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El saber y el sabor de labios sabios

Ángel Sáez García 26 Ene 2021 - 14:00 CET
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EL SABER Y EL SABOR DE LABIOS SABIOS

(EL HOMBRE, AMADA MUSA, NO ES UNA ISLA,

AUNQUE TÚ EN UNA VIVAS, TENERIFE)

Quienes otrora leímos la poesía metafísica de John Donne abundamos con él en todo lo que juzgamos incontrovertible, incuestionable, irrefutable, de cuanto hiló, verbigracia, en que ninguna persona es una isla (bueno, me he reído, a carcajada tendida, nada más urdirlo, porque he vuelto a rememorar la circunstancia anecdótica del anacoreta de “La vida de Brian”, comedia desopilante de los Monty Phyton, de 1979, que podríamos catalogar, sin objeción posible, como una hilarante excepción a dicha regla). Está claro que la vida del hombre (hembra o varón) está estructurada, organizada y/o regulada por su pertenencia a diversos grupos sociales; los primarios, donde prima lo emocional, como el círculo familiar y el amistoso; y los secundarios, como el académico o el productivo, formado por los colegas, los compañeros de estudios o de trabajo, que, con el paso del tiempo, el roce o trato, pueden devenir (o no) en miembros del grupo primario; o en los que reparten sus ratos de ocio: el deportivo o el de otras aficiones o hobbies: melomanía, montaña, arte,… En todos los grupos (indicados o no) las personas interactúan, comparten vivencias, anhelos, sentimientos y pensamientos; y contribuyen a crear lo que se conoce como inteligencia colectiva.

Imaginemos una pareja que mantiene una relación sentimental especial, no habitual, que tantas veces se ha ido al garete o traste y alguna ha fructificado, la de dos enamorados a los que les separa una incomunicación no pactada, sino pautada, preventiva (por parte de uno de sus miembros), ocasionada por una distancia espaciotemporal “bimilkilométrica” y diuturna. Esta relación, experta en plantear problemas, expuesta al frío, porque carece de videoconferencias, de llamadas de teléfono, pues se limita al intercambio de algunos correos electrónicos, escasos, y a los textos, en verso o en prosa, que a ella le manda él, o la preside un amor auténtico, a prueba de bombas, que derroche confianza fetén o fracasa estrepitosamente.

Como en la sociedad actual el atractivo físico ha alcanzado un criterio de evaluación impar, singular en sí mismo, independiente de los demás, el perfil solo sirve o sigue contando para quienes hemos sido menos agraciados por la naturaleza o el azar, que se encargó de repartir a voleo las señales o los signos de la belleza exterior. Así que, para salir airoso del aprieto o brete, considero ajustado hilar, por pertinentes, los dos párrafos que siguen.

Como regla general (puede que haya excepciones, pero estas supondrán un porcentaje mínimo, ínfimo, del total de casos), todo individuo, sea cual sea su sexo o identidad sexual, intenta sacarle el máximo partido o provecho a su personalidad global en el ámbito de las relaciones sociales y, así, usa las muchas o pocas prendas de su aspecto físico y sus atributos emocionales y talentos intelectuales para caer bien a quien tanto le gusta, porque ha reparado en lo obvio, en que disfruta un montón cuando se halla a su vera; o sea, para embelesar o encandilar a la persona de la que se ha enamorado hasta los tuétanos y, por ende, para culminar satisfactoriamente la labor que se había impuesto o tarea que tiene entre manos y cerrar bien el círculo, idea lo clásico, amén de una postración honesta, una petición sincera de matrimonio, que acompaña con la presentación de una cajita que abre y contiene la alianza resplandeciente que le da validez, veracidad y vigencia al gesto y al dicho, que los certifica.

A mí, que soy quien ha levantado el castillo de naipes que precede, me consta que “los sueños sueños son”, como dejó escrito en letras de molde Pedro Calderón de la Barca en “La vida es sueño” (1635), pero el sueño que he creado me lo he creído a pies juntillas. Sé que ese mitad fuego, mitad juego, cuyas llamas he alentado y mantengo vivo, puede deshacerse, como un terrón de azúcar (dentro de una taza de café recién hecho y agitado por una cucharilla), en cualquier momento. Ahora bien, mientras no reciba un rechazo o revés en toda la regla por parte de mi amada musa tinerfeña, Iris, seguiré, erre que erre, en mis trece, ilusionado. Si llega algún día ese varapalo (ojalá nunca arribe a mis costas ese velero), nadie podrá arrebatarme ni la cantidad ni la calidad de nuestros abrazos, divinos; nadie podrá privarme de la dicha ni quitarme lo bailado, lo gozado, sobre todo, el saber y el sabor que habrán dejado en mis labios los suyos, sabios.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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