El mosaico”, recibió el primer y prestigioso premio Total, no ha dejado de acaparar, coleccionar y/o sumar galardones, tras atraerlos como si dicha obra ejerciera o hiciera las veces de un mero imán de los tales. Una de las razones, sin duda (para servidor el asunto está claro, cristalino), estriba y/o descansa en el jurado, plagado de premios Nobel de Literatura, que falló el Total; pero otra, no menos importante y más determinante o decisiva, quizás haya sido que una legión y otra y otra de lectores de todas las edades (niños, jóvenes, adultos y ancianos), de ambos sexos, la han leído y han aprendido y disfrutado un montón mientras hacían tal cosa. No conviene descartar (y sí destacar) que otro de los motivos radique, tal vez, en lo que sobre el tema concreto de la lectura se lee en la página 144 de “El mosaico”, que es “una herramienta (aunque la ficción mienta, suelta verdades como puños) poderosa para mejorar el mundo actual y adquirir el compromiso ineludible de hacer todo lo que esté al alcance de nuestras manos y sea posible y plausible culminar para proyectar cuanto antes la construcción del óptimo”. O, cien páginas justas más adelante, en lo que contiene la carta que más le costó escribir, aunque luego no se atrevió a mandársela a su único y exclusivo destinatario: “Cuánto bien me hizo y hace leer y releer tus epístolas, amor mío; cuántos ánimos y cuánta energía positiva me suministraron y suministran. Quiero que sepas que las contesté todas, aunque, a la postre, me acochinara, me rajara y, de resultas de mi acongojante acojone, no recibieras ninguna de mis respuestas”.
Acaso algún día se sepa, a ciencia cierta, el origen verdadero (primero o último, según cuál sea nuestro personal punto de vista) y desencadenante de que la alabanza de “El mosaico” circulara sin parar y se propagara de boca en boca, o sea, qué ocasionó o propició, fuera del ámbito académico (porque aquí, al menos, hay acuerdo o consenso) que un lector (ella o él) de la premiada novela recomendara encarecidamente su lectura a otro lector (singular o plural), amigo o deudo, hembra o varón, y este, emulando el proceder del anterior, lo imitara, aconsejando que hiciera lo propio a otro; y este último, a su vez,… En la esfera indicada, salvaguardada, es público y notorio que la crítica que sobre “El mosaico” escribió y firmó su autora, la catedrática “Chusa” Lacarra Blecua, que apareció publicada en “Escolios”, el suplemento literario del diario La Voz, a dos meses cabales de que le fuera otorgado el premio Total, influyó sobremanera (subrayo de la susodicha, aunque recomiendo su lectura íntegra, por didáctica y certera, el segundo de sus párrafos): “Así como ya no es noticia que un lince cace al vuelo a un jilguero y se lo zampe de un bocado, en un pispás o santiamén (servidora, siendo una niña de corta edad, se divertía de lo lindo viendo en la tele unos dibujos animados parecidos, en los que eso no ocurrió jamás), sino que acaezca lo contrario, esto es, tres cuartos de lo propio, pero al revés, a la inversa, o sea, lo imposible, en “El mosaico” la buena nueva no cabe hallarla en el hecho de que Iris Gili Gómez tuvo el arrojo de acabar la novela de marras, sino que esta, la obra, eligió a Iris como su hacedora, para que ella fuera quien hiciera realidad su sueño, existir y ser, entre el resto de sus enseres domésticos, la herramienta más útil. Acaso algo parecido, mutatis mutandis, fue lo que aconteció con “Don Quijote” y Cervantes, aunque probar hoy dicha tesis sea meramente imposible en el segundo caso, que no fue la primera vez, por cierto, que pasaba eso en la Historia de la Literatura Española, no”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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